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El Alto protegía la humanidad cuando vio caer a la criatura. Era pequeña, frágil y desvalida, pero su vibración y apariencia causaba desconcierto entre las masas, y pronto se alzaron grupos que querían destruirla desde el miedo que les producía. Entonces, el Alto Oscuro aprovechó su energía y surgió entre los hombres

  • Veo que tienes un conflicto. Tendrás que elegir: la humanidad o la criatura.
  • No lo haré. Los protegeré a los dos.

Dicho eso, estiró sus brazos y los separó de plano. Humanidad y criatura sabían de su existencia pero no se podían tocar ni ver, sólo percibir. Pero la separación cósmica de planos requería un gran esfuerzo, y lo agotaba. Oscuro se aproximó por su espalda y le habló.

  • Tus fuerzas no aguantarán. Deberás elegir a quién torturaré, a quién dejarás indefenso. ¿Humanidad o criatura?
  • Ya hice esa elección, incluso antes de tener que pensarla – respondió – Elijo la criatura.
  • Entonces la humanidad es mía. La torturaré y sentirá el dolor de tu pérdida y mi presencia constante.
  • Sobrevivirá. Lo hizo antes de mí y soportará después. Siempre lo hace.
  • Sabes que no podrás volver.
  • Lo sé, y así lo decido.

Soltó los campos de protección de ambos, y mientras la tierra perdía su presencia y protección, se fundió en un abrazo de amor y protección perfecto e infinito con la criatura. La acunó entre sus brazos, sus miradas entrelazadas en un vínculo de adoración y los brillos de las estrellas deslizándose sobre sus corneas. Fue tal su amor que se conocieron completamente y se fundieron en un vínculo tan puro y completo que no cabía el miedo bajo ninguna forma. Los dos fueron uno, y se aceptaron en su totalidad.

Lo que los Altos no sabían fue que en ese proceso de conocimiento y autoconocimiento se produjo completitud absoluta, lo que permitió que el Alto subiera al rango de Altísimo, el representante del Uno absoluto.

Su cuerpo cambió, se volvió radiante y surgieron representaciones de alas tras suyo, alas de huesos rellenas de luz. Listo como estaba, volvió a la tierra.

Aterrizó en una llanura seca, rodeada de fuego y gritos. Vio que la humanidad estaba en lucha consigo misma y contra el Alto Oscuro.

  • Regresaste – dijo el Oscuro con furia – ya no puedes hacer nada. Tengo el poder de todo un planeta en mi control. ¿Qué tienes tú?
  • La completitud – respondió.
  • ¡Eso no te servirá de nada! – bramó.

Oscuro levantó montañas y se las arrojó. Él Altísimo vio venir desde antes el ataque y reaccionó con precisión. Luego el Oscuro lanzó relámpagos, lava y fuego, y el Altísimo los detuvo con sus manos y su energía, pero con gran dificultad.

  • Acabaré contigo! ¡Tengo poderes que no imaginas! ¡Puedo modificar la realidad, porque manejo los planos en que se construye la materia y que constituyen los pensamientos! ¡Te perderás en un laberinto de ideas recursivas e infinitas!

Dicho eso, le lanzó espejos de dimensiones paralelas y transversales. Pero lo que esperaba que fuera un laberinto se transformó en un pasadizo en donde los espejos fueron las paredes. El Altísimo avanzó.

  • Tus espejos y dimensiones no significan nada para mí. Conozco mi mente y corazón y en ellas vivo. Me conozco de manera absoluta, así que todas mis manifestaciones en todas las dimensiones avanzan al unísono hacia ti.

Y era cierto. En todos los planos, todas las partes del Altísimo avanzaban a través de los elementos, los espejos y los caminos que encontraban. Blanco era un todo armónico. Llegó al muro de espejo, detrás del cuál se parapetaba el Oscuro.

  • Y además sé tu punto débil.
  • ¡Yo no tengo punto débil!
  • Te lo mostraré – dicho eso, atravesó el espejo y golpeó con la punta del dedo índice en la frente del Oscuro, y le enseño su debilidad.
  • Estás incompleto – fue lo que le dijo – vacío y hambriento de algo que nunca se va a acabar. No importa los planetas que consumas, tienes un hambre interior inacabable, porque quieres llenar un vacío que no tiene fin. Porque estás incompleto.

Oscuro sintió primero y vio después aquel vacío que negaba con todas sus fuerzas, que trataba de llenar con cualquier cosa, y la sensación de eso fue horrorosa. Una vez visto no podía ser ignorado, y un grito surgió desde el fondo de su alma. Intentó llenarse a sí mismo pero no pudo, y esa conciencia y el esfuerzo por llenar lo inacabable se transformó en un hoyo negro que lo devoraba sin fin, en una conciencia de terror que se devoraba a sí misma eternamente.

La humanidad vio en los cielos nocturnos un anillo de gas colosal que emitía un sonido penetrante. El grito de terror del Alto Oscuro llegaba a todas las cosas hechas de materia. Aquellos en los que resonó la conciencia de falta cayeron al suelo retorciéndose de dolor, pidiendo un cuchillo para acabar con la agonía de su propia falta.

Los animales observaron a la humanidad y tuvieron piedad. Los herbívoros lamieron a los dolientes e intentaron ayudarlos a levantarse y cargar con el peso de su alma. Los que no pudieron hacerlo fueron rápidamente acabados por los carnívoros, poniendo fin a una agonía sin esperanza.

El Alto Oscuro sigue ahí, preso para siempre de su propia agonía. La gente ya no lo ve en el cielo porque milenio tras milenio las culturas acostumbraron los sentidos a ignorar aquel signo de terror que pende de los cielos.

Sin embargo sí recuerdan a nuestros salvadores, los animales. Se los representa en las paredes o se los adora como a dioses de justicia, benefactores terribles. Y durante todo este tiempo, el Altísimo sigue aquí, paseándose entre nosotros, blanco, radiante, impoluto, infinito.

Agua

Un hombre observaba la casa parapetado tras un montículo de tierra. El lugar en que se encontraba enclavada, un claro de hierba seca en medio de árboles de troncos blancos, permitía que otros estuvieran haciendo probablemente lo mismo: observar, calcular y prepararse para el asalto, dispuestos a matar.

Sí, él estaba dispuesto a matar. Había dejado morir a su compañera de viaje tres días atrás, y desde entonces sentía que se arrastraba por ese paraje con los sentidos embotados, con la sensación de estar en una constante borrachera, perdiendo esporádicamente la noción del tiempo y de cuando era día o noche. En su situación actual sabía que un enfrentamiento con cualquier persona sería su perdición. De todas maneras, la recompensa estaba ahí, a la vista.

Muchas veces pensó que la mera existencia de ese lugar era un cuento, una quimera para gente desesperada. Ahora, ¿qué debía hacer?

Esperó, quieto como las lagartijas. El calor constante se atenuó gracias al raro fenómeno de un cielo nublado. A su lado, una línea de hormigas realizaba su cadena acostumbrada de búsqueda y recogida de alimentos. Tuvo una fugaz imagen de su cadáver siendo diseccionado y llevado por esos incontables puntos negros y decidió moverse un par de metros a la izquierda.

Continuó con su observación, pues sabía a ciencia cierta que no estaba sólo. Esperaría todo lo que fuera necesario. Llevaba muchos meses en la carretera, atravesando pueblo tras pueblo, viviendo sus miserias humanas, siendo miserable y maldito. No era el hombre que partió, y si alguien le preguntara ahora quién era, no tendría una respuesta.

Hacía el atardecer escuchó un sonido de metal destrabándose. Se puso atento. Una puerta lateral se abrió para dejar salir a un hombre con chaqueta de vestir blanca, lentes ópticos y cabello rizado. Era él, el payaso que se burlaba de la sed de todos mostrando su tesoro inagotable de agua embotellada. Tuvo el impulso de salir corriendo, saltar sobre él y empujarlo contra lo más duro que tuviera a su alrededor. Quería golpearlo hasta la muerte, romper su cráneo como un huevo y que su sangre y sus sesos se esparcieran por todos lados, pero se contuvo. Volvió con dificultad a su conciencia de ser, y espero.

Sabía que alguna trampa había en los alrededores de la casa. No caería en ella, porque seguramente otro lo haría.

Pero no pasaba nada. Su cuerpo entero le pedía acción, correr y tomar la guarida del dragón y con él sus tesoros. Sin embargo, siguió esperando.

El hombre se retiró de vuelta a la casa y cerró la puerta. Nada sucedió, nadie lo atacó. ¿Que diablos pasaba?

Golpeó su cabeza contra el suelo con rabia. ¿Cómo tan idiota? ¿Cómo?

La noche llegó y él se quedó tendido ahí hasta dormirse.

Entre medio de sus sueños se coló el ruido de metales chocando, y luego rugidos. Lentamente y muy a su pesar fue volviendo a este mundo, y escuchó gente vociferando. Alzó la cabeza y, aunque tenía la vista desenfocada, logró ver algo que lo llenó de pavor.

La casa estaba en llamas.

Una turba de personas la atacaba arrojando piedras, lanzas y botellas con líquido incendiario. El metal de las paredes estaba ennegrecido, y en algunas zonas comenzaba a ponerse rojo.

Estaban destruyendo en ese instante todas las esperanzas que había depositado al principio de su viaje, y él se encontraba impotente frente a ello. Sentía que le estaban quemando el alma.

Comenzó a arrastrarse hacia la casa sin saber por qué. Ya no seguía ningún plan; en cambio, estaba en un estado mental de absoluto animalismo. Algún dictamen de su cabeza le llevaba a acercarse al fuego en vez de huir de él, y acató.

Dada la confusión general no supo en qué momento se abrió la puerta y comenzaron los disparos. Uno a uno, los atacantes cayeron abatidos. Siguió avanzando hasta quedar a metros de distancia del hombre, que cargaba un arma de repetición. A contra luz lo vio levantar el arma y dispararle. Se quedó quieto como piedra, e intentó identificar donde había entrado la bala pero no pudo, porque le dolía todo.

El hombre se acercó a él y le golpeó el rostro con la punta de la bota. Lo que sucedió después fue el resultado de millones de años de evolución puestos al servicio de la supervivencia. De improviso volvió toda su fuerza, se aferró de la pierna de su agresor y en una fracción de segundo lo tenía en el suelo, desviando con una mano la punta del arma y con la otra lanzando golpes a ciegas. Se escuchó una ráfaga de disparos y luego gemidos. La metralleta salió volando de las manos del agresor y este fue levantado y llevado en volandas al interior de la casa en llamas.

Adentro, el calor era casi insoportable pero el hombre estaba lleno de adrenalina. Encontró una escalera que descendía y arrastró al dueño de casa al subterráneo.

  • Enciende la luz – ordenó. Escuchó su propia voz como un graznido seco.

La habitación se delineó con repetidos destellos intermitentes, mostrando un cuarto de cemento rectangular. Era igual al de la imagen, sólo faltaban las incontables botellas de agua, frente a las cuales el tipo de anteojos, al que arrastraba ahora por la solapa de la chaqueta, se pavoneaba.

Este era el lugar, pero no había agua. Estaba vacío a excepción de una sola botella que se encontraba en una mesa de madera en el extremo de la habitación.

  • ¿Donde están? – le preguntó. La luz se estabilizó y por primera vez, ya dueño de sí mismo, vio lo que había hecho. El tipo estaba con el rostro hinchado, los lentes quebrados y el marco torcido. Comenzó entonces a sentir dolor nuevamente, pero antes de que los sentidos le informaran de todo el daño que llevaba consigo, este logró acallarlos. Aún tenía suficiente adrenalina en su cuerpo para poder negociar un poco más de tiempo

El hombre sollozó, e intentó incorporarse. Lo soltó para poder avanzar por el cuarto. Sus oídos se llenaron de un pitido y la idea más terrible de todas comenzó a reptar hacia él.

  • No hay más agua – escuchó. No quiso creerlo.

  • ¿Donde tienes escondida el agua? – rugió.

  • No… no hay. Nunca hubo.

Se dio vuelta y lo vio tal como era, un pobre tipo. Sabía que no estaba mintiendo pero no quería creerlo, no podía creerlo. Se fue con la promesa de volver con agua y eso iba a hacer. Así que se acercó a él con la amenaza de la muerte certera, y este intentó huir. Lo alcanzó cuando llegaba al final de la escalera y lo arrastró de vuelta al centro del cuarto, le sacó los lentes, los partió y le colocó la punta de un vidrio en la garganta.

  • ¡Donde! ¡Donde está el agua! ¡Esto estaba lleno en todos lados! ¡Qué hiciste con el agua!

Entonces, lo más impensable de todo, lo trajo de vuelta a la horrible realidad. Lo vio llorar.

Sin saber por qué, sus fuerzas se acabaron de golpe al lado de su victima, del hombre rico de agua, una farsa que siempre fue una posibilidad pero jamás una idea cierta.

– Fue una broma – le escuchó decir – que le envié a un grupo de amigos. Tenía esas botellas vacías y les coloqué un efecto para que pareciera que tenían agua – respiró profundo. – Algunos me insultaron y otros se rieron, pero no se cómo esa foto llegó a todo el mundo. Y no, no tengo más agua que esa botella. También me voy a morir de sed.

Era el fin de todo. De sus esperanzas, certezas y la vida misma. Todos los dolores de su cuerpo se manifestaron al mismo tiempo reclamando su atención, y la agonía se hizo insoportable. Cayó de rodillas y, sintiéndose infinitamente miserable, comenzó a llorar.

Lloraba sin lágrimas, aferrado a la solapa del pobre tipo. Miserable él, miserable todos. Su garganta seca y agrietada era un testamento de la tierra en la que yacía la humanidad.

  • Lo siento – dijo el hombre del que se sostenía.

No podía responderle. No tenía cómo. Aún aferrado a él y haciendo acopio de sus últimas fuerzas, lo apuñaló. Su victima abrió la boca pero sólo fue capaz de emitir un ligero gemido. Sacó el vidrio y lo volvió a apuñalar, y repitió el proceso innumerables veces, sintiendo cada cuchillazo con intensidad. Un momento después, su brazo se llenó de un líquido tibio y viscoso, el que también cayó sobre su pelo apelmazado por la suciedad acumulada durante todo el viaje.

Una sola botella de agua. Eso era todo. El cuerpo del hombre del que se aferraba se desplomó sobre él, moribundo. Logró apartarlo, se incorporó, y se fue tambaleante hasta la mesa. Tomó la botella, la abrió y se la llevó a la boca.

De repente se detuvo. ¿Qué estaba haciendo, desperdiciando agua en beber, en alargar su vida, en glorificar y justificar la muerte de su amiga, de este pobre diablo, la de los que afuera estaban tendidos con orificios de bala, de tantos millones de seres humanos? ¿Quién era él para este regalo?

Se alejó la botella un momento de la boca. Pensó, y se la acercó de nuevo. Dejó correr el líquido dentro de su garganta, el jugo delicioso de vida. Pero no fue un trago incesante, sino más bien el desesperado beso de un amante que se despide.

Alejó la botella de agua y derramó resto del líquido sobre su cabeza, dejando que escurriera por su cuerpo junto con la sangre y el polvo. Se daba un lujo sibarita, escandaloso. Eso fue lo que vieron los que entraron detrás de él con picas, escopetas y otras armas dispuestos a matar por el premio que no había.

En algún lugar del mundo, lejos de ahí, comenzó a llover por primera vez en muchos, muchos años.

Los amantes

Ese día, al despertar, ya no estaban enamorados

Se miraron repetidamente. Uno al lado del otro, sabían quienes eran y todo lo que habían vivido juntos. Y sabían que se amaban hasta la noche anterior, pero la sensación era como un eco distante, sucedido quizás en otra vida. Ahí, a centímetros de distancia, había una persona que no les importaba en lo más mínimo.

No era que hubieran perdido la memoria. Simplemente no había sentimiento por el otro.

No sabían que decir. Al principio se asustaron porque pensaban que era una situación personal,  pero la mutua mirada de perplejidad les dio a entender que a ambos les estaba sucediendo lo mismo.

No supieron que decir. Él miró el reloj, lanzó un garabato y corrió a vestirse para ir al trabajo. Ella lo imitó. Se despidieron con un beso que les supo a nada.

Se fueron pensando todo el trayecto, buscando en lo más recóndito de sus corazones. Testearon si esto les sucedía con otras cosas, pero no: amaban a sus padres, amigos, se asustaban con lo usual y odiaban también lo usual. Todo estaba en orden y normal a excepción del amor por su pareja. Simplemente ya no estaba.

El sentimiento fue reemplazado por una búsqueda mental incesante del mismo. No podía ser, si se amaban profundamente hasta la noche anterior. ¿Habría sido la discusión del fin de semana pasado? No era posible, eran temas superfluos y había terminado bien. ¿Alguna rabia acumulada, algo que no se dijeron en su momento y ahora emergía para separarlos?

Si así fuera, reflexionaron ambos, estarían enojados, tristes o algo semejante, pero no la situación de realmente no sentir nada por el otro. Ni siquiera estaba la angustia del echarlo de menos, de extrañarlo, de la muerte del amor. Nada.

Nunca se habían amado, así se sentía.

Esa tarde llegaron a hablar del tema. Eran dos perfectos desconocidos con recuerdos mutuos, casi amigos. Hablaron con calma y cordialidad sobre eso, sobre lo que les pasaba. Decidieron ir al médico, porque no era normal.

Pasaron por diversos especialistas. Endocrinólogos, neurólogos, psiquiatras y psicólogos les tomaron muestras, hicieron estudios, preguntas varias, y todos sin excepción concluyeron que estaban perfectamente sanos. No había una respuesta para su situación (no podían llamarlo “mal” porque no se sentían para nada mal).

Después de varias semanas, una mañana de sábado, decidieron poner punto final a su relación. Se preocuparon por dejar las cosas saneadas en lo económico y un par de semanas después él se mudó al edificio del frente, prometiendo estar en contacto por si las cosas cambiaban. Un abrazo fuerte, un beso en la mejilla, y adiós

Han pasado algunos meses. De lunes a viernes, a las ocho de la tarde, ella se pone en la ventana para observar el departamento de él. Mira hacia el cuarto iluminado sólo por la televisión y alcanza a observar su cabeza, sus lentes y peinado desordenado que tanto conoce. Al hacerlo, busca alguna añoranza entre los recuerdos que tiene de sus vacaciones con él , abrazos nocturnos, saltos de alegría al verlo y dolores cuando pensaba que podían distanciarse.

Nada. Aún no pasa nada. Está mirando el cuarto de un desconocido.

Astronauta

Un manto de energía cósmica se deslizó sobre su cuerpo con la delicadeza y la lentitud de la seda moviéndose en gravedad cero.

Abrió los ojos. La nebulosa se dibujaba frente a ella, inconmensurable y saturada de todos los colores del universo. A su espalda estaba la oscuridad, una cáscara de metal desgarrada por asteroides y los cuerpos ingrávidos de sus compañeros.

Contempló con calma aquella maravilla. Le recordaba el árbol de navidad que había en su casa cuando era pequeña. En cada rincón de él había un adorno o una luz. Ella amaba esa imagen, y la emparentó con la que ahora abarcaba todo su espectro visual.

Todo había perdido sentido: sus problemas familiares, las deudas, los deseos mundanos, los cuestionamientos filosóficos. Estaba inmersa en una nueva realidad, la de flotar, en completa quietud, frente a la luz de la creación.

Sólo faltaba algo. Lo haría cuando se sintiera lista.

En el momento perfecto, luego de unas respiraciones profundas, procedió a sacarse el traje.

Este nuevo modelo tenía la posibilidad de ser expulsado de un sólo movimiento. Sin embargo ella, ritualista, intentó sacar una pieza a la vez.

Anuló el primer sello de seguridad, pero en el momento de retirar el guante las alarmas de emergencia sonaron, y dudó. Se resignó, tomó aire y continuó.

El dolor fue inenarrable, semejante a que le cortaran el brazo y se lo quemaran al mismo tiempo. Su cuerpo se comprimió en defensa y quedó en posición fetal. El traje se autoselló al percibir las señales de auxilio. Ahí quedó, sollozando frente a las estrellas.

Quería a su mamá. Quería que la acariciara y que le dijera que todo iba a estar bien, que la protegería de la muerte que se avecinaba. Su madre, su querida madre.

Ni siquiera podía hacerse cariño a sí misma con ese traje. “Ya voy, ya voy mamá” se decía entretrecortadamente. Lo repitió una y otra vez mientras anulaba los últimos sellos de seguridad.

Estiró los brazos y las piernas para que el sistema pudiera expulsar todas las partes sin interrupción. Gritó a todo pulmón que iba a su encuentro, y frente a la calma infinita de la nebulosa, el traje se abrió.

Sintiendo un dolor infinito, abrió los ojos para no perderse los últimos segundos que le quedaban frente a la luz del universo y despertó de golpe.

Sudaba frío. El cuarto estaba en penumbra, iluminado por las tenues lámparas solares ubicadas en las esquinas del camarote. Se quedó en la cama, estupefacta, escuchando la respiración de sus compañeros mientras dormían.

Tuvo la certeza de que su sueño se volvería realidad. La falla inexplicable en los cálculos de telemetría del computador, los asteroides pasando a toda velocidad alrededor de ellos, la carrera hacia los trajes, la ruptura de la nave y luego el silencio y la luz, esa maravillosa luz que lo envolvía todo ahí afuera.

Miró por la ventana y suspiró. Bajó en silencio y se dirigió hacia Ingeniería, con sus ojos llenos de estrellas y el destino dando vueltas en su pecho como un agujero negro.

Tenía un computador que reprogramar.

Realidad

Tortuga, Dragón y Embustero entraron al bar.

Para llamar la atención, Embustero conjuró una esfera de color azul y la paseó por el abarrotado local. Ascendió y descendió entre las mesas y sillas, y jugueteó con el humo del apestoso tabaco que se daba en aquella zona pero nada, ellos no existían.

  • Atención, gentes de Tyrian – dijo Tortuga mientras realizaba un floreo – La compañía del Noreste acaba de arribar a vuestro pueblo. Nos sentaremos en aquella mesa del fondo y esperaremos que se acerquen a contarnos sus problemas. Tarifa diferenciada para quien nos invite una cerveza.

Dicho esto, se dirigieron al lugar en cuestión, donde ocuparon una mesa redonda pequeña. Dragón, que era irrisoriamente alto, daba la impresión de estar sentado junto a dos niños.

Esperaron fumando sus pipas. “El trabajo llegará hoy”, se decían en voz baja. El negocio había estado malo desde el comienzo de la guerra, así que les daba lo mismo si les pedían acompañar una caravana, rescatar doncellas o ajusticiar a alguien, mientras se les pagara en buen oro.

Se alegraron al ver un grupo de hombres caminando hacia ellos. Sin embargo, al reconocer el rostro del que lideraba la comitiva se les paralizó el corazón.

  • Enric- atinó a decir Embustero.

  • Imposible – murmuró Dragón, estupefacto– Está muerto. Tortuga lo mató de un flechazo en el ojo.

La mujer se levantó con la velocidad del rayo y cargó dos flechas en su arco. El hombre, que llevaba un vistoso parche en el ojo izquierdo, levantó su mano y dijo con voz firme.

  • No.

Tortuga quedó paralizada. “¡Maldición!”, gritó mentalmente, “¡Mil millones de maldiciones! ¡Malditos sean todos los magos!”

Embustero y Dragón salieron del estupor y reaccionaron como equipo. El gigante tomó la mesa y la usó de escudo, mientras Embustero murmuraba palabras al mover a sus manos.

Un jalón poderoso e invisible arrebató la mesa de las manos del guerrero, la que fue a chocar con otros objetos del bar, ahora vacío.

  • Muy bien, equipucho. Me asaltaron, me dejaron tuerto y escaparon con la corona de Hespie. Debería aplaudirlos en vez de matarlos.

  • Me parece una buena idea – dijo Dragón con voz cavernosa – Apláudenos y luego márchate.

El tuerto hizo un gesto con la mano, y la tenue luz celeste que se reunía entre las palmas de Embustero se deshizo como humo.

  • Eso no lo necesitarás- dijo Enric – así que no te desgastes.

El hombre hizo una mueca de resignación.

  • Tenía que intentarlo.

  • Lo se. Ahora, ¿cómo quieren morir?

  • No queremos – respondió Dragón y sacó su espada larga – y tú tampoco, así que vete antes que haga un truco de magia contigo y te divida en dos.

  • Es una buena propuesta – Dicho eso, levantó la otra mano y paralizó a los hombres – Mi estimada señorita Tortuga. Si fuese tan amable…

A un gesto de la mano que la controlaba, la mujer se volteó lentamente y apuntó a sus compañeros y amigos de toda la vida.

  • No – rogaba entre sollozos -No… por favor…

  • Ahora – dijo el mago.

Sonó el tañido de la cuerda al soltar la tensión y una flecha atravesó el cráneo de Dragón y la otra se enterró en el estómago de Embustero. El guerrero la miró con ojos inexpresivos durante unos segundos antes de perder todo interés en este mundo material y el joven mago aulló de dolor. La mujer estalló en llanto y de rodillas abrazó el cuerpo de su gigantesco amigo.

El tuerto sonrió y se retiró del lugar, seguido por sus discípulos. Al salir, chasqueó los dedos y en cosa de minutos el edificio estuvo envuelto en llamas. Con el fuego como telón de fondo, Enric declaró en voz alta a quien quisiera escucharlo.

  • No hay héroe bueno si está muerto.

Liberación

Y así fue como voló por el mar.

No sobre las olas como los peces voladores, sino que por abajo como las mantarrayas. Brazos abiertos y ojos cerrados, deslizándose suavemente bajo la superficie, siguiendo las corrientes oceánicas con la claridad de los peces que viven ahí.

No había memoria en ella durante ese instante, ni de la caída mortífera ni de la gente que la había arrojado desde la superficie. Ahora, era una entidad más que recorría esas carreteras submarinas en busca de la ansiada paz, esa que todos añoramos desde el momento en que nacemos.

Moriría, si. Dentro de pocos minutos. Pero mientras le quedara algo de vida la usaría para viajar por el reino que está vedado a los humanos.

Sintió la corriente de agua fría tomar su espalda y llevarla hacia las profundidades de las cuales no saldría nunca más. ¿Asesinato? La intención había sido esa, pero ella se lo estaba tomando desde la perspectiva de que una vida de miedos no era vida. Casi le estaban haciendo un favor.

¿Debería agradecerles? Quizás. Si se liberaba de las cadenas de lo carnal y el mar le daba permiso para abandonar su reino, viajaría tierra adentro hacia los bosques alrededor de la montaña, y buscaría a las personas que no habían entendido que su patriarca podía amar más a una joven como ella que a la gastada y aburrida señora que tenía durante tantos años.

Desde las aguas cada vez más oscuras y frías le parecía algo tan infantil, tan mínimo el estar preocupado de quién le pertenece a quién. En aquel reinado vasto, pesado, profundo e infinito, todo era silencio atemporal. Un segundo valía lo mismo que un millón de años, suspendida en aquel trance de agua.

Descendió más aún y respiró agua, que entró a su cuerpo y luchó por las venas y arterias para expulsar a la sangre de sus conductos. Pensó que se ahogaría y que el dolor sería insoportable, pero no fue así. Al contrario, se sintió más líquida, más libre, más pez que lo que su conciencia le dictaba.

En ese momento entendió que algo raro pasaba.

No quiso mirar su cuerpo. No quería encontrar que no tenía manos ni pies sino aletas, y que su conciencia no era la de un ser de la superficie sino uno acuático.

¿Habría sido raptada y ahora la devolvían? ¿Era un sueño lo del amorío de su señor por ella?

¿O era simplemente una mascota con conciencia prestada?

“No voy a mirarme”, se respondió. Prefiero morir cómo lo que creo que soy y no vivir como otra cosa que desconozco.

Pero no murió. Ni en ese momento y al siguiente. Respiró profundamente y el agua la abrazó. Había mucho amor en ese roce.

“¿Soy un pez?”

Abrió los ojos. Tenía brazos y piernas. Sonrió, y con esa sonrisa cayó hasta el fondo del mar, en paz. Ahora esperaría audiencia con quien correspondiera, porque tenía una visita pendiente que realizar.

La criatura

Ella corría bajo la lluvia nocturna.

Empapada hasta lo imposible, sus pies se doblaban del cansancio y de intentar que no se le salieran sus zapatos.

Atrás dejaba al amor de su vida, que yacía muerto en el auto. Ahora luchaba por su propia existencia. Se tomaba el chal con una mano, la otra dispuesta a agitarla a la primera luz que apareciera por la carretera para salvarla.

Dos focos en movimiento era todo lo que pedía. El sonido familiar de un motor de auto. El calor de la luz.

Entre medio de los árboles que rodeaban la carretera, la criatura apareció. Era una sombra inmensa, de más de diez metros de alto y de apariencia humanoide. Apartó con sus brazos los árboles y cayó en el pavimento. La mujer gritó y la sombra realizó una imitación burda de su grito, pero nada salió de su boca negra. Dio tres grandes zancadas y estuvo sobre ella.

La mujer cayó de espaldas sobre el cemento y se arrastró sin quitarle la vista a eso que se alzaba como un golem de oscuridad. La criatura levantó ambas mano para darle un golpe demoledor.

Dos luces aparecieron en el camino. Los rayos golpearon el cuerpo de la entidad y esta se retorció en dolor mudo. Ahí donde entraron los haces, ahí se intentó tapar inútilmente. La mujer se dio vuelta para hacer parar al vehículo y que no la atropellaran.

Al verla surgir de la nada, el vehículo casi vuelca al intentar esquivarla, y en la confusión la mujer vio escapar a la criatura por el mismo sendero por el que la había perseguido. Ella corrió donde los conductores y les explicó lo que pudo: el accidente, su marido herido gravemente y ella corriendo para pedir ayuda en medio de aquella tormenta. ¿Que otra cosa podía contarles que fuera medianamente creíble?

La pareja que viajaba en el auto la dejó subir y fueron a buscar a su marido mientras llamaban a emergencias. La sorpresa la tuvieron cuando llegaron hasta el sitio del suceso. El vehículo supuestamente siniestrado estaba en perfecto estado. El conductor estaba muerto, sí, pero por un balazo en la cabeza. Del lado del copiloto estaba la puerta abierta, el lado por donde ella supuestamente había huido.

La mujer entró al auto y abrazó al hombre que mantenía los ojos abiertos en un gesto de perpetua sorpresa. Ella le habló diciéndole que había llegado la ayuda, que resistiera, que el monstruo no volvería mientras hubiera luz alrededor.

El hombre no le respondió nada.

II

La encontraron culpable de homicidio. El arma estaba a pocos metros del auto, con sus huellas digitales repartidas por toda la superficie. Ella no se defendió. ¿Qué posibilidades tenían de creerle que el monstruo lo había matado y que ella usó el arma de su esposo para intentar salvar su propia vida? ¿Qué esa cosa estaba ahí, en ese preciso momento, escuchando el juicio desde las esquinas oscuras de la corte, esperando un momento de descuido para apoderarse de ella y llevársela a quizás qué reino desde donde había surgido aquella noche?

No, no podía decirlo. No era necesario.

Los peritos la declararon mentalmente perturbada, y la recluyeron en un psiquiátrico. Le dieron pastillas que se tomó sumisamente. Desde su ventana podía ver el jardín y sus alrededores, y en poco tiempo se hizo de amigos dado su carácter afable.

Sin embargo, cada vez que observaba su reflejo en alguna superficie, era el monstruo quién le devolvía la mirada. En el fondo se parecían tanto…

Sabía que volvería a aparecer en algún momento, y cuando lo hiciera, morirían todos.

El brazo

La inmensa bodega del barco estaba llena de hombres de rostros hoscos y sucios. Tres semanas en el mar encerrados en una inmensa lata de sardinas le quitan la decencia hasta el más pulcro de los soldados.

El silencio pesaba sobre todos ellos, haciendo que las conversaciones apenas pasaran de algunos murmullos entre la gente que se arrimaba a las hogueras. El ánimo no era festivo, ni tampoco existían ganas de que así fuera.

Repartidos por aquí y por allá se podían ver unos puntos rojos que delataban la ilegal actividad del fumar, aquella que ningún comandante se molestaría en sancionar. Entre los infractores se encontraba un capitán de escuadrón y su sargento.

Observaron a los distantes fogones y el espacio negro circundante donde aparecían brevemente esas estrellas rojas. Cuando el sargento habló, su voz sonó como el graznido contrahecho de un cuervo.

  • ¿Cómo sucedió?

El capitán pareció ignorarlo un rato. Luego miró su brazo de bronce y adquirió una expresión melancólica.

  • Sucedió en la tarde posterior a mi operación. Recuerdo que lo acariciaba, palpando cada detalle, sus placas superpuestas, la sensación del metal pulido. Al ponerlo al sol se iluminó toda la casa.

“Mi madre me pidió que flexionara los dedos, y la sensación fue tan extraña. Con sólo pensarlo, la muñeca respondió inmediatamente y luego lo hicieron las articulaciones de los dedos. Roté la muñeca y esta giró en redondo. Me acuerdo que nos reímos de la sorpresa.”

  • ¿Y los guardias…?

El joven aspiró una gran carga de humo y continuó hablando.

  • Me levanté y caminé por todos lados probando su funcionamiento. Tomé jarrones, toqué la pared, los cuadros, abrí cajones y en uno de ellos encontré un camafeo con las imágenes de mis padres. En el momento que decidí conservarlo, se abrió un habitáculo secreto en una parte del brazo y lo deposité ahí. Quedé impresionado en ese momento.

  • Entonces aparecieron los guardias.

  • Si.

Su rostro se mantenía taciturno. “Fue espantoso”, musitó. Se quedó largo rato en silencio hasta que el sargento carraspeó.

  • ¿Puedo… verlo…?

El joven suspiró.

Como si se tratase de magia, su mano de bronce se transformó en una sierra circular que giró a altísima velocidad, produciendo un zumbido semejante a un panal de avispas furiosas. Momentos después, la detuvo y esta volvió a su forma original.

  • Yo sólo quería defendernos. Ellos entraron a la fuerza y esto salió de improviso y la usé… me acuerdo de los chillidos de esos hombres y de su sangre y tripas repartidas por toda la casa… mamá gritaba mientras yo los remataba en el suelo.

Se quedaron en silencio. El barco escoró más de la cuenta y el sonido de acero puesto en tensión se paseó por la bodega.

  • Eres un héroe.

  • Eso dicen- y negó con la cabeza -No es verdad. Yo no sabía lo que estaba haciendo; simplemente me volví loco y maté a esos tipos. Quizás ni siquiera venían a buscarnos y sólo andaban detrás de mi padre…

  • Pero la gente piensa que lo eres, por eso te siguen, y yo también. – El sargento tocó con cautela el brazo del capitán.

  • Mi padre es un héroe. Él me amputó el brazo y me colocó esto. Me dijo que era para cuidarnos. Luego de la operación se fue sin decirme nada, ni una palabra de amor o esperanza, nada al hijo que vería por última vez.

  • Tu padre también es un héroe, entonces.

  • Si. Parece que esta guerra está llena de ellos.

Dio un último pitido y apagó el cigarro usando el pulgar y el índice de su mano de metal, dando la conversación por acabada. El barco se bamboleó con inusitada fuerza, y el capitán imaginó lo duro que debía estar el clima afuera.

En medio de la noche, el convoy avanzaba a todo vapor bajo el furioso azote de esa tormenta hacia las islas británicas, madre patria que estaba a punto de recibir un cargamento de venganza.

En tránsito

El camión dio un tumbo, generando el reclamo de las prisioneras.

Una de ellas, cabizbaja, murmuró.

  • ¿Y estos trajes de plomo no nos harán mal?

Un resoplido burlón de otra mujer sentada en la banca frontal, a varios puestos de distancia, fue la única respuesta que recibió.

Se calló. La situación ya era terrible como para ponerse a discutir. Comparado con el resto de sus compañeras, ella se veía mucho más joven, empinándose con suerte a los treinta años. Tenía el corazón apretado de la angustia y estaba sola en aquel lugar. Las mujeres que la acompañaban no contaban para nada.

  • No les hagas caso – dijo sorpresivamente la mujer sentada a su costado izquierdo. Era de raza negra, pelo corto rizado y facciones amables. Su edad era difícil de determinar, pero parecía ser mayor de cuarenta, incluso podría tener cincuenta años y no hubiera extrañado. Esta mujer le dedicó una sonrisa, y la joven se la correspondió.

  • No les hago caso – respondió. Se sumió en el silencio y una lágrima cayó por su mejilla. Para su sorpresa, la mujer se la secó.

  • ¿Qué te pasó? ¿Cómo fue que caíste acá?

Dudó por un momento hablar con la extraña. Sin embargo, no había nadie más con quién compartir lo que había pasado.

  • Me equivoqué…- comenzó diciendo, pero no continuó la frase.

  • ¿Con qué te equivocaste?

  • Con mi marido – dijo al fin – Me equivoqué al contarle a él.

Luego de un breve silencio continuó.

  • Tenía la sospecha de estar contaminada cuando comenzó a caerse mi pelo a puñados. Un día estaba peinándome frente al espejo…- su voz se ahogó y retomó la conversación con un hilo de voz – y toda una mata de pelo quedó ahí, en el peine.

La mujer a su lado asintió.

  • Le pedí a una amiga que trabaja en una compañía farmacéutica si podía conseguirme un test de detección, y lo hizo. Me apliqué la dosis y cuando salió positivo me apliqué la contramuestra de inmediato. Pasé el resto del día revisando todo lo que podía estar mal. Una se niega a aceptar la verdad, ¿sabes? Pensé que podía ser error de procedimiento mío, revisé todos los papeles buscando una contraindicación, algo que me diera esperanza… – La joven calló y la mujer le acarició el brazo.

  • Me alejé inmediatamente de mi marido, no quería contaminarlo. Lo esquivaba cuando me buscaba, andaba hosca y siempre con gorro. Tenía miedo hasta de ducharme, porque pensaba que el agua de la ducha me iba a sacar el pelo que me quedaba. Él no entendía que me pasaba y yo no me atrevía a decirle. Varias veces me preguntó y yo siempre nada, nada, no me pasa nada…

  • ¿Y le dijiste en algún momento?

  • Si, a las tres semanas. Hice una cena para nosotros, me arreglé lo mejor que pude. Estaba temblando de miedo, pero hice la mejor comida de mi vida. Nos alegramos esa noche, reímos… fue un buen momento. Luego pasamos al sillón y mientras me acariciaba me preguntó nuevamente que pasaba. Entonces le conté.

La joven quedó mirando el suelo con expresión ausente.

  • ¿Y?

  • Me traicionó. Apenas dije que estaba contaminada con radioactividad él… él…

  • El se asustó. Lo se niña.

  • Pero yo confiaba en él… -, dijo entre sollozos. Su cara se agrietó y las lágrimas la interrumpieron a tropel. Intentó continuar hablando pero sólo le salió un balbuceo triste y acabado.

La compañera colocó un brazo alrededor de sus hombros y la joven se derrumbo sobre su pecho. Lloró sin consuelo posible, y el resto de las presentes se miraron entre sí. Una comenzó a sollozar también, pero las acompañantes le apretaron la mano, para que esto no se convirtiera en una cadena de llantos incontrolables.

  • Shhh. Shhh… ya mi niña, ya pasó. – susurró la mujer mientras le hacía cariño en la cara. La joven paulatinamente recuperó la calma

  • Lo siento, es que me da mucha pena – dijo al fin.

  • Lo se. Todas lo tenemos – habló la mujer con voz tranquilizadora.

  • No esperaba que me echara de la casa.

  • ¿Te sacó?

  • Si – comenzó a tiritar su barbilla, pero se controló – Tomó algunas cosas mías, les metió en una maleta y la lanzó al pasillo. Luego me tomó por la muñeca y me sacó del departamento.

  • No puede ser – dijo la mujer con tono de asombro.

  • Me arrojó fuera del departamento y cambió de inmediato la clave de acceso. Coloqué todos mis dedos y ninguno sirvió. Lloré y grité su nombre, patee la maldita puerta y nada… lo podía escuchar llorando del otro lado, pero el muy maldito no me abrió.

El resto de las presentes escuchaba ahora en un respetuoso silencio. Nadie se atrevía a preguntar que había pasado después. La joven continúo su relato.

  • Me fui con mi maleta a un hotel. No se cómo supo donde estaba, pero a la mañana siguiente llegó una patrulla de recolección, me sacaron de ahí y me llevaron al centro más cercano. Esa es mi historia. ¿Y tu?

La mujer la observó un rato antes de comenzar a hablar.

– Cuando sospeché que estaba contaminada, fui a hacerme los exámenes. En cuanto supe el resultado, arreglé unos asuntos y me presenté voluntariamente al centro de recolección.

  • ¿Estás loca? – exclamó la joven.

  • No – dijo con calma – sólo me preocupé de proteger a mis seres queridos. Tengo una hija, y quiero que crezca sana y libre que tenga una vida plena y se acuerde con cariño de su madre.

  • ¿Qué edad tiene?

  • Seis años.

  • Es pequeña – La joven había retomado el control – ¿Y qué le dijiste?

  • Le dije… – y la mujer suspiró. Por un momento pareció quebrarse, pero de sus ojos húmedos no cayó ni una sola lágrima – que se iba a quedar un tiempo en la casa de su tía, al norte, donde se iba a divertir mucho, que yo tenía que hacer un viaje… y que la amaba sobre todas las cosas.

  • Pero… no volverás. Es decir, no volveremos.

La mujer asintió.

“¡Ahí está!”. Ese grito rompió el momento de intimidad en el que se habían sumergido.

Todas se lanzaron a mirar por las estrechas rendijas horizontales que tenía el vehículo, y lo que vieron fue el Desatomizador, la gigantesca fábrica que era su última parada. La construcción era un engendro de metal y concreto lleno de tubos anchos y enormes que surcaban sus paredes desde un punto a otro, dando la impresión de estar en una constante pose de autodevoración. Las ventanas se iluminaban con destellos interiores de una luz celeste poco prometedora.

El vehículo se detuvo en la portería, protegida con una alambrada electrificada. El corazón de todas se paralizó: algo en aquel aire altamente ionizado olía a muerte. Desde la entrada hasta el lugar de desembarco fue un trayecto corto.

Abrieron las puertas para encontrarse con un torrente de luz sobre sus caras. Unos seres vestidos con trajes antirradiación las sacaron de ahí con pocos modales. Las mujeres fueron colocadas en fila sobre la loza de cemento. Ahí, la joven pudo dimensionar lo inmenso que era el sitio donde se encontraban.

El espacio interior debía tener al menos 15 pisos de alto, y donde se estacionó el vehículo podría perfectamente albergar al menos otras tres decenas de camionetas iguales una al lado de la otra.

Las hicieron caminar en fila por unas estrechas escalinatas que estaban adosadas a las paredes de impoluto concreto. Mientras lo hacía, la mente de la joven comenzó a hacerse preguntas a toda velocidad.

¿Qué era eso en realidad? ¿Una cámara de sacrificio, una de desintoxicación o aún algo peor? ¿Una planta faenadora? ¿Podría ser que ellas eran simplemente combustible y que este edificio no fuera otra cosas que una inmensa planta nuclear?

¿Y por qué no habían hombres entre los reclusos?

Pensó en comentarle eso a su reciente amiga, pero se percató que llevaba los ojos fijos en el suelo. Supuso que estaba pensando en su hija, haciendo recuerdos en estos últimos momentos. Decidió no molestarla con sus teorías porque, aunque alguna fuera cierta ¿de qué servían en este momento? ¿Escaparía para contarle al mundo sus conjeturas? Eso era lo más ridículo que se le podía ocurrir ahora.

Entonces entró el terror que provee el instinto de supervivencia. No quería morir.

Era cierto que estaban contaminadas con radiación. Y no había sido su voluntad: luego del maldito accidente años atrás donde las plantas nucleares vertieron sus residuos al agua potable, miles de personas se reportaban cada mes con niveles de radiación mortales. Si alguien quedaba contaminado, no había nada que hacer con la medicina tradicional, pero aún podían contaminar a las personas cercanas a ella por exposición pasiva.

El gobierno anunció que todas las contaminadas debían acudir a los centros de reclusión adaptados para ellos. Desde ese momento en adelante se llevó un proceso de purga, donde miles de mujeres fueron denunciadas y llevadas en contra de su voluntad, mientras que algunas pocas se presentaban por sí mismas.

Y hasta donde sabía, ningún hombre había sido encerrado.

Luego de caminar un rato por el estrecho pasillo metálico, observaron el final del camino: la sala de purificación. Era un enorme recinto circular bajo techo, en cuyo centro se observaba un conjunto de relucientes tubos que descendían hacia el piso y a los cuales ingresaban las mujeres, una a la vez. Desde ahí surgían los destellos de luz azulada que se fugaban por las ventanas superiores.

Bajaron una escalinata y enfrentaron los cien metros finales escoltadas por personas vestidas con trajes aislantes amarillos y máscaras semejantes a cabezas de mosca, quienes portaban picanas eléctricas al cinto. Dentro de ella surgió el grito de “¡Revolución!”, pero mientras avanzaba paso a paso, se dio cuenta que ni ella ni nadie más iba a gritar por su libertad. Maldijo profundamente vivir en una sociedad ordenada y respetuosa de las normas, las cuales las llevaban como ganado al matadero, o quizás como limones al exprimidor.

¿Realmente moriría? Podría ser que en el fondo la limpiaran y luego…

Luego nada. Ninguna de las conocidas que partía a este proceso había vuelto.

Entre medio de todo su terror, le llamó notablemente la atención de que nadie gritara nada, que nadie siquiera colocaba cara de desesperación. Ella misma sufría de una especie de disociación entre una parte muy calmada y otra chillaba de miedo. La segunda le parecía más lógica, pero la primera ¿por qué?

Se conocía lo suficientemente bien como para saber que no reaccionaba así cuando se asustaba. Su comportamiento le estaba siendo ajeno.

Les había dado algo, de seguro. ¿O sería el aire? ¿Un tranquilizante aeróbico? ¿Por eso sus escoltas usaban máscaras?

“No importa”, escuchó en su cabeza. “Mis pensamientos no importan. Sólo quiero paz y que esto acabe de una vez por todas”.

Le hizo caso. No había nada que hacer.

En los últimos metros el pelo se le erizó dada la electricidad estática, y un cosquilleo le recorrió la piel. Frente a ellas, una porción del tubo de metal brillante se descorría para revelar un estrecho espacio interior donde cabía una silla y poco más. Las mujeres ingresaban de a una, se cerraba el compartimiento y luego de un breve zumbido, se habría nuevamente, con la silla vacía.

Su amiga enfilaba a su misma altura en la fila del lado. Se dedicaron una mirada final, transmitiendo sentimientos y pesares que nunca tendrían la oportunidad de comunicar.

Era su turno. Observó su cuerpo reflejado sobre la superficie de metal,y era difuso, y menudo. No había terminado de captar todos los detalles cuando se abrió la cabina y apareció frente a ella la silla. Se resistió. No quería entrar, no iba a entrar.

Sintió un empujón en su costado izquierdo. Uno de los guardianes la golpeó levemente con el bastón, sin propinarle una descarga. Pero ella no se movió.

¡Iba a pelear por su vida! ¡Aunque fuera una pelea inútil, aunque durara cinco minutos o cinco segundos, sería su último grito de vida! ¡No les haría fácil esto, aunque la hubiesen drogado. No…!

Observó a su amiga entrar con calma al receptáculo. Antes de sentarse, le dedicó un leve movimiento de cabeza afirmativo.

Y entendió lo que le quería decir. No importando lo que sucediese ahora, al menos no estaba sola.

Se resignó y entró al tubo. Respiró profundamente, escuchó su corazón bombeando sangre a toda velocidad, sus oídos abombados, la garganta seca, los ojos húmedos, las mejillas mojadas. Estaba completamente viva. Se sentó en la silla metálica semi inclinada y miró hacia afuera. Desde esa posición, parecía más una silla de viaje espacial. Resultó ser sorprendentemente cómoda, aunque fría.

Quizás estuviera equivocada. Quizás fueran realmente a un viaje a otro lugar donde no volvían más. En todo ese rato no habían escuchado ningún grito de las otras mujeres que las antecedían.

Entonces se cerró la cápsula y todo quedó en silencio y oscuridad. Luego de unos segundos, comenzó a sentir una sensación eléctrica que trepaba por toda su piel. Observó hacia arriba y notó que un fulgor celeste comenzaba a formarse sobre su cabeza.

Las cápsulas eran a prueba de ruido. Nunca supieron si la otra sufrió.

Leyendas

El cuerpo ascendía hacia la superficie arrastrado por las corrientes. Bajo él, a casi un kilómetro de profundidad, estaba la ciudad donde le habían quitado la vida.

Ni siquiera le dieron el derecho a una muerte digna. En un juicio público lo despojaron de su rango y tierras, lo ataron a un poste y frente a todos le molieron la espalda a latigazos.

No se comportó heroicamente; gritó cada latigazo. Su mujer tapó los ojos de sus dos pequeñas hijas, pero no pudo además taparles los oídos. Ella misma estuvo a punto de desmayarse un par de veces, pero los guardias la sostuvieron y la obligaron a quedarse.

Cuando el hombre finalmente se desvaneció, lo desamarraron y subieron al carromato. El ejecutor, un viejo desgarbado, tiró de las riendas y emprendió el largo y solitario viaje hacia el límite del reino: el desolado paraje del muro exterior.

Al llegar a destino, arrastró con dificultad al moribundo fuera del carro y lo apoyó directamente sobre la pared traslúcida. Desde el otro lado, algo golpeó el grueso vidrio y se refregó contra él.

El viejo retornó a su carro y exigió al caballo moverse lo más rápido posible. Llegando a la frontera con el muro interior, escuchó el chasquido que anunciaba la inundación. Antes se daba vuelta para ver el extraño espectáculo del agua inundando el territorio baldío y contemplar las siluetas de bestias marinas moviéndose a sus anchas sobre los cuerpos abandonados entre ruinas plomizas. Ese día en particular no andaba con ganas.

Apenas atravesó la frontera entre el muro exterior y el interior, las inmensas puertas del reino se cerraron. Tanto los guardias fronterizos como él respiraron aliviados. Pensó que era demasiado castigo para un pobre diablo que se había vuelto loco investigando sobre los monstruos que habitaban fuera la ciudad. Era verdad que podía ser infeccioso para oídos receptivos y mentes débiles, ¿Pero una condena de muerte sólo por afirmar en público que arriba, más allá de la sagrada oscuridad, había otro mundo? ¿Uno donde el agua era celeste, la luz abundaba todo el día, el aire era infinito y la tierra libre? Eran leyendas tradicionales.

Además era imposible viajar por el agua. Aunque tuvieran el suficiente aire para armar una nave de exploración, ¿cómo sobrevivirían a los enormes monstruos que rondaban sobre ellos? Y aún si lo lograran, ¿quién sabe qué cosas se encontrarían arriba? Las mismas leyendas decían que el mundo del aire estaba poblado por dragones de todos los tamaños y formas, feroces criaturas que se devoraban entre ellas.

El viejo se fue a la casa con reflexiones perezosas. La gente volvió a su vida cotidiana y la ejecución pública se olvidó para la mayoría de los ciudadanos al finalizar el ciclo.

Nunca supieron que el hombre logró en muerte lo que soñó en vida: alcanzó la superficie. Sus ojos apuntaron al cielo azul frente a las costas de un paraje selvático, todo lleno de aire y luz.

El rugido de un dragón de manos cortas y dientes terribles lo saludó al llegar.

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