AL PIE DEL CAÑON

Click.

–         ¿Un cigarro?

–         Gracias.

El hombre fumó como nena. Era rubio y lindo y de ojos azules trasparentes. Causaba una rara impresión saber que venía llegando hace tan sólo una semana de la Gran Guerra, así que apreté el botón de la grabadora. Sospeché que se venía una buena historia.

–         Conocí a Vladimir Sikarov apenas llegué al Frente Oriental. Recuerdo que cuando lo vi por primera vez pensé que era una estatua, un homenaje a algún héroe local. Estaba al pie del cañón, alto, pálido y enjuto, y su largo abrigo apenas se movía con el viento. No me di cuenta que estaba vivo hasta que se movió.

El tipo torció los labios en una sonrisa y le dio una larga pitada al cigarrillo. Le di todo el tiempo que quisiera para ordenar sus pensamientos.

–         Aquella misma tarde, entre explosiones y temblores de tierra, el gran patrón entró a las barracas. Los tenientes y capitanes lo saludaron al unísono, y así lo hicimos nosotros. Nos miró a todos a la rápida, gruñó sin gesticular y continuó a largas zancadas hacia el puchero. El cocinero temblaba cuando lo vió venir. Agarró un cucharón de madera y sacó un poco de comida burbujeante. ¡Si hasta probaba la comida del regimiento! Le gustó y se dio media vuelta. Recién entonces le escuchamos la voz.

Dejó caer la ceniza al suelo gastado de la cafetería y me miró de manera coqueta, apostaría mi pulmón derecho a que así fue. Le aguanté la mirada y me sonrió el muy…

–         ¿Quieres saber lo que dijo?

–         Adelante.

–         Dijo: “Muy bien soldados. Hoy se van a hacer hombres. Aquí, en la trinchera, el que no es astuto muere de un balazo, y el que es cobarde o traicionero o flojo morirá de un balazo que le pegaré personalmente en la cabeza. Aquí todos trabajamos, vivimos y morimos juntos. No hay descanso de día ni de noche. Todo el rato estaremos peleando, y cuando haya una pausa, trabajaremos para seguir peleando. Con suerte, algunos de ustedes volverán vivos a casa a ver su madre. El resto será parte del suelo que pisamos a diario, y sus almas serán nuestro orgullo cada vez que miremos ondear la bandera de nuestra patria.” Eso dijo.

Le hice un ademán para que continuara.

–         Era un hijo de puta de lo más duro que puedas imaginarte. Parecía tener un sexto sentido para esquivar los balazos de los francotiradores. Podían morir los hombres que estaban a sus costados, pero él simplemente se movía como un robot y las balas se estrellaban en la pared de tierra a su espalda.

–         ¿Y los muertos no le importaban?

–         ¿Qué? ¡Oh si, muchísimo! Él mismo le cerraba los ojos a cada una de las bajas del campo y le dedicaba un par de palabras. Pero no lloraba o mostraba preocupación alguna. Siempre iba de un lado para otro, y cuando venía una lluvia de balas saltaba hacia el foso de espaldas, y todos los que se encontraban a la vista lo imitaban, más o menos.

–         ¿Más o menos?

–         O sea, el foso tenía casi tres metros de profundidad. No era tan fácil saltar con todo el peso de los fusiles.

–         ¿Y él saltaba hacia atrás?

–         Si, caía casi recto y amortiguaba muy bien, para ser un hombre de su edad.

Habían pasado tres gobiernos desde que Sikarov había llegado al frente de batalla. Era un muchacho entonces y nadie sabía su edad exacta. Los registros de natalidad habían desaparecido en el Gran Incendio del ’23, el mismo que inició la guerra.

–         ¿Que edad crees que tiene el comandante?

–         ¿Ese hombre? Sobre sesenta.

–         Tal como me comentas su estado físico es…

–         Impresionante. ¿Pero sabes? No es sólo físico, sino la energía que despliega, cómo se maneja con los subordinados, cómo pelea. Tiene cuatro cañones favoritos.

–         ¿Perdón?

–         Eso, tiene cuatro cañones distribuidos en una línea de doscientos metros. Les tiene nombres y todo.

–         ¿Tiene nombres para sus cañones?

–         Marta, Berta, Gann y Lobo. Cuando quiere disparar, sólo grita un nombre y el artillero ejecuta su orden. Algunas veces, cuando todo está en calma y pasea por el foso, grita un nombre o dos y continúa con lo que esté haciendo. Dos minutos después teníamos una respuesta igual o peor.

–         ¿Pero por que hace eso?

–         ¿Quién sabe? Estaba aburrido o quizás hay algún plan estratégico por detrás. Los soldados no preguntamos cosas que no nos dicen, sólo hacemos lo que nos ordenan lo mejor que podemos y tratamos de mantenernos vivos. Eso es todo.

Llegan los dos platos que ordenamos. Huevos con tocino para acompañar mi café, y Crepsuset o como se llame esa cosa con helado para mi entrevistado. Desayuno de campeones. Le entra al plato como si fuera la primera vez que comiera algo delicioso en su vida. Hubiera pedido un trozo para probarlo, pero si me ofrecía algo más y rechazaba su propuesta, habría sido incómodo para la entrevista.

Luego de la primera pausa en la comida, continuamos.

–         Cuéntame cómo se ve, cómo se siente la guerra allá en el frente. ¿Ganamos, perdemos…?

–         Mmm, la verdad…– le da un largo trago a su cerveza-… es que no tiene para cuando acabar. Esta guerra es interminable, te lo digo yo. Es una locura, pero te aseguro que la gente que está en el frente de batalla vive, no muere.

Se queda en silencio un rato, y por primera vez cae una sombra sobre él. Lo aliento a que continué hablando.

–         No se bien como explicártelo, pero creo que el comandante no quiere que la guerra termine. Cuando lo veo recorrer los callejones del foso, revisar las tropas, el armamento y los planes de batalla, cuando nos arenga o simplemente come, todo tiene sentido ahí adentro, entre balas y bombas. Ahí, junto a él, entendimos todas las grandes cosas del mundo; entendíamos que la guerra era una de las grandes actividades del hombre, que la libertad era algo por lo cual hay que luchar día a día, y que un hombre o una mujer de bien tiene el deber de luchar por su vida, porque el día que deja de hacerlo, muere.

Una nueva pausa, otro trago de cerveza.

–         Creo que si la guerra termina, el comandante Sikarov muere al día siguiente. Él se mueve como por instinto en el campo de batalla,  como quien va a la oficina a trabajar y esquiva el tráfico o los rateros que pululan por las calles. Y sospecho que al otro lado las cosas son parecidas. ¿Sabes cuanto avanzamos en el territorio enemigo durante los dos años que estuve?

Niego con la cabeza.

–         Cero. Ni un puto maldito metro. ¿Y sabes cuantas escaramuzas y misiones enviamos para tomar las líneas enemigas?

Espera mi respuesta. Vuelvo a negar con la cabeza.

–         Más de cien. ¡Más de cien, y no avanzamos nada! Murieron amigos, conocidos y desconocidos que habían luchado al lado mío, nos aterrorizamos, pensé que iba a morir todos los días que estuve de servicio, y no avanzamos un puto metro. ¿Sabes qué significa eso?

–         ¿Qué no quieren avanzar?

–         ¡Exacto! ¡Que no quieren terminar esto! Tú que eres periodista, debes haber sabido de la llegada del Gran Buck al frente oriental, ¿cierto? Pues bien, yo vi cuando lo depositaron tras la trinchera y era enorme. El cañón medía más de cuarenta metros de largo, y era tan ancho que cuando pasaba sobre nuestras cabezas nos tapaba la luz un buen rato. ¿Qué noticias llegaron sobre el Gran Buck?

–         Bueno… – me rasqué la cabeza, haciendo memoria – Creo que mencionaron el ataque exitoso sobre blancos estratégicos enemigos, y que pronto caerían las líneas enemigas en un fulminante ataque conjunto…

–         ¿Y hace cuanto fue eso?

–         Bueno…- y algo empezó lentamente a colarse en mi mente. No fue a propósito ni lo busqué, doy mi palabra. Pero cuando uno se encuentra con un dato raro, simplemente lo sigue – hace como seis meses.

–         ¿Seis meses? ¡El Buck realizó su primer disparo hace casi un año! ¿Quién les dice tanta porquería?

–         El gobierno.

–         Por supuesto. El caso es que disparamos tres veces, un disparo por día. Cuando llegó la noche del tercer día, los enemigos habían retrocedido más de tres kilómetros. ¡Por fin podíamos avanzar y tomar su posición y terminar con esta insensatez! ¿Y sabes que hace Sikarov?

–         No.

–         Dice: “No más disparos. Veamos que tienen para responder”. Y eso sería.

Lo miro con expectación, y me doy cuenta que estoy comiéndome el huevo helado.

–         Eso sería. Ninguna instrucción de tomarnos el campo contrario o avanzar posiciones. Sólo esperar. Un capitán fue a hablar con él y no sé que le dijo, pero Sikarov lo basureó delante de todos; que él era el comandante, que no admitía comentarios insubordinados de ningún mocoso y cosas por el estilo. Todos quedamos helados. Lo mandó con escolta durante una semana a calabozo y obvio, nadie dijo nada más.

–         ¿Y por qué esa reacción?

–         Antes de contestarte eso… a la semana, vimos aparecer transporte aéreo sobre campo enemigo, bajando desde las nubes con un Gran Buick. Tal como me oyes, nuestra mortífera arma en manos de los otros. Sikarov ordenó atacar el transporte aéreo y movilizó las tropas de asalto a toda velocidad, pero estábamos demasiado lejos. Nuestro cañón disparó una vez hacia lo que me imagino era el centro de comando de ellos y lo voló por los aires, pero lograron bajar y defender el cañón, y en cosa de media hora nuestras unidades empezaron a morir como moscas. Primero la infantería Pretoria, borrada de un sólo golpe junto con los Beta. No quedó nada de ellos, sólo un gran hoyo del tamaño del cráter de un volcán. Disparamos y gritamos y gruñimos y peleamos por la patria. Eso nos duró una hora. Cañonazo nuestro, y murieron miles de ellos, y luego nos tocó a nosotros.

Su mano tiembla al recordar todo eso. La ceniza se cae al suelo, pero él no está acá, definitivamente.

–         Fue como el fin del mundo. Escuchamos un trueno que hizo retumbar la tierra tan fuerte que muchos caímos al suelo. Luego el viento se llevó a mis compañeros lejos de las filas y luego… bueno, la muerte. Yo sólo cerré mis ojos y me despedí de mis padres. Aguanté la respiración… todo se movió, se me perdió el mundo y hubo calor y tierra y golpes… Cuando abrí los ojos, no supe donde estaba.  Me dolía todo el cuerpo y tenía un interminable pito en los oídos, pero poco a poco logré moverme como una lagartija, y me arrastré hacia el tope de lo que pensaba era una pequeña colina. Cuando me asomé por la cornisa, no podía creer lo que había pasado: estaba en el tope de lo que el cañonazo del enemigo había dejado de tierra. Abajo mío y hacia los costados había un surco de por lo menos quinientos metros de largo y unos cincuenta de ancho, justo como si un meteorito hubiera hecho contacto sobre nuestra unidad. No había nadie, ni John ni Eldy, nadie de mis amigos. Ningún compañero.

Ahora, por primera vez, puedo ver al soldado. De repente se acuerda de algo, deja el cigarro en la boca y saca un papel arrugado de su bolso de cuero. Es el mismo que tienen en sus manos ahora. Luego de terminarse el cigarro, continúa.

–         Volví a pie, me recibieron como un héroe. El comandante pasó a mi costado y apoyó su mano en mi hombro como toda condecoración. Estuve dos semanas en enfermería hasta que pude recuperar un poco la audición, y luego aguanté todo el tiempo que pude haciendo tareas menores. Al final, presenté mi renuncia y me fui.

–         ¿Presentaste tu renuncia? ¿Se puede renunciar?

–         Por supuesto. ¿De que les sirve un soldado con trauma? ¿O acaso no escuchaste todo lo que te dije? Nosotros nos quedamos ahí porque pensamos que es nuestro deber. Nos da más miedo marcharnos y no ser nadie, quedarnos sin trabajo y sin sentido de vida, que estar ahí… la Gran Guerra es una forma de vida, con ascensos, promociones, paga y todo eso. Como me dejó de hacer sentido, simplemente me fui. Ahora, cuando presenté mi renuncia temblaba pensando en la reacción del comandante. Pero entró en la tienda, firmó el papel y me entregó esto que te paso a tí. Me dijo que era para el alto mando, pero no entiendo nada de lo que está puesto, entre rayas y garabatos matemáticos.

Click.

Como ustedes ya revisaron, esta majamama de rayas y cálculos son proyecciones estadísticas que hablan sobre el avance de la guerra, basadas en los estudios de un matemático llamado Fibonacci, el de la medida áurea…

¿Y usted como sabe eso?

Bueno, lo investigué. El profesor Stonement de la Universidad Imperial publicó un estudio el ’84 sobre modelos matemáticos que predicen movimientos humanos a través de la historia. Es muy interesante. Ahora, permítame terminar con la entrevista…

No es necesario, señor Tzevetzan. Revisaremos la cinta nosotros mismos. Dígame sólo una cosa más ¿qué impresión tiene usted de lo que escuchó?

¿La verdad? Creo que esta guerra no tiene fin. Seguirá así, eternamente. Sikarov y el comandante enemigo viven para esto, y hay demasiadas personas e instituciones que se benefician con el eterno resultado en tablas. Es tan común para nosotros… si incluso yo crecí pensando en la guerra como algo normal, como las finanzas o los deportes. No, el mundo no sería el mismo sin la Gran Guerra, y el mundo no quiere cambiar.

Iluminador. Muchas gracias por su tiempo, señor Tzevetzan, y por venir a entregarnos este documento. Mi asistente lo acompañará a la salida y en la semana le haremos llegar el cheque a su casa. Adiós.

¿Que crees?

Creo que seguiremos el protocolo usual. Que sea un accidente automovilístico.

Si señor. ¿Y con respecto a esta grabación?

Yo me encargo.

Click.