– ¿Está despierto?

– Si. Sus pupilas se contraen cuando paso la luz…

– Ok, entonces léele la lista.

“1.-Álvaro Renan Fadda

2.- Lorna Frenada Avad

3.- Ronald Naaref Avad”

–         Estos tres nombres son anagramas, las mismas letras para componer distintos nombres, distintas personalidades. Bien, ahora dinos ¿A quien apuntan? ¿Cómo se llama el culpable?

Edmund se meció hacia delante y atrás, negando débilmente con la cabeza. Esos inmigrantes de mierda lo estaban tratando de volver loco, pero no lo lograrían, porque había estado con ellos y lo persiguieron por el pasillo oscuro de su edificio para que se callara, para que no los denunciara a la policía.

Lorna chillaba detrás de él con su ataque de histeria, después de matar a su arrendatario. Lorna era una hija de puta que le había dicho que no le creerían nada, que lo tratarían de loco porque era un americano, y a los americanos no los querían en ese país.

Y Álvaro era amigo suyo, si hasta se daban la mano. El malo era Ronald, traficante, drogadicto y pendenciero. Salió un día del bar de la esquina a buscar a la puta de su mujer, acostada con el vecino. Entró en silencio, subió la escalera y la escuchó jadear y la cama crujía y golpeaba el muro de madera. Golpe golpe golpe el otro la golpeaba con el pene mientras a la muy puta le entraba y salía y gozaba y…

…Ronald entra, con el hacha del pasillo, y se la entierra en la clavícula al desgraciado. Chilló como cerdo mientras chorreaba sangre en toda la habitación, y la mujer chillaba espantada. Da risa como se veía de flácida allí tendida con un tipo que se intenta tomar la mitad que le cuelga con el otro brazo. Así que ahí va otro hachazo y otro y otro más.

Luego se fue. Se largó y no supe adonde.

–         Edmund, fuiste tú.

–         ¡No he hablado!

–         Acabas de confesar tu crimen en voz alta.

–         ¡Si yo no fui! ¡Esa familia de árabes quiere involucrarme!

–         No existe ninguna familia de árabes…

–         ¡Si, los Avad! ¡Y el Fadda ese también!

–         Entiende por favor que…

–         YO NO FUI

–         … ya no existen los árabes, nunca más. Tú los exterminaste a todos. A todos los árabes del mundo.

¿Yo qué?

Silencio. El silencio de un mundo que se resquiebra frente a sus ojos.

–         Edmund – dice el que estás más cerca. Es viejo y tiene la cara alargada, y algo raro que no atino a descifrar – Dime por favor quien es el que está detrás de todo esto. Quien asesinó a los árabes.

–         No entiendo. ¿Quien eres tú?

Veo pena y desesperación en su rostro. Viste un traje plateado, que le cubre todo el cuerpo, y flota sobre mi. Detrás de él hay una ventana y afuera brillan las estrellas.

–         Amigo mío, por favor no te vayas. Haz un último esfuerzo de cordura y dame ese nombre.

Nombre. Nombre. ¿El nombre de quien?

Ronald se marcho, si,  se escapó y tomó una camioneta. En ella viajaba Lorna su hermana (no, prima) y fueron a buscarme. Yo no tengo nada que ver con la muerte de esa mujer, que grita y grita y CÁLLATE DE UNA PUTA VEZ.

CÁLLENLA, NO PUEDO PENSAR, SÁQUENLA DE MI CABEZA.

–         Edmund.

Silencio. Es el fin del mundo. Yo no pertenezco aquí.

Nos bajamos de la camioneta, los cuatro, y vimos el hongo al atardecer.

No, no hay atardecer. El fuego en el corazón de aquella nube es tan brillante que pareciera que atardece.

Álvaro me abraza. Lo miro y sonríe, y llora. “Lo logramos compañero”

Estaban todos contentos, menos yo. Ronald ya no tiene su hacha y le toma la mano a Lorna. Se los tres sonríen y eso a mi no me gusta.

–         Edmund…

–         ¡Silencio! Aquí viene…

Arriba de nosotros se hace un túnel y escuchó el mandato. Tenemos que salir, nos vamos… a casa.

Levanto mis manos y no son manos. Son zarcillos alargados y pálidos, como si fueran tentáculos pero con textura de cola de lagartijas. ¡Si, eso es!, tengo largas y gruesas colas de lagartijas blancas con manchas verdes y azuladas. Se mueven cuando pienso que se muevan, como si fueran mis dedos.

Estoy soñando, estoy soñando… no, no estoy soñando.

–         Fer…nan…

–         ¡Fenando! ¡El nombre es Fernando!

–         ¿Fernando Alvarado? Ya probamos esa combinación y no funcionó.

¿Fernando? Si, el ingeniero. El humano. El nos llamó.

El nos llamó y fuimos, porque teníamos que hacerlo. Y nos pidió que matáramos… pero nosotros no matamos, sólo cumplimos cuando se nos pide…

–         Edmund, por favor dame un minuto. ¿Fue Fernando Alvarado?

–         Si, fue él y fui yo, y hubo uno más… en el nombre de Dios.

–         ¿En que?

–         En el nombre de Dios. Lo hicimos en el Nombre de Dios.

Si, llegaron a buscarnos y subimos… pero mis manos son colas de lagartija y mis compañeros me miran con alegría. Y mientras subimos por la luz Lorna besa a Álvaro y le apreta los genitales y se los tuerce y su mano entra en la ropa y sus cuerpos se apegan y las caras se funden por los labios y al intentar separarse la piel se estira y ya son sólo uno donde al tope de la cabeza no hay pelo sino una sola boca como una anémona con dientes y tentáculos y ojos…

Soy extranjero, soy extranjero y este no es mi mundo y ellos tampoco son… me agarra  Ronald sonriendo y quiere darme un beso. Me niego asqueado y se enoja y me mete la lengua igual. Me llega hasta la garganta, buscando algo. Busca algo que detonarme, algo que me hará cambiar… para ser como ellos, para ser como soy. Y me niego, me niego y soy uno sólo molesto conmigo mismo porque vinimos a ayudar a un amigo y terminamos matando a millones de seres humanos. No debemos hacer eso. No debimos nunca haber venido. Pero no teníamos posibilidades. Cuando nos llaman y nos envían, acudimos.

–         Edmund…

–         Ya se quien soy. Recuerdo todo, profesor.

–         ¿Dónde te invocaron?

–         En El Nombre de Dios.

–        ¿Y eso donde queda?

–         Dadme un mapa.

–         ¡Mapa! ¡Ahora!

Un mapa tridimensional aparece sobre nuestras cabezas, con un suave fulgor verde.

–         El Caribe – ordené.

El mapa gira y se amplía, dejando sólo el mar caribe y sus islas.

–         Panamá.

Se focaliza sobre Panamá y señalo con uno de mis apéndices la ubicación.

–         Mi dios… – deja la frase colgando el profesor.

–         Ahí está nuestro hombre. El culpable… – dice otro hombre, tan viejo como el profesor.

–         El culpable soy yo. Lo sé, lo siento.

–         No es tu culpa, Edmund. Sólo hiciste lo que te pidieron. Eres tan sólo el arma.

–         Profesor, por favor, hágame dormir.

–         No podemos, los embajadores de tu mundo nos aniquilarían a todos si hiciéramos eso.

–         Por favor… profesor.

Veo su rostro compungido. No lo va a hacer, no se atreve. Me voy lentamente hacia adentro, me refugio en las capas internas de mi ser y me cierro, y alucino para poder sobrevivir, para poder aguantar todas las voces que escucho minuto a minuto y segundo a segundo, siempre presentes, gritando por lo que he hecho.

¡Vacaciones, al fin! Me espera el mar azul, el calor del sol. Que bueno que mi amigo Fernando me invitó. Quiere que lea un libro que se consiguió en una de sus excavaciones cerca de Santa Maria la Antigua…

–         ¿Qué hace?

–         Alucina, escapa de la realidad. Como todos.