No fue hasta que logró mover sus dedos, y sentir el olor de la humedad, que se dio cuenta que estaba vivo.

Oscuridad. Profunda e impenetrable oscuridad. Al levantar la mano, golpeó una tapa de madera a centímetros de su nariz. Estaba enterrado vivo.

No recordaba nada de nada. Sabía que tenía un nombre, George, y que tenía mucha hambre. No había comido en eones.

Sentía también un indescifrable llamado a salir de ahí. No era terror o claustrofobia, sino algo más profundo y menos emotivo. Golpeó tentativamente la tapa. Crujió.

Dio un golpe un poco más fuerte, y su mano traspasó la tapa de madera podrida con facilidad. Su mano empuñada se sumergió en una masa de tierra fría. La tierra empezó a entrar por el orificio, cubriéndolo en cosa de minutos.

Se quedó quieto, sin respirar, esperando el ahogo y la muerte. Y no sucedió nada.

Después de un momento de asombro, puso sus extremidades en movimiento. ¿De donde diablos sacaba esa fuerza?

Como un gusano, cavó a través de la oscuridad hacia lo que creía era la superficie. Sentía un murmullo térmico, un zumbido que recorría la tierra y lo atravesaba. Se acercaba a algo, porque la tierra empezaba a estar más cálida.

¿No respiro? – se preguntó

¡No respiro! – fue su respuesta.

Su mano apareció en la superficie, reclamando vida y aire. Había florecido espontáneamente como una apresurada flor gris bulbosa. Su piel reflejó la luminiscencia roja que venía desde el horizonte.

Se levantó llevando la tierra por delante de si. Al mirar el resplandor en el cielo oriental, intuyó lo que estaba pasando. Un tipo lo golpeó en el hombro, desplazándose de manera torpe y cubierto de tierra.

–         Perdón.

–         No hay problema. Oye, ¿Qué está pasando?

–         Ni idea. Sólo se que voy a comer algo.

Lentamente, las adormecidas neuronas de George le daban acceso a algunos recuerdos de su época.

–         Vamos, te acompaño. Conozco un local de hamburguesas increíble.

–         ¿Hamburguesas? ¿Qué es eso?

–         ¿No sabes lo que es una hamburguesa?

Y así continuaron su conversación mientras entraban en la ciudad, al igual que cientos de personas. Luego se le sumarían miles, y luego, millones.

La noche, iluminada por hongos nucleares secuenciales, trajo consigo lluvia mortífera, y mientras la vida se extinguía con agónica rapidez, lo que quedaba de la tierra era reclamada por los muertos.

Y las cucarachas.