Lorena Van Fradaad se mira al espejo. Al otro lado, Fernanda Roa Vadal se desenvuelve de manera idéntica.

Se tocan las arrugas al costado de sus ojos con suavidad y presteza, tras muchos años de hacer lo mismo. Ambas añoran un cutis que sólo existe en sus memorias colectivas.

En Paris hay tormenta nocturna. Lorena se prepara para acostarse y tiene frío.

Fernanda se pregunta cómo es que la imagen que tiene en el espejo no se enferma, pues donde ella está hace un calor agradable, así que está vestida con un Baby Doll semitransparente.

De repente, las ventanas se abren de sopetón, y ambas reaccionan al unísono. En Paris, Lorena ve con horror cómo su piel empieza a transformarse, sorpresiva e inexplicablemente, en ceniza gris, como una hoja de papel a merced del fuego asesino.

Segundos después un torbellino la desparrama entre la cama, la silla y el mueble, y lo que queda es arrastrado al exterior, donde millones de gotas terminan por diluirla entre adoquines contaminados. Nadie excepto nosotros somos capaces de distinguir sus lágrimas en la lluvia; pues ella sólo quiso vivir una vida por sí misma, un segundo nada más, aunque sólo fuera para alcanzar a sentirse viva.

Fernanda observa horrorizada aquella imagen, y segundos después, siente un cosquilleo particular en el ortejo mayor del pie derecho.

Mientras cae la crema antiarrugas de sus manos, alcanza a preguntarse si debería tener rabia con el creador por haber llegado al final, o bien agradecerle a alguien por estos momentos de existencia.

La duda se mantiene suspendida en el aire durante un instante, en el lugar donde ella ya no está.