ARTESANOS

Los dos ancianos habían acordado encontrarse en terreno neutral, y así lo hicieron.

El lugar elegido fue una pequeña cabaña, ubicada al medio de un añoso bosque en las cercanías de Northbridge, al sur de Londres.

Entraron al mismo tiempo por puertas opuestas. Alguien se había preocupado de dejarles una tetera con agua hirviendo y un par de tazas en una pequeña mesa de centro. Se saludaron tocándose la punta del gorro, y el más cercano a la mesa se sentó mientras el otro, que había entrado por la puerta de la cocina, preparó té y sacó una pequeña caja marrón de la alacena, justo sobre su cabeza.

El ambiente se llenó de diversos aromas, y un humo azulado serpenteó por el aire hacia el hombre que preparaba las cosas.

–         ¿No has empezado muy rápido?

–         Lo siento, no pude aguantarme.

–         Así veo. ¿Demasiado aire puro en tus pulmones? – ironizó.

–         No, sólo la caminata. Muchas gracias por preocuparte de mi salud.

El hombre en la cocina tomó una bandeja y se aproximó equilibrando el té y los insumos de manera precaria. La depositó con suavidad en la mesita de centro, y se sentó.

–         Por favor…

–         No faltaba más.

El hombre que fumaba dejó a un lado su pipa y sirvió té. En el borde superior de las tazas brillaron unas delicadas filigranas de oro, que simbolizaban algo olvidado para la todo el mundo a excepción de ellos.

–         Gracias. ¿Qué tabaco fumas?

–         De la cuaderna del sur…

–         Guárdatela. Aun me queda un poco de…

–         Vamos, pruébala, no te arrepentirás.

–         No gracias. Tú sabes que…

–         Por favor. No dejarás a un anciano con la mano estirada.

El anciano macizo y de cara regordeta sostenía una bolsa de cuero con un gran símbolo en una de sus caras. El otro, delgado y bastante pálido, la observó con desconfianza. Luego de cavilar unos momentos, aceptó, a regañadientes, el tabaco.

Olfateó su interior y el olor acre llenó su rostro de una mueca de placer. La risa del otro hombre no se dejó esperar.

–         Te dije que te encantaría – Le apuntó con su pipa y señaló – vamos, pruébala ya. Déjame encender tu pipa.

–         No es necesario, yo puedo solo.

–         ¡Vamos hombre! Han pasado décadas en esta pelea sobre cual es el mejor. Dame el placer de encender tu pipa y que pruebes por ti mismo lo bueno que es el tabaco de mis tierras.

El anciano delgado sacó una bolsa de tela gris, y extrajo una exquisita pipa de madera oscura, cuya caña larga y sinuosa terminaba en una boquilla veteada con líneas de plata.

El hombre quedó anonadado por la belleza de aquel trabajo. Ahora fue el turno del anciano más delgado de sonreír.

–         ¿Si? – dijo, mientras la cebaba con tabaco.

–         Eh… ¿me la alcanzas?

–         Por supuesto.

El anciano regordete acarició aquella obra de arte con reverencia. Su mirada iba desde la cazoleta hacia la boquilla ornamentada. El carraspeo de su compañero lo hizo reaccionar.

–         John, por favor.

–         Si, si. De inmediato.

Extrajo un chispero compuesto por dos piedras negras y lisas que cabían cómodamente entre el pulgar y el índice. Las friccionó, y un par de chispas cayeron sobre el tabaco. Le devolvió la pipa a su compañero, y este chupó con ahínco. El tabaco se encendió entre anaranjados brillantes, y un humo azul reptó lentamente por el aire, acechante, casi vivo.

–         ¿Quién lo hizo?

–         Un orfebre Telmarino.

–         Ah, ¿humano o…?

–         No lo se.

Fumaron pipa en silencio, concentrados. Cada cierto tiempo, un retumbar profundo sonaba al exterior de la cabaña. Era algo que no tenía ritmo ni peso uniforme.

–         Esta buena, John, tengo que reconocerlo.

El interpelado le arrojó la bolsita de cuero.

–         No puedo aceptártela…

–         Quédate con ella. Tengo más. Por otro lado, tiene que haber registro de su existencia, por si algún milagro del destino hace que tú seas el victorioso.

El anciano delgado rió, y dejó caer la bolsa dentro de un bolsillo de su chaqueta.

–         Te tienes fe.

–         Mucha. De hecho, creo que tu problema es que tú tienes demasiada confianza en tus recursos.

–         ¿Demasiada? Oh no, no demasiada. Sólo la suficiente.

Siguieron fumando. El ruido de maderos crujiendo alrededor de la cabaña y un fuerte aleteo se sumaron al creciente retumbar exterior.

–         Ya están llegando los tuyos.

–         Si, y también escuché a tus muchachos.

–         Es verdad.

Ambos ancianos se quedaron con la mirada perdida en el infinito. Parecía que miraban hacia el mismo horizonte.

–         Jack, ¿es necesario hacer esto?

Los ojos del anciano enjuto brillaron.

–         No, pero es lo que acordamos.

–         Si, bueno, pero…

–         Y lo hicimos por un buen motivo.

El hombre regordete se quedó con la palabra en la boca. Meditó unos instantes antes de responderle.

–         Esta bien, pero aún así creo que estamos cometiendo un error.

–         Ojalá no sea así.

–         Piénsalo bien. Dos universos pueden ser contenidos en otro más grande. De hecho, muchos universos pueden vivir perfectamente en una sola mente.

–         Si, pero no como los nuestros. Se topan y quiebran constantemente. Tus hijos y los míos viajan entre mundos sin decidirse a existir completamente en ninguno.

–         Puede ser, pero insisto que es posible su existencia paralela.

El anciano enjuto fumó un par de bocanadas de aquel excelente tabaco. Si, sería una verdadera lástima si todo aquello se perdía. Reflexionó con rapidez, porque afuera, las cosas probablemente se estuvieran colocando difíciles.

–         Te propongo algo. No podemos detener aquello que ya pusimos en marcha, pero podríamos llegar a un arreglo.

–         Dime.

–         Aquellos que mueran en combate, renacerán en el universo del bando ganador.

El hombre regordete dio algunas piteadas rápidas con el rostro enrojecido. Dejó vagar su vista por la habitación, y se detuvo un momento sobre un mueble común y corriente, un ropero grande y ordinario.

–         Hecho. ¿Y aquellos que sobrevivan?

–         Bueno, tendrán la maldición de existir en ambos universos. Pero podrán elegir donde hacerlo.

–         Muy bien. Trato hecho.

Se estrecharon las manos como los caballeros y amigos que eran.

–         Muy bien, es hora.

–         Si, así es.

Se pusieron de pie y se dirigieron hacia la puerta por donde habían entrado.

–         Clive…

–         ¿Si, John?

–         ¿No temes perder algún ser querido en esto?

–         Si, pero esto es mejor que perderlos a todos. Y mucho mejor que perdernos a nosotros mismos.

–         Muy bien. Buena batalla.

–         Lo mismo a ti.

Cerraron la puerta, y avanzaron por el campo hacia colinas opuestas.

Al pasar, saludaron a sus fuerzas. Los elfos y los enanos se cuadraron en filas ordenadas, mientras los centauros de ambos bandos pifiaron al verlos pasar. Uno de los escritores palmoteó con cariño las piernas arqueadas de los Ents, que enfrentaban con sus brazos abiertos el desafío de los Minotauros, quienes agitaban sus hachas de manera salvaje y despiadada. Los niños Pevensie, perdidos entre la infinitud de criaturas, gritaban órdenes y alentaban a sus guerreros. También saludaron a su escritor, y éste les devolvió el saludo tocándose el ala de su sombrero.

En el cielo, los grifos y los dragones giraban en una danza mortífera, manteniéndose a la distancia precisa para lanzarse al ataque apenas dieran la señal.

La cabaña de madera, en medio de los dos ejércitos, estaba a punto de quedar reducida a un tibio recuerdo. Y del choque de aquellas fuerzas colosales, nadie saldría victorioso.