Archive for febrero, 2010


Al pie del cañon

AL PIE DEL CAÑON

Click.

–         ¿Un cigarro?

–         Gracias.

El hombre fumó como nena. Era rubio y lindo y de ojos azules trasparentes. Causaba una rara impresión saber que venía llegando hace tan sólo una semana de la Gran Guerra, así que apreté el botón de la grabadora. Sospeché que se venía una buena historia.

–         Conocí a Vladimir Sikarov apenas llegué al Frente Oriental. Recuerdo que cuando lo vi por primera vez pensé que era una estatua, un homenaje a algún héroe local. Estaba al pie del cañón, alto, pálido y enjuto, y su largo abrigo apenas se movía con el viento. No me di cuenta que estaba vivo hasta que se movió.

El tipo torció los labios en una sonrisa y le dio una larga pitada al cigarrillo. Le di todo el tiempo que quisiera para ordenar sus pensamientos.

–         Aquella misma tarde, entre explosiones y temblores de tierra, el gran patrón entró a las barracas. Los tenientes y capitanes lo saludaron al unísono, y así lo hicimos nosotros. Nos miró a todos a la rápida, gruñó sin gesticular y continuó a largas zancadas hacia el puchero. El cocinero temblaba cuando lo vió venir. Agarró un cucharón de madera y sacó un poco de comida burbujeante. ¡Si hasta probaba la comida del regimiento! Le gustó y se dio media vuelta. Recién entonces le escuchamos la voz.

Dejó caer la ceniza al suelo gastado de la cafetería y me miró de manera coqueta, apostaría mi pulmón derecho a que así fue. Le aguanté la mirada y me sonrió el muy…

–         ¿Quieres saber lo que dijo?

–         Adelante.

–         Dijo: “Muy bien soldados. Hoy se van a hacer hombres. Aquí, en la trinchera, el que no es astuto muere de un balazo, y el que es cobarde o traicionero o flojo morirá de un balazo que le pegaré personalmente en la cabeza. Aquí todos trabajamos, vivimos y morimos juntos. No hay descanso de día ni de noche. Todo el rato estaremos peleando, y cuando haya una pausa, trabajaremos para seguir peleando. Con suerte, algunos de ustedes volverán vivos a casa a ver su madre. El resto será parte del suelo que pisamos a diario, y sus almas serán nuestro orgullo cada vez que miremos ondear la bandera de nuestra patria.” Eso dijo.

Le hice un ademán para que continuara.

–         Era un hijo de puta de lo más duro que puedas imaginarte. Parecía tener un sexto sentido para esquivar los balazos de los francotiradores. Podían morir los hombres que estaban a sus costados, pero él simplemente se movía como un robot y las balas se estrellaban en la pared de tierra a su espalda.

–         ¿Y los muertos no le importaban?

–         ¿Qué? ¡Oh si, muchísimo! Él mismo le cerraba los ojos a cada una de las bajas del campo y le dedicaba un par de palabras. Pero no lloraba o mostraba preocupación alguna. Siempre iba de un lado para otro, y cuando venía una lluvia de balas saltaba hacia el foso de espaldas, y todos los que se encontraban a la vista lo imitaban, más o menos.

–         ¿Más o menos?

–         O sea, el foso tenía casi tres metros de profundidad. No era tan fácil saltar con todo el peso de los fusiles.

–         ¿Y él saltaba hacia atrás?

–         Si, caía casi recto y amortiguaba muy bien, para ser un hombre de su edad.

Habían pasado tres gobiernos desde que Sikarov había llegado al frente de batalla. Era un muchacho entonces y nadie sabía su edad exacta. Los registros de natalidad habían desaparecido en el Gran Incendio del ’23, el mismo que inició la guerra.

–         ¿Que edad crees que tiene el comandante?

–         ¿Ese hombre? Sobre sesenta.

–         Tal como me comentas su estado físico es…

–         Impresionante. ¿Pero sabes? No es sólo físico, sino la energía que despliega, cómo se maneja con los subordinados, cómo pelea. Tiene cuatro cañones favoritos.

–         ¿Perdón?

–         Eso, tiene cuatro cañones distribuidos en una línea de doscientos metros. Les tiene nombres y todo.

–         ¿Tiene nombres para sus cañones?

–         Marta, Berta, Gann y Lobo. Cuando quiere disparar, sólo grita un nombre y el artillero ejecuta su orden. Algunas veces, cuando todo está en calma y pasea por el foso, grita un nombre o dos y continúa con lo que esté haciendo. Dos minutos después teníamos una respuesta igual o peor.

–         ¿Pero por que hace eso?

–         ¿Quién sabe? Estaba aburrido o quizás hay algún plan estratégico por detrás. Los soldados no preguntamos cosas que no nos dicen, sólo hacemos lo que nos ordenan lo mejor que podemos y tratamos de mantenernos vivos. Eso es todo.

Llegan los dos platos que ordenamos. Huevos con tocino para acompañar mi café, y Crepsuset o como se llame esa cosa con helado para mi entrevistado. Desayuno de campeones. Le entra al plato como si fuera la primera vez que comiera algo delicioso en su vida. Hubiera pedido un trozo para probarlo, pero si me ofrecía algo más y rechazaba su propuesta, habría sido incómodo para la entrevista.

Luego de la primera pausa en la comida, continuamos.

–         Cuéntame cómo se ve, cómo se siente la guerra allá en el frente. ¿Ganamos, perdemos…?

–         Mmm, la verdad…– le da un largo trago a su cerveza-… es que no tiene para cuando acabar. Esta guerra es interminable, te lo digo yo. Es una locura, pero te aseguro que la gente que está en el frente de batalla vive, no muere.

Se queda en silencio un rato, y por primera vez cae una sombra sobre él. Lo aliento a que continué hablando.

–         No se bien como explicártelo, pero creo que el comandante no quiere que la guerra termine. Cuando lo veo recorrer los callejones del foso, revisar las tropas, el armamento y los planes de batalla, cuando nos arenga o simplemente come, todo tiene sentido ahí adentro, entre balas y bombas. Ahí, junto a él, entendimos todas las grandes cosas del mundo; entendíamos que la guerra era una de las grandes actividades del hombre, que la libertad era algo por lo cual hay que luchar día a día, y que un hombre o una mujer de bien tiene el deber de luchar por su vida, porque el día que deja de hacerlo, muere.

Una nueva pausa, otro trago de cerveza.

–         Creo que si la guerra termina, el comandante Sikarov muere al día siguiente. Él se mueve como por instinto en el campo de batalla,  como quien va a la oficina a trabajar y esquiva el tráfico o los rateros que pululan por las calles. Y sospecho que al otro lado las cosas son parecidas. ¿Sabes cuanto avanzamos en el territorio enemigo durante los dos años que estuve?

Niego con la cabeza.

–         Cero. Ni un puto maldito metro. ¿Y sabes cuantas escaramuzas y misiones enviamos para tomar las líneas enemigas?

Espera mi respuesta. Vuelvo a negar con la cabeza.

–         Más de cien. ¡Más de cien, y no avanzamos nada! Murieron amigos, conocidos y desconocidos que habían luchado al lado mío, nos aterrorizamos, pensé que iba a morir todos los días que estuve de servicio, y no avanzamos un puto metro. ¿Sabes qué significa eso?

–         ¿Qué no quieren avanzar?

–         ¡Exacto! ¡Que no quieren terminar esto! Tú que eres periodista, debes haber sabido de la llegada del Gran Buck al frente oriental, ¿cierto? Pues bien, yo vi cuando lo depositaron tras la trinchera y era enorme. El cañón medía más de cuarenta metros de largo, y era tan ancho que cuando pasaba sobre nuestras cabezas nos tapaba la luz un buen rato. ¿Qué noticias llegaron sobre el Gran Buck?

–         Bueno… – me rasqué la cabeza, haciendo memoria – Creo que mencionaron el ataque exitoso sobre blancos estratégicos enemigos, y que pronto caerían las líneas enemigas en un fulminante ataque conjunto…

–         ¿Y hace cuanto fue eso?

–         Bueno…- y algo empezó lentamente a colarse en mi mente. No fue a propósito ni lo busqué, doy mi palabra. Pero cuando uno se encuentra con un dato raro, simplemente lo sigue – hace como seis meses.

–         ¿Seis meses? ¡El Buck realizó su primer disparo hace casi un año! ¿Quién les dice tanta porquería?

–         El gobierno.

–         Por supuesto. El caso es que disparamos tres veces, un disparo por día. Cuando llegó la noche del tercer día, los enemigos habían retrocedido más de tres kilómetros. ¡Por fin podíamos avanzar y tomar su posición y terminar con esta insensatez! ¿Y sabes que hace Sikarov?

–         No.

–         Dice: “No más disparos. Veamos que tienen para responder”. Y eso sería.

Lo miro con expectación, y me doy cuenta que estoy comiéndome el huevo helado.

–         Eso sería. Ninguna instrucción de tomarnos el campo contrario o avanzar posiciones. Sólo esperar. Un capitán fue a hablar con él y no sé que le dijo, pero Sikarov lo basureó delante de todos; que él era el comandante, que no admitía comentarios insubordinados de ningún mocoso y cosas por el estilo. Todos quedamos helados. Lo mandó con escolta durante una semana a calabozo y obvio, nadie dijo nada más.

–         ¿Y por qué esa reacción?

–         Antes de contestarte eso… a la semana, vimos aparecer transporte aéreo sobre campo enemigo, bajando desde las nubes con un Gran Buick. Tal como me oyes, nuestra mortífera arma en manos de los otros. Sikarov ordenó atacar el transporte aéreo y movilizó las tropas de asalto a toda velocidad, pero estábamos demasiado lejos. Nuestro cañón disparó una vez hacia lo que me imagino era el centro de comando de ellos y lo voló por los aires, pero lograron bajar y defender el cañón, y en cosa de media hora nuestras unidades empezaron a morir como moscas. Primero la infantería Pretoria, borrada de un sólo golpe junto con los Beta. No quedó nada de ellos, sólo un gran hoyo del tamaño del cráter de un volcán. Disparamos y gritamos y gruñimos y peleamos por la patria. Eso nos duró una hora. Cañonazo nuestro, y murieron miles de ellos, y luego nos tocó a nosotros.

Su mano tiembla al recordar todo eso. La ceniza se cae al suelo, pero él no está acá, definitivamente.

–         Fue como el fin del mundo. Escuchamos un trueno que hizo retumbar la tierra tan fuerte que muchos caímos al suelo. Luego el viento se llevó a mis compañeros lejos de las filas y luego… bueno, la muerte. Yo sólo cerré mis ojos y me despedí de mis padres. Aguanté la respiración… todo se movió, se me perdió el mundo y hubo calor y tierra y golpes… Cuando abrí los ojos, no supe donde estaba.  Me dolía todo el cuerpo y tenía un interminable pito en los oídos, pero poco a poco logré moverme como una lagartija, y me arrastré hacia el tope de lo que pensaba era una pequeña colina. Cuando me asomé por la cornisa, no podía creer lo que había pasado: estaba en el tope de lo que el cañonazo del enemigo había dejado de tierra. Abajo mío y hacia los costados había un surco de por lo menos quinientos metros de largo y unos cincuenta de ancho, justo como si un meteorito hubiera hecho contacto sobre nuestra unidad. No había nadie, ni John ni Eldy, nadie de mis amigos. Ningún compañero.

Ahora, por primera vez, puedo ver al soldado. De repente se acuerda de algo, deja el cigarro en la boca y saca un papel arrugado de su bolso de cuero. Es el mismo que tienen en sus manos ahora. Luego de terminarse el cigarro, continúa.

–         Volví a pie, me recibieron como un héroe. El comandante pasó a mi costado y apoyó su mano en mi hombro como toda condecoración. Estuve dos semanas en enfermería hasta que pude recuperar un poco la audición, y luego aguanté todo el tiempo que pude haciendo tareas menores. Al final, presenté mi renuncia y me fui.

–         ¿Presentaste tu renuncia? ¿Se puede renunciar?

–         Por supuesto. ¿De que les sirve un soldado con trauma? ¿O acaso no escuchaste todo lo que te dije? Nosotros nos quedamos ahí porque pensamos que es nuestro deber. Nos da más miedo marcharnos y no ser nadie, quedarnos sin trabajo y sin sentido de vida, que estar ahí… la Gran Guerra es una forma de vida, con ascensos, promociones, paga y todo eso. Como me dejó de hacer sentido, simplemente me fui. Ahora, cuando presenté mi renuncia temblaba pensando en la reacción del comandante. Pero entró en la tienda, firmó el papel y me entregó esto que te paso a tí. Me dijo que era para el alto mando, pero no entiendo nada de lo que está puesto, entre rayas y garabatos matemáticos.

Click.

Como ustedes ya revisaron, esta majamama de rayas y cálculos son proyecciones estadísticas que hablan sobre el avance de la guerra, basadas en los estudios de un matemático llamado Fibonacci, el de la medida áurea…

¿Y usted como sabe eso?

Bueno, lo investigué. El profesor Stonement de la Universidad Imperial publicó un estudio el ’84 sobre modelos matemáticos que predicen movimientos humanos a través de la historia. Es muy interesante. Ahora, permítame terminar con la entrevista…

No es necesario, señor Tzevetzan. Revisaremos la cinta nosotros mismos. Dígame sólo una cosa más ¿qué impresión tiene usted de lo que escuchó?

¿La verdad? Creo que esta guerra no tiene fin. Seguirá así, eternamente. Sikarov y el comandante enemigo viven para esto, y hay demasiadas personas e instituciones que se benefician con el eterno resultado en tablas. Es tan común para nosotros… si incluso yo crecí pensando en la guerra como algo normal, como las finanzas o los deportes. No, el mundo no sería el mismo sin la Gran Guerra, y el mundo no quiere cambiar.

Iluminador. Muchas gracias por su tiempo, señor Tzevetzan, y por venir a entregarnos este documento. Mi asistente lo acompañará a la salida y en la semana le haremos llegar el cheque a su casa. Adiós.

¿Que crees?

Creo que seguiremos el protocolo usual. Que sea un accidente automovilístico.

Si señor. ¿Y con respecto a esta grabación?

Yo me encargo.

Click.

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¡Feliz cumpleaños!

FELIZ CUMPLEAÑOS

Marcela estaba cansada. Ese día le había tocado trabajar hasta tarde, pero era su cumpleaños y conociendo a su marido, le tendría una sorpresa.

Al llegar a la casa, enclavada en la esquina poco transitada de un barrio agradable, notó que las luces estaban apagadas, y un resplandor mortecino titilaba inestable detrás de una ventana.

“Ah, me prepararon una fiesta sorpresa ¡Que lindos! Pero estoy tan cansada que no tengo ganas de ver a los amigos. Bueno, tendré que pasar por esto.”

La reja del antejardín chirrió al entrar. La puerta de la casa estaba abierta y su perro, una alocado Beagle, no salió al encuentro de su ama. Le llamó la atención.

Ingresó a la casa casi a tientas. Llamó a su esposo.

–         ¡Julio!

Nada. La alegría inicial empezó a transformarse en un extraño miedo que reptaba por su espina dorsal.

–         ¡Julio!

La última vocal quedó suspendida en el aire con una nota de temor. Avanzó con cautela por el pasillo hacia el living, desde donde surgía la tenue luz. Tanteando el muro a la izquierda encontró los paraguas y se armó de uno.

Se asomó por el pasillo.

Ahí estaba Julio, sentado frente a la mesa. Había puesto el mantel blanco de fiesta, dos velas y una rosa roja en el delicado jarrón de cristal, regalo de matrimonio de la desagradable tía Eulalia.

–         Hola amorcito.

–         ¡Julio! ¡Por Dios, pero si tenías la puerta de la calle abierta! ¡Podría haber entrado cualquiera!

–         Es que te sentí llegar.

Marcela dejó la cartera colgando en el respaldo de la silla y se sentó. Recién en ese momento pudo ver el estado desastroso en el que se encontraba su marido. La preciosa camisa celeste (regalo suyo, por supuesto) estaba rota y manchada. El rostro del hombre tenía tiznas cafés y algunas manchas negras, como de grasa de auto.

–         Pero que te pasó.

–         Disculpa lo mal que me veo, es que tuve un problema imprevisto que ya te voy a contar. Pero antes quiero decirte que te amo.

Le extendió los brazos a través de la mesa, ofreciéndole sus manos abiertas. Julio no era demasiado demostrativo de sus emociones, por lo que la declaración, en vez de emocionarla, le preocupó. Al tomarle las manos se las sintió heladas, heladísimas.

–         Julio…

–         Si, lo se, es parte de lo que tengo que contarte…

Marcela retiró las manos de un golpe. Algo no estaba bien.

–         ¿Te acuerdas lo que habíamos conversado con Gabriel el otro día? ¿Qué Rodrigo se estaba comportando un tanto raro, medio hermético y poco comunicativo? Me quedé pensando en eso, y lo llamé en la semana. Me respondió con monosílabos y cortó.  Así que, camino a la pastelería, decidí pasar a verlo.

“El conserje del edificio me dijo que ni él ni Tamara habían salido del departamento en una semana. Lo que sí, llegaban muchas bolsas con comida desde los servicios Express.”

“El conserje habló con ellos y le pidieron que yo subiera, pero cuando voy caminando al ascensor, el conserje me llama y me dice que suenan raro, como enfermos.”

“Toqué el timbre, y al abrir la puerta, no vas a creer lo que vi, amor. Es que era asqueroso.”

–         ¿Qué viste?

–         Primero, un olor putrefacto casi me hace vomitar. Era horrible, si me tuve que tapar la cara con la camisa. Pero cuando los muchachos me hacen pasar, desde afuera vi que tenían tapada las ventanas con papel, hacía un calor horrible, y… y… – el rostro de Julio se volvió ceniciento a la luz de las velas.

–         ¿Y? ¡Ya pues Julio, habla!

–         Y había trozos de carne pegada a la pared, y sangre y otras cosas repartidas por el suelo.

Marcela escuchaba todo esto con una mezcla de incredulidad y asombro. No dijo nada hasta que Julio continuó.

–         Rodrigo y Tam estaban mal, muy raros. Su piel era gris y su tono de voz era bajo, como de ultratumba. No me atrevía a entrar, pero tampoco a decirles que no. Así que les hablé desde la puerta. Les dije que cómo se les ocurría hacer eso, qué les pasaba, y de repente me tomaron de los brazos y metieron a la fuerza al departamento y… y ahí adentro…

Julio volvió a enmudecer. Marcela lo miró a través de las velas con más incredulidad que otra cosa. ¡Que mala la mentira y la manera de intentar meterle miedo! Los amigos estaban ahí, escondidos en las piezas y riéndose en voz baja, esperando que estuviera lo suficientemente asustada como para saltar con un grito de sorpresa y cantarle el cumpleaños feliz. Pues sí, se había asustado, pero sólo un poco. Así que decidió terminar el juego. Mal que mal, estaba cansada.

–         Julio, luego me cuentas en que termina la historia, me voy a duchar. – Se levantó en dirección al baño.

–         ¡No, espera, no he terminado!

–         ¿Sabes qué? Hoy no estoy para cuentos.

El hombre le musitó “están los amigos ahí adentro”. Marcela le respondió de la misma manera “Ya, pero estoy cansada”.

Unas risas mal disimuladas se desplazaron dentro de la pieza de la izquierda hacia el patio interior de la casa.

–         ¿Y Davies? – preguntó la mujer.

–         Por ahí anda.

–         ¡Guau! ¡Guau! – sonó el falso ladrido.

–         Ah, que bueno que me entiendes, Davies. – gritó Marcela hacia el corredor.

–         Amor, quiero decirte sólo una cosa más.

Marcela se movió con hastío.

–         ¿Qué cosa?

–         Que al fin y al cabo, lo que le pasó a los amigos no es tan malo cuando comienzas a aceptarlo. Ya se pasaron Gabriel y Marcela, Mauricio y Ale, y la Coni y otros más. Yo también. Sólo faltas tú.

Marcela se marchó a su habitación. Desde el living escuchó a su marido gritándole.

–         ¡Y te amo! ¡Y quiero que estés conmigo para siempre! ¡Un, dos, tres!

–         ¡Cumpleaaaaaños feeeeeliiiz!

La figura de Marcela reapareció por el pasillo, retrocediendo lentamente con las manos a la altura del pecho, colocando distancia. Su rostro suplicaba que aquello no fuera verdad.

–         Julio…

Sus amigos, todos sus amigos, avanzaban por el pasillo. Sus voces reverberaban en el aire como si cantaran desde lo profundo de una caverna. El único cirio de aquella torta macabra alumbraba los rostros inexpresivos donde fulguraban unos ojos sin vida. Avanzaban con lentitud, arrastrando los pasos.

–         ¡Te deseamos a tiiiiii!

–         ¡Julio!

El hombre, desde la silla, le sonrió con amabilidad. Marcelo pudo ver dos pequeños colmillos reluciendo a la luz de las velas. Con el corazón casi saliendo de su pecho, descubrió que la torta era algún tipo de animal pequeño , al cual le habían arrancado el pellejo y lo cocinaron acurrucado.

–         Bienvenida amor. Feliz primer cumpleaños.

Desde la silenciosa calle, se escuchó un portazo y un grito desgarrador. Los vecinos no se atrevieron a salir.

El silencio flotó unos instantes sobre la ensombrecida calle.

Y de improviso estalló un “¡Bravo!”, gritado al unísono y seguido de muchos aplausos y felicitaciones. Mientras  el sonido de fiesta retornaba a lo normal, se podía oir la juguetona frase  “¡Que lo muerda! ¡Que lo muerda!”

Sobreviviente

SOBREVIVIENTE

El último hombre de la tierra se encontraba sobre una colina. A la distancia, en la creciente noche, las auroras radiactivas chocaban con el campo magnético de la tierra, formando cañones y valles invertidos en el cielo. Toda una topografía variable hecha de luz fantasmal para que un sólo ser pudiera contemplarlo.

Primero fueron las bombas, luego la gente gritando, abrazada entre sollozos. Después el fuego, las ondas de choque y la lluvia radiactiva. Vinieron los militares y tiempo después desaparecieron. Luego los animales salvajes, heridos o enfermos, llenaron las calles y los antiguos dominios del hombre fueron reclamados por aquellas patéticas criaturas de Dios, y finalmente también desaparecieron.

Luego estuvo ese periodo de oscuridad. Se levantaron los muertos de sus tumbas, y las calles y campos se poblaron de extraños y pesadillezcos monstruos, y su reinado duró un tiempo. Pero finalmente, como todo, también terminó.

Ahora quedaba sólo él. Sentado, reflexionaba su soledad y lo que había sido la historia de este mundo, historia que se acabaría para siempre tras su última exhalación.

A un costado, una pila de basura se movió, reclamando su atención.

Un sonido de rasguño surgía por debajo de la pila de cartones, papeles y bolsas. Segundos después, un par de antenas y un cuerpo negro y pequeño apareció de su improvisado refugio.

Hombre y cucaracha se miraron fijamente. La evolución, en sus manifestaciones extremas, se encontraba por fin.

La vida acababa de encontrar a la vida.

El hombre tanteó lentamente a un costado suyo, sin quitarle la vista a ese pequeño milagro. Extrajo un cilindro con líneas negras y amarillas, apuntó y roció al bicharraco con un líquido de olor penetrante.

El bicho huyo del lugar, con estertores de muerte. Y por si había más, el hombre roció toda la basura adyacente al lugar.

Se volvió a sentar con melancolía. Mientras seguía reflexionando sobre lo vivido en años anteriores, una voz primitiva sonaba por debajo de sus pensamientos.

“¿Una cucaracha, la última sobreviviente del planeta? ¿Un bicho inmundo superior al ser humano? ¡A la mierda! ¡Sobre mi cadáver!”

La vida, como era de esperarse, se extinguió.

Para Gaico.

George

No fue hasta que logró mover sus dedos, y sentir el olor de la humedad, que se dio cuenta que estaba vivo.

Oscuridad. Profunda e impenetrable oscuridad. Al levantar la mano, golpeó una tapa de madera a centímetros de su nariz. Estaba enterrado vivo.

No recordaba nada de nada. Sabía que tenía un nombre, George, y que tenía mucha hambre. No había comido en eones.

Sentía también un indescifrable llamado a salir de ahí. No era terror o claustrofobia, sino algo más profundo y menos emotivo. Golpeó tentativamente la tapa. Crujió.

Dio un golpe un poco más fuerte, y su mano traspasó la tapa de madera podrida con facilidad. Su mano empuñada se sumergió en una masa de tierra fría. La tierra empezó a entrar por el orificio, cubriéndolo en cosa de minutos.

Se quedó quieto, sin respirar, esperando el ahogo y la muerte. Y no sucedió nada.

Después de un momento de asombro, puso sus extremidades en movimiento. ¿De donde diablos sacaba esa fuerza?

Como un gusano, cavó a través de la oscuridad hacia lo que creía era la superficie. Sentía un murmullo térmico, un zumbido que recorría la tierra y lo atravesaba. Se acercaba a algo, porque la tierra empezaba a estar más cálida.

¿No respiro? – se preguntó

¡No respiro! – fue su respuesta.

Su mano apareció en la superficie, reclamando vida y aire. Había florecido espontáneamente como una apresurada flor gris bulbosa. Su piel reflejó la luminiscencia roja que venía desde el horizonte.

Se levantó llevando la tierra por delante de si. Al mirar el resplandor en el cielo oriental, intuyó lo que estaba pasando. Un tipo lo golpeó en el hombro, desplazándose de manera torpe y cubierto de tierra.

–         Perdón.

–         No hay problema. Oye, ¿Qué está pasando?

–         Ni idea. Sólo se que voy a comer algo.

Lentamente, las adormecidas neuronas de George le daban acceso a algunos recuerdos de su época.

–         Vamos, te acompaño. Conozco un local de hamburguesas increíble.

–         ¿Hamburguesas? ¿Qué es eso?

–         ¿No sabes lo que es una hamburguesa?

Y así continuaron su conversación mientras entraban en la ciudad, al igual que cientos de personas. Luego se le sumarían miles, y luego, millones.

La noche, iluminada por hongos nucleares secuenciales, trajo consigo lluvia mortífera, y mientras la vida se extinguía con agónica rapidez, lo que quedaba de la tierra era reclamada por los muertos.

Y las cucarachas.