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Liberación

Y así fue como voló por el mar.

No sobre las olas como los peces voladores, sino que por abajo como las mantarrayas. Brazos abiertos y ojos cerrados, deslizándose suavemente bajo la superficie, siguiendo las corrientes oceánicas con la claridad de los peces que viven ahí.

No había memoria en ella durante ese instante, ni de la caída mortífera ni de la gente que la había arrojado desde la superficie. Ahora, era una entidad más que recorría esas carreteras submarinas en busca de la ansiada paz, esa que todos añoramos desde el momento en que nacemos.

Moriría, si. Dentro de pocos minutos. Pero mientras le quedara algo de vida la usaría para viajar por el reino que está vedado a los humanos.

Sintió la corriente de agua fría tomar su espalda y llevarla hacia las profundidades de las cuales no saldría nunca más. ¿Asesinato? La intención había sido esa, pero ella se lo estaba tomando desde la perspectiva de que una vida de miedos no era vida. Casi le estaban haciendo un favor.

¿Debería agradecerles? Quizás. Si se liberaba de las cadenas de lo carnal y el mar le daba permiso para abandonar su reino, viajaría tierra adentro hacia los bosques alrededor de la montaña, y buscaría a las personas que no habían entendido que su patriarca podía amar más a una joven como ella que a la gastada y aburrida señora que tenía durante tantos años.

Desde las aguas cada vez más oscuras y frías le parecía algo tan infantil, tan mínimo el estar preocupado de quién le pertenece a quién. En aquel reinado vasto, pesado, profundo e infinito, todo era silencio atemporal. Un segundo valía lo mismo que un millón de años, suspendida en aquel trance de agua.

Descendió más aún y respiró agua, que entró a su cuerpo y luchó por las venas y arterias para expulsar a la sangre de sus conductos. Pensó que se ahogaría y que el dolor sería insoportable, pero no fue así. Al contrario, se sintió más líquida, más libre, más pez que lo que su conciencia le dictaba.

En ese momento entendió que algo raro pasaba.

No quiso mirar su cuerpo. No quería encontrar que no tenía manos ni pies sino aletas, y que su conciencia no era la de un ser de la superficie sino uno acuático.

¿Habría sido raptada y ahora la devolvían? ¿Era un sueño lo del amorío de su señor por ella?

¿O era simplemente una mascota con conciencia prestada?

“No voy a mirarme”, se respondió. Prefiero morir cómo lo que creo que soy y no vivir como otra cosa que desconozco.

Pero no murió. Ni en ese momento y al siguiente. Respiró profundamente y el agua la abrazó. Había mucho amor en ese roce.

“¿Soy un pez?”

Abrió los ojos. Tenía brazos y piernas. Sonrió, y con esa sonrisa cayó hasta el fondo del mar, en paz. Ahora esperaría audiencia con quien correspondiera, porque tenía una visita pendiente que realizar.

La criatura

Ella corría bajo la lluvia nocturna.

Empapada hasta lo imposible, sus pies se doblaban del cansancio y de intentar que no se le salieran sus zapatos.

Atrás dejaba al amor de su vida, que yacía muerto en el auto. Ahora luchaba por su propia existencia. Se tomaba el chal con una mano, la otra dispuesta a agitarla a la primera luz que apareciera por la carretera para salvarla.

Dos focos en movimiento era todo lo que pedía. El sonido familiar de un motor de auto. El calor de la luz.

Entre medio de los árboles que rodeaban la carretera, la criatura apareció. Era una sombra inmensa, de más de diez metros de alto y de apariencia humanoide. Apartó con sus brazos los árboles y cayó en el pavimento. La mujer gritó y la sombra realizó una imitación burda de su grito, pero nada salió de su boca negra. Dio tres grandes zancadas y estuvo sobre ella.

La mujer cayó de espaldas sobre el cemento y se arrastró sin quitarle la vista a eso que se alzaba como un golem de oscuridad. La criatura levantó ambas mano para darle un golpe demoledor.

Dos luces aparecieron en el camino. Los rayos golpearon el cuerpo de la entidad y esta se retorció en dolor mudo. Ahí donde entraron los haces, ahí se intentó tapar inútilmente. La mujer se dio vuelta para hacer parar al vehículo y que no la atropellaran.

Al verla surgir de la nada, el vehículo casi vuelca al intentar esquivarla, y en la confusión la mujer vio escapar a la criatura por el mismo sendero por el que la había perseguido. Ella corrió donde los conductores y les explicó lo que pudo: el accidente, su marido herido gravemente y ella corriendo para pedir ayuda en medio de aquella tormenta. ¿Que otra cosa podía contarles que fuera medianamente creíble?

La pareja que viajaba en el auto la dejó subir y fueron a buscar a su marido mientras llamaban a emergencias. La sorpresa la tuvieron cuando llegaron hasta el sitio del suceso. El vehículo supuestamente siniestrado estaba en perfecto estado. El conductor estaba muerto, sí, pero por un balazo en la cabeza. Del lado del copiloto estaba la puerta abierta, el lado por donde ella supuestamente había huido.

La mujer entró al auto y abrazó al hombre que mantenía los ojos abiertos en un gesto de perpetua sorpresa. Ella le habló diciéndole que había llegado la ayuda, que resistiera, que el monstruo no volvería mientras hubiera luz alrededor.

El hombre no le respondió nada.

II

La encontraron culpable de homicidio. El arma estaba a pocos metros del auto, con sus huellas digitales repartidas por toda la superficie. Ella no se defendió. ¿Qué posibilidades tenían de creerle que el monstruo lo había matado y que ella usó el arma de su esposo para intentar salvar su propia vida? ¿Qué esa cosa estaba ahí, en ese preciso momento, escuchando el juicio desde las esquinas oscuras de la corte, esperando un momento de descuido para apoderarse de ella y llevársela a quizás qué reino desde donde había surgido aquella noche?

No, no podía decirlo. No era necesario.

Los peritos la declararon mentalmente perturbada, y la recluyeron en un psiquiátrico. Le dieron pastillas que se tomó sumisamente. Desde su ventana podía ver el jardín y sus alrededores, y en poco tiempo se hizo de amigos dado su carácter afable.

Sin embargo, cada vez que observaba su reflejo en alguna superficie, era el monstruo quién le devolvía la mirada. En el fondo se parecían tanto…

Sabía que volvería a aparecer en algún momento, y cuando lo hiciera, morirían todos.

El brazo

La inmensa bodega del barco estaba llena de hombres de rostros hoscos y sucios. Tres semanas en el mar encerrados en una inmensa lata de sardinas le quitan la decencia hasta el más pulcro de los soldados.

El silencio pesaba sobre todos ellos, haciendo que las conversaciones apenas pasaran de algunos murmullos entre la gente que se arrimaba a las hogueras. El ánimo no era festivo, ni tampoco existían ganas de que así fuera.

Repartidos por aquí y por allá se podían ver unos puntos rojos que delataban la ilegal actividad del fumar, aquella que ningún comandante se molestaría en sancionar. Entre los infractores se encontraba un capitán de escuadrón y su sargento.

Observaron a los distantes fogones y el espacio negro circundante donde aparecían brevemente esas estrellas rojas. Cuando el sargento habló, su voz sonó como el graznido contrahecho de un cuervo.

  • ¿Cómo sucedió?

El capitán pareció ignorarlo un rato. Luego miró su brazo de bronce y adquirió una expresión melancólica.

  • Sucedió en la tarde posterior a mi operación. Recuerdo que lo acariciaba, palpando cada detalle, sus placas superpuestas, la sensación del metal pulido. Al ponerlo al sol se iluminó toda la casa.

“Mi madre me pidió que flexionara los dedos, y la sensación fue tan extraña. Con sólo pensarlo, la muñeca respondió inmediatamente y luego lo hicieron las articulaciones de los dedos. Roté la muñeca y esta giró en redondo. Me acuerdo que nos reímos de la sorpresa.”

  • ¿Y los guardias…?

El joven aspiró una gran carga de humo y continuó hablando.

  • Me levanté y caminé por todos lados probando su funcionamiento. Tomé jarrones, toqué la pared, los cuadros, abrí cajones y en uno de ellos encontré un camafeo con las imágenes de mis padres. En el momento que decidí conservarlo, se abrió un habitáculo secreto en una parte del brazo y lo deposité ahí. Quedé impresionado en ese momento.

  • Entonces aparecieron los guardias.

  • Si.

Su rostro se mantenía taciturno. “Fue espantoso”, musitó. Se quedó largo rato en silencio hasta que el sargento carraspeó.

  • ¿Puedo… verlo…?

El joven suspiró.

Como si se tratase de magia, su mano de bronce se transformó en una sierra circular que giró a altísima velocidad, produciendo un zumbido semejante a un panal de avispas furiosas. Momentos después, la detuvo y esta volvió a su forma original.

  • Yo sólo quería defendernos. Ellos entraron a la fuerza y esto salió de improviso y la usé… me acuerdo de los chillidos de esos hombres y de su sangre y tripas repartidas por toda la casa… mamá gritaba mientras yo los remataba en el suelo.

Se quedaron en silencio. El barco escoró más de la cuenta y el sonido de acero puesto en tensión se paseó por la bodega.

  • Eres un héroe.

  • Eso dicen- y negó con la cabeza -No es verdad. Yo no sabía lo que estaba haciendo; simplemente me volví loco y maté a esos tipos. Quizás ni siquiera venían a buscarnos y sólo andaban detrás de mi padre…

  • Pero la gente piensa que lo eres, por eso te siguen, y yo también. – El sargento tocó con cautela el brazo del capitán.

  • Mi padre es un héroe. Él me amputó el brazo y me colocó esto. Me dijo que era para cuidarnos. Luego de la operación se fue sin decirme nada, ni una palabra de amor o esperanza, nada al hijo que vería por última vez.

  • Tu padre también es un héroe, entonces.

  • Si. Parece que esta guerra está llena de ellos.

Dio un último pitido y apagó el cigarro usando el pulgar y el índice de su mano de metal, dando la conversación por acabada. El barco se bamboleó con inusitada fuerza, y el capitán imaginó lo duro que debía estar el clima afuera.

En medio de la noche, el convoy avanzaba a todo vapor bajo el furioso azote de esa tormenta hacia las islas británicas, madre patria que estaba a punto de recibir un cargamento de venganza.

En tránsito

El camión dio un tumbo, generando el reclamo de las prisioneras.

Una de ellas, cabizbaja, murmuró.

  • ¿Y estos trajes de plomo no nos harán mal?

Un resoplido burlón de otra mujer sentada en la banca frontal, a varios puestos de distancia, fue la única respuesta que recibió.

Se calló. La situación ya era terrible como para ponerse a discutir. Comparado con el resto de sus compañeras, ella se veía mucho más joven, empinándose con suerte a los treinta años. Tenía el corazón apretado de la angustia y estaba sola en aquel lugar. Las mujeres que la acompañaban no contaban para nada.

  • No les hagas caso – dijo sorpresivamente la mujer sentada a su costado izquierdo. Era de raza negra, pelo corto rizado y facciones amables. Su edad era difícil de determinar, pero parecía ser mayor de cuarenta, incluso podría tener cincuenta años y no hubiera extrañado. Esta mujer le dedicó una sonrisa, y la joven se la correspondió.

  • No les hago caso – respondió. Se sumió en el silencio y una lágrima cayó por su mejilla. Para su sorpresa, la mujer se la secó.

  • ¿Qué te pasó? ¿Cómo fue que caíste acá?

Dudó por un momento hablar con la extraña. Sin embargo, no había nadie más con quién compartir lo que había pasado.

  • Me equivoqué…- comenzó diciendo, pero no continuó la frase.

  • ¿Con qué te equivocaste?

  • Con mi marido – dijo al fin – Me equivoqué al contarle a él.

Luego de un breve silencio continuó.

  • Tenía la sospecha de estar contaminada cuando comenzó a caerse mi pelo a puñados. Un día estaba peinándome frente al espejo…- su voz se ahogó y retomó la conversación con un hilo de voz – y toda una mata de pelo quedó ahí, en el peine.

La mujer a su lado asintió.

  • Le pedí a una amiga que trabaja en una compañía farmacéutica si podía conseguirme un test de detección, y lo hizo. Me apliqué la dosis y cuando salió positivo me apliqué la contramuestra de inmediato. Pasé el resto del día revisando todo lo que podía estar mal. Una se niega a aceptar la verdad, ¿sabes? Pensé que podía ser error de procedimiento mío, revisé todos los papeles buscando una contraindicación, algo que me diera esperanza… – La joven calló y la mujer le acarició el brazo.

  • Me alejé inmediatamente de mi marido, no quería contaminarlo. Lo esquivaba cuando me buscaba, andaba hosca y siempre con gorro. Tenía miedo hasta de ducharme, porque pensaba que el agua de la ducha me iba a sacar el pelo que me quedaba. Él no entendía que me pasaba y yo no me atrevía a decirle. Varias veces me preguntó y yo siempre nada, nada, no me pasa nada…

  • ¿Y le dijiste en algún momento?

  • Si, a las tres semanas. Hice una cena para nosotros, me arreglé lo mejor que pude. Estaba temblando de miedo, pero hice la mejor comida de mi vida. Nos alegramos esa noche, reímos… fue un buen momento. Luego pasamos al sillón y mientras me acariciaba me preguntó nuevamente que pasaba. Entonces le conté.

La joven quedó mirando el suelo con expresión ausente.

  • ¿Y?

  • Me traicionó. Apenas dije que estaba contaminada con radioactividad él… él…

  • El se asustó. Lo se niña.

  • Pero yo confiaba en él… -, dijo entre sollozos. Su cara se agrietó y las lágrimas la interrumpieron a tropel. Intentó continuar hablando pero sólo le salió un balbuceo triste y acabado.

La compañera colocó un brazo alrededor de sus hombros y la joven se derrumbo sobre su pecho. Lloró sin consuelo posible, y el resto de las presentes se miraron entre sí. Una comenzó a sollozar también, pero las acompañantes le apretaron la mano, para que esto no se convirtiera en una cadena de llantos incontrolables.

  • Shhh. Shhh… ya mi niña, ya pasó. – susurró la mujer mientras le hacía cariño en la cara. La joven paulatinamente recuperó la calma

  • Lo siento, es que me da mucha pena – dijo al fin.

  • Lo se. Todas lo tenemos – habló la mujer con voz tranquilizadora.

  • No esperaba que me echara de la casa.

  • ¿Te sacó?

  • Si – comenzó a tiritar su barbilla, pero se controló – Tomó algunas cosas mías, les metió en una maleta y la lanzó al pasillo. Luego me tomó por la muñeca y me sacó del departamento.

  • No puede ser – dijo la mujer con tono de asombro.

  • Me arrojó fuera del departamento y cambió de inmediato la clave de acceso. Coloqué todos mis dedos y ninguno sirvió. Lloré y grité su nombre, patee la maldita puerta y nada… lo podía escuchar llorando del otro lado, pero el muy maldito no me abrió.

El resto de las presentes escuchaba ahora en un respetuoso silencio. Nadie se atrevía a preguntar que había pasado después. La joven continúo su relato.

  • Me fui con mi maleta a un hotel. No se cómo supo donde estaba, pero a la mañana siguiente llegó una patrulla de recolección, me sacaron de ahí y me llevaron al centro más cercano. Esa es mi historia. ¿Y tu?

La mujer la observó un rato antes de comenzar a hablar.

- Cuando sospeché que estaba contaminada, fui a hacerme los exámenes. En cuanto supe el resultado, arreglé unos asuntos y me presenté voluntariamente al centro de recolección.

  • ¿Estás loca? – exclamó la joven.

  • No – dijo con calma – sólo me preocupé de proteger a mis seres queridos. Tengo una hija, y quiero que crezca sana y libre que tenga una vida plena y se acuerde con cariño de su madre.

  • ¿Qué edad tiene?

  • Seis años.

  • Es pequeña – La joven había retomado el control – ¿Y qué le dijiste?

  • Le dije… – y la mujer suspiró. Por un momento pareció quebrarse, pero de sus ojos húmedos no cayó ni una sola lágrima – que se iba a quedar un tiempo en la casa de su tía, al norte, donde se iba a divertir mucho, que yo tenía que hacer un viaje… y que la amaba sobre todas las cosas.

  • Pero… no volverás. Es decir, no volveremos.

La mujer asintió.

“¡Ahí está!”. Ese grito rompió el momento de intimidad en el que se habían sumergido.

Todas se lanzaron a mirar por las estrechas rendijas horizontales que tenía el vehículo, y lo que vieron fue el Desatomizador, la gigantesca fábrica que era su última parada. La construcción era un engendro de metal y concreto lleno de tubos anchos y enormes que surcaban sus paredes desde un punto a otro, dando la impresión de estar en una constante pose de autodevoración. Las ventanas se iluminaban con destellos interiores de una luz celeste poco prometedora.

El vehículo se detuvo en la portería, protegida con una alambrada electrificada. El corazón de todas se paralizó: algo en aquel aire altamente ionizado olía a muerte. Desde la entrada hasta el lugar de desembarco fue un trayecto corto.

Abrieron las puertas para encontrarse con un torrente de luz sobre sus caras. Unos seres vestidos con trajes antirradiación las sacaron de ahí con pocos modales. Las mujeres fueron colocadas en fila sobre la loza de cemento. Ahí, la joven pudo dimensionar lo inmenso que era el sitio donde se encontraban.

El espacio interior debía tener al menos 15 pisos de alto, y donde se estacionó el vehículo podría perfectamente albergar al menos otras tres decenas de camionetas iguales una al lado de la otra.

Las hicieron caminar en fila por unas estrechas escalinatas que estaban adosadas a las paredes de impoluto concreto. Mientras lo hacía, la mente de la joven comenzó a hacerse preguntas a toda velocidad.

¿Qué era eso en realidad? ¿Una cámara de sacrificio, una de desintoxicación o aún algo peor? ¿Una planta faenadora? ¿Podría ser que ellas eran simplemente combustible y que este edificio no fuera otra cosas que una inmensa planta nuclear?

¿Y por qué no habían hombres entre los reclusos?

Pensó en comentarle eso a su reciente amiga, pero se percató que llevaba los ojos fijos en el suelo. Supuso que estaba pensando en su hija, haciendo recuerdos en estos últimos momentos. Decidió no molestarla con sus teorías porque, aunque alguna fuera cierta ¿de qué servían en este momento? ¿Escaparía para contarle al mundo sus conjeturas? Eso era lo más ridículo que se le podía ocurrir ahora.

Entonces entró el terror que provee el instinto de supervivencia. No quería morir.

Era cierto que estaban contaminadas con radiación. Y no había sido su voluntad: luego del maldito accidente años atrás donde las plantas nucleares vertieron sus residuos al agua potable, miles de personas se reportaban cada mes con niveles de radiación mortales. Si alguien quedaba contaminado, no había nada que hacer con la medicina tradicional, pero aún podían contaminar a las personas cercanas a ella por exposición pasiva.

El gobierno anunció que todas las contaminadas debían acudir a los centros de reclusión adaptados para ellos. Desde ese momento en adelante se llevó un proceso de purga, donde miles de mujeres fueron denunciadas y llevadas en contra de su voluntad, mientras que algunas pocas se presentaban por sí mismas.

Y hasta donde sabía, ningún hombre había sido encerrado.

Luego de caminar un rato por el estrecho pasillo metálico, observaron el final del camino: la sala de purificación. Era un enorme recinto circular bajo techo, en cuyo centro se observaba un conjunto de relucientes tubos que descendían hacia el piso y a los cuales ingresaban las mujeres, una a la vez. Desde ahí surgían los destellos de luz azulada que se fugaban por las ventanas superiores.

Bajaron una escalinata y enfrentaron los cien metros finales escoltadas por personas vestidas con trajes aislantes amarillos y máscaras semejantes a cabezas de mosca, quienes portaban picanas eléctricas al cinto. Dentro de ella surgió el grito de “¡Revolución!”, pero mientras avanzaba paso a paso, se dio cuenta que ni ella ni nadie más iba a gritar por su libertad. Maldijo profundamente vivir en una sociedad ordenada y respetuosa de las normas, las cuales las llevaban como ganado al matadero, o quizás como limones al exprimidor.

¿Realmente moriría? Podría ser que en el fondo la limpiaran y luego…

Luego nada. Ninguna de las conocidas que partía a este proceso había vuelto.

Entre medio de todo su terror, le llamó notablemente la atención de que nadie gritara nada, que nadie siquiera colocaba cara de desesperación. Ella misma sufría de una especie de disociación entre una parte muy calmada y otra chillaba de miedo. La segunda le parecía más lógica, pero la primera ¿por qué?

Se conocía lo suficientemente bien como para saber que no reaccionaba así cuando se asustaba. Su comportamiento le estaba siendo ajeno.

Les había dado algo, de seguro. ¿O sería el aire? ¿Un tranquilizante aeróbico? ¿Por eso sus escoltas usaban máscaras?

“No importa”, escuchó en su cabeza. “Mis pensamientos no importan. Sólo quiero paz y que esto acabe de una vez por todas”.

Le hizo caso. No había nada que hacer.

En los últimos metros el pelo se le erizó dada la electricidad estática, y un cosquilleo le recorrió la piel. Frente a ellas, una porción del tubo de metal brillante se descorría para revelar un estrecho espacio interior donde cabía una silla y poco más. Las mujeres ingresaban de a una, se cerraba el compartimiento y luego de un breve zumbido, se habría nuevamente, con la silla vacía.

Su amiga enfilaba a su misma altura en la fila del lado. Se dedicaron una mirada final, transmitiendo sentimientos y pesares que nunca tendrían la oportunidad de comunicar.

Era su turno. Observó su cuerpo reflejado sobre la superficie de metal,y era difuso, y menudo. No había terminado de captar todos los detalles cuando se abrió la cabina y apareció frente a ella la silla. Se resistió. No quería entrar, no iba a entrar.

Sintió un empujón en su costado izquierdo. Uno de los guardianes la golpeó levemente con el bastón, sin propinarle una descarga. Pero ella no se movió.

¡Iba a pelear por su vida! ¡Aunque fuera una pelea inútil, aunque durara cinco minutos o cinco segundos, sería su último grito de vida! ¡No les haría fácil esto, aunque la hubiesen drogado. No…!

Observó a su amiga entrar con calma al receptáculo. Antes de sentarse, le dedicó un leve movimiento de cabeza afirmativo.

Y entendió lo que le quería decir. No importando lo que sucediese ahora, al menos no estaba sola.

Se resignó y entró al tubo. Respiró profundamente, escuchó su corazón bombeando sangre a toda velocidad, sus oídos abombados, la garganta seca, los ojos húmedos, las mejillas mojadas. Estaba completamente viva. Se sentó en la silla metálica semi inclinada y miró hacia afuera. Desde esa posición, parecía más una silla de viaje espacial. Resultó ser sorprendentemente cómoda, aunque fría.

Quizás estuviera equivocada. Quizás fueran realmente a un viaje a otro lugar donde no volvían más. En todo ese rato no habían escuchado ningún grito de las otras mujeres que las antecedían.

Entonces se cerró la cápsula y todo quedó en silencio y oscuridad. Luego de unos segundos, comenzó a sentir una sensación eléctrica que trepaba por toda su piel. Observó hacia arriba y notó que un fulgor celeste comenzaba a formarse sobre su cabeza.

Las cápsulas eran a prueba de ruido. Nunca supieron si la otra sufrió.

Leyendas

El cuerpo ascendía hacia la superficie arrastrado por las corrientes. Bajo él, a casi un kilómetro de profundidad, estaba la ciudad donde le habían quitado la vida.

Ni siquiera le dieron el derecho a una muerte digna. En un juicio público lo despojaron de su rango y tierras, lo ataron a un poste y frente a todos le molieron la espalda a latigazos.

No se comportó heroicamente; gritó cada latigazo. Su mujer tapó los ojos de sus dos pequeñas hijas, pero no pudo además taparles los oídos. Ella misma estuvo a punto de desmayarse un par de veces, pero los guardias la sostuvieron y la obligaron a quedarse.

Cuando el hombre finalmente se desvaneció, lo desamarraron y subieron al carromato. El ejecutor, un viejo desgarbado, tiró de las riendas y emprendió el largo y solitario viaje hacia el límite del reino: el desolado paraje del muro exterior.

Al llegar a destino, arrastró con dificultad al moribundo fuera del carro y lo apoyó directamente sobre la pared traslúcida. Desde el otro lado, algo golpeó el grueso vidrio y se refregó contra él.

El viejo retornó a su carro y exigió al caballo moverse lo más rápido posible. Llegando a la frontera con el muro interior, escuchó el chasquido que anunciaba la inundación. Antes se daba vuelta para ver el extraño espectáculo del agua inundando el territorio baldío y contemplar las siluetas de bestias marinas moviéndose a sus anchas sobre los cuerpos abandonados entre ruinas plomizas. Ese día en particular no andaba con ganas.

Apenas atravesó la frontera entre el muro exterior y el interior, las inmensas puertas del reino se cerraron. Tanto los guardias fronterizos como él respiraron aliviados. Pensó que era demasiado castigo para un pobre diablo que se había vuelto loco investigando sobre los monstruos que habitaban fuera la ciudad. Era verdad que podía ser infeccioso para oídos receptivos y mentes débiles, ¿Pero una condena de muerte sólo por afirmar en público que arriba, más allá de la sagrada oscuridad, había otro mundo? ¿Uno donde el agua era celeste, la luz abundaba todo el día, el aire era infinito y la tierra libre? Eran leyendas tradicionales.

Además era imposible viajar por el agua. Aunque tuvieran el suficiente aire para armar una nave de exploración, ¿cómo sobrevivirían a los enormes monstruos que rondaban sobre ellos? Y aún si lo lograran, ¿quién sabe qué cosas se encontrarían arriba? Las mismas leyendas decían que el mundo del aire estaba poblado por dragones de todos los tamaños y formas, feroces criaturas que se devoraban entre ellas.

El viejo se fue a la casa con reflexiones perezosas. La gente volvió a su vida cotidiana y la ejecución pública se olvidó para la mayoría de los ciudadanos al finalizar el ciclo.

Nunca supieron que el hombre logró en muerte lo que soñó en vida: alcanzó la superficie. Sus ojos apuntaron al cielo azul frente a las costas de un paraje selvático, todo lleno de aire y luz.

El rugido de un dragón de manos cortas y dientes terribles lo saludó al llegar.

Conciencia de mago

El mago y la bruja habían sido amantes y también compañeros. Habían discutido sobre la vida la muerte y las fuentes de la magia.

El mago, como todos los de su orden, abogaba por el uso de la magia verdadera, la que no necesita de símbolos o signos para ser conjurada sino de visualización, meditación, y una férrea fuerza de voluntad.

La bruja, por su parte, manejaba muy bien todos los ritos wicanos y era experta en pociones, palabras, trazos en el aire y se sabía todos los nombres de los dioses de los elementos, a los que conjuraba en sus hechizos.

Llegó el día en que el mago se retiró a un bosque para reflexionar sobre los misterios de la existencia. En ese periodo, su conciencia ascendía al amanecer junto al vapor del bosque hacia las rendijas de luz que surgían entre los árboles. Su conciencia se suspendía en el tiempo. En la noche viajaba por el universo, sintiendo todo, entendiendo todo.

Encontró lo que buscaba: la Verdad.

Entonces llegaron los emisarios del Alto Orden de los Magos a buscarlo. Lo llevaron al templo y le explicaron la necesidad de redimir a los brujos, adoradores de la mentira y la superchería, y enseñarles la verdadera conciencia: la conciencia de los magos.

Y supo que era justo y necesario. Y se unió a la cacería.

Pporque no sería una mutilación, ni una matanza.Sólo el encuentro con la Verdad. La brujería se llevaba en la sangre y había que sacarla de ahí, para salvar a los brujos y mostrarles la verdadera senda.

Viajó por todo el mundo en esta batalla secreta. Donde encontrara brujos, ahí mismo empezaba la lucha. Algunas veces le lanzaron maleficios, y otras tantas invocaron criaturas que no debieran haber sido traídas nunca a este plano, ni aún dejándolas amarradas a las sombras.

A todos ellos logró redimir.

Y así fue como, después de mucho tiempo y peregrinaje, se encontró nuevamente con ella, la más poderosa: su antigua compañera.

Se juntaron una tarde en la vieja casa del bosque, y tomaron una taza de te. No decían palabra, pero se estudiaban detenidamente como enemigos enconados, buscando el punto débil del otro. Él, lo tenía claro, iba a ganar esta batalla.

  • Es hora – dijo al fin.

  • Ven a buscarme – desafió ella.

  • Así será.

El Mago levantó su mano derecha, y un fulgor de un color imposible la delineó. La bruja buscó apoyo en el muro a su espalda, dispuesta a saltar y atacar como una gata.

El Mago respiró profundo, y la bruja quedó suspendida en el aire con un gesto de asombro y agonía. Un cuerpo extraño se arrastró por el interior de su garganta, y en medio de su frente estallo un pequeño manantial de chispas azules. Los ojos de ella se volvieron blancos, mientras pataleaba débil e inútilmente sobre el suelo.

Él podía ver el enorme pozo negro desde el cual ascendía la joya de la brujería. Lentamente salió a la superficie, y tintineó en la penumbra del cuarto.

Éste era el trofeo final, el objeto más preciado que siempre había querido sacar. Había purificado a la mujer. Con sus cualidades innatas, no tardaría en volverse una maga pura y poderosa.

Tomó el cristal en su frente y lo rompió. En ese momento, algunos trozos se incrustaron en sus yemas, y surgió sangre.

-Esa es mi última venganza – murmuró con voz tranquila la bruja – Ahora, esas astillas infectarán tu sangre, y tu corazón se llenará de brujería.

El rostro del mago se crispó de asombro primero, y luego de pavor, al sentir un cálido y oscuro líquido corriendo por sus venas, como un depredador atacando a su víctima. Sus ojos vislumbraron un destello frente a él, una luz amarilla intensa que abarcaba todo lo que veía. En un rincón inaccesible de su corazón, empezó a anidar la profunda oscuridad.

La bruja, ahora redimida, sintió compasión por la falta de precaución y el exceso de orgullo del mago que lo cegó en ese último instante. Sabía que él sería expulsado de la orden, y mientras el Corazón de Brujo se adueñaba de su mente y de sus actos, sería ella la que tendría que darle caza, y devolverle la paz, esta vez para siempre.

Esa sería su misión, en conciencia.

El reino

 

El Rey se paseó entre las ruinas de lo que alguna vez fuera su fastuosa casa. Ya no quedaban más que muros derruidos y trepados por el verdor. Sus pies pisaban pasto donde alguna vez hubo losas de piedra pulida. Vestía su atuendo real, una larga túnica que era visitada por su barba y cabellera gris. Portaba una corona de oro.

 

Si bien se veía imponente, era un anciano. Tenía su piel arrugada y amarillenta y los ojos caídos con la pena de haber visto derrumbarse su tranquilo y ordenado reino. Ya no había reina, compañera y confidente de incontables noches. Se había ido junto con todo lo bueno que había antes de que llegara el Tiempo, que todo lo arrasa.

 

Hacía frío a la intemperie. Levantó sus ropas para pasar sobre unos escombros de lo que alguna vez fue un muro, y siguió caminando sin rumbo aparente. Quizás buscaba algo, algún trozo de pasado al cuál aferrarse y cuidarlo, o quizás estaba recreando paso a paso los salones y las risas, las comidas y el afecto de quienes habían partido.

 

Después de un rato retornó a lo que ahora era un patio principal, lleno de pasto duro y resistente que crecía moviendo piedras y ampliando las grietas de lo que fuera el suelo del gran salón. Algo resaltaba en el medio de aquel lugar: un trono de piedra blanca labrada con filigranas exquisitas. El anciano se sentó emitiendo un quejido por las molestias de su cuerpo y desde ahí observó, bien derecho, lo que quedaba de su reino. Algunos cuervos curiosos volaron a una distancia prudente, posándose sobre arcadas y pilares que no sostenían nada más que a ellos mismos y el cielo sobre sus cabezas.

 

Una repentina brisa movió las copas de los árboles que crecían equidistantes al trono. Los cuervos movieron sus cabezas adelante y atrás, y en la medida que otros iban llegando desde la foresta cercana, se formó un desagradable coro de graznidos. Las aves ocuparon todo el espacio que había entre las cornisas rotas y las ruinas altas mientras se graznaban entre ellos y al anciano, al que vigilaban con ojos negros como canicas de noche.

 

El anciano meneó su cabeza en señal de asentimiento, y todo a su alrededor se manifestó al unisono. Los árboles bailaron, el viento removió el pasto largo y las aves abrieron sus alas y las agitaron. Ellos eran su nueva corte, sus nuevos y fieles vasallos.

 

Sonriendo, supo que había llegado el momento de comenzar, una vez más, su reinado.

El rey de la noche

- Soy el conquistador de la noche – dijo el ingenuo hombre, mirando la vastedad de las tinieblas.

En su alma sentía que todo aquello le pertenecía; todas y cada una de las luces, sombras y nieblas que colmaban las esquinas del mundo eran suyas. Respiró profundo, satisfecho de su reino.

La noche pasó sobre él sin siquiera darse cuenta de su existencia, y la onda de choque del amanecer lo arrolló. Lo encontraron en la mañana encogido en una esquina de su habitación, lloriqueando y murmurando incoherencias sobre un reinado arrancado de sus manos.

Vocación

  • ¿Usted es taxista, y quiere cambiarse de trabajo?

  • Así es.

El hombre entrelazó las manos y se curvó hacia adelante. Era bajo, regordete y con una calvicie que avanzaba desde el centro de la cabeza. El asesor se preguntó cómo había logrado terminar la carrera de taxista en primer lugar.

  • ¿Qué es lo que lo motiva para semejante cambio? Es uno de los trabajos mejor remunerados y además hace un gran servicio a la comunidad.

  • Si – respondió con inseguridad y se rascó la coronilla – es cierto. Pero el nivel de estrés que genera no se lo puede imaginar.

Su asesor se reclinó en su sillón y cruzó sus brazos.

  • Pero ustedes tiene cursos de psicología social y manejo de estrés en el centro de formación, ¿verdad? Dígame, ¿como le fue?

  • ¡Oh, muy bien! En los ramos teóricos me fue muy bien. Los prácticos me costaban un poco más, pero en general salí dentro de los primeros lugares en mi promoción.

El entrevistador observó la pantalla que se desplegaba frente a él. Fecha de egreso: 2061. Ranking de egreso: 15. Efectivamente estaba dentro de los primeros. Rastreó los resultados de sus test psicológicos y estos daban un perfil óptimo. Sus ojos se movieron sobre los nodos de información hasta encontrar sus registros de eficiencia laboral. Impecable; en las recomendaciones tenía un promedio sobre los 4 puntos en más de cincuenta mil evaluaciones, sobre dos mil intervenciones en crisis exitosas y había cumplido con todos los ascensos en los tiempos recomendados hasta adquirir su nivel actual de A1.

¿Rango A1? Por un momento se desconcentró del análisis y pensó cuanto dinero ganaba ese individuo al año. Sintió una pizca de envidia.

- Efectivamente, sus registros son excelentes. Sin embargo usted no tiene la apariencia esperada para alguien de su nivel. ¿Cómo lo hace?

El hombre pareció encogerse aún más y se rascó la nuca.

- Soy bueno para escuchar, aconsejar, y respetuoso de los tiempos. También soy metódico y ordenado.

- Ya veo. Y usted dice que está estresado.

- Así es.

- ¿Y los talleres de cuidado mental y físico? Los planes de salud y recreación que tienen son estupendos ¿No son suficientes para usted?

- La verdad, no.

Se le notaba. Nunca le había tocado entrevistar a un taxista (en su opinión personal, cambiarse desde este puesto de trabajo a cualquier otra opción era una tontería), pero física y anímicamente era un desastre. Quizás se podía entender por el nivel de importancia de su labor. ¿Se quemarían todos los taxistas de la misma manera?

- Muy bien – suspiró el entrevistador -¿Que quiere hacer, entonces?

Los ojos del hombre se iluminaron.

- Astronomía.

¡Astronomía! ¿Había campo para eso? ¿Le alcanzaría para vivir?

- Siempre he amado las estrellas – prosiguió – y son sólo dos años más de estudio, una vez convalide los ramos de taxista.

- ¿Está seguro? Cómo su asesor designado tengo que decirle que el cambio es, por lo menos, desventajoso en lo económico y social.

- Si, pero ya tengo más dinero del que voy a necesitar jamás. Como le dije, soy ordenado, y mi familia también. Además, las estrellas son el amor de mi vida.

El entrevistador refunfuño durante un rato. Miró los datos y se acomodó sus lentes (un gusto puramente estético) mientras tomaba una decisión.

- Está bien. Voy a autorizar su cambio hacia Astronomía. Permítame decirle que me parece un despropósito, pero no tengo ningún antecedente concreto para negarle su petición.

El hombre se puso de pie con una sonrisa y le estrechó la mano. Transmitía afectividad sincera.

- Gracias, muchas gracias, se lo agradezco tanto.

- De nada. Esto va en contra de mi buen juicio, pero si lo hace feliz…

- Si, enormemente. Muchas gracias.

- No hay de qué. Suerte en su nuevo camino.

Cuando la habitación quedó en silencio, el asesor comenzó a redactar su informe.

“Que desperdicio”, pensaba. “Si trabajaba tan bien como ese apretón de manos, me habría encantado viajar con él.”

- Bueno – se respondió en voz alta – Eso es vocación.

La rabia

Afuera del departamento se escuchaban gritos. Se abrió la puerta y un regordete niño de diez años, cuya tez pálida estaba lívida de rabia, salió intempestivamente al pasillo.

  • ¡Y vas de inmediato, flojo de mierda, y te quiero de vuelta acá apenas compres el pan! ¡Nada de quedarte conversando con la señorita Laida! – se escuchó desde adentro.

El chico cerró con un portazo e intentó controlarse para no llorar. Su madre siempre se burlaba de la única persona que lo escuchaba y se preocupaba por él. Sus sentidos le alertaron de los pasos que se aproximaban hacia él. Salió una mujer de pelo corto y rubio mal teñido, flaca y desgarbada, cubierta por un vestido blanco con bordados multicolores.

  • ¡Que hiciste, mocoso de mierda! ¿Me tiraste la puerta a mi, a tu madre? ¿Insolente con tu madre, ah? – dicho eso, se abalanzó sobre él y lo levantó por las patillas. El niño chillaba de dolor – Eso te pasa por insolente – Con un ademán lo envió hacía la escalera que descendía hacia la calle – y ya sabes ya, te quiero acá de vuelta de inmediato – Dicho esto, entró al departamento y cerró con otro portazo.

El niño se quedó ahí, llorando de impotencia por toda una niñez de maltrato. “Contrólate” le decía una voz al interior de su cabeza. “Vieja maldita”, le respondió entre sollozos su corazón. “Vieja de mierda”, se repitió con una rabia interna que crecía sin freno.

Hay puntos críticos en la vida donde la gota, por minúscula que sea, rebalsa el vaso. Desde ahí no existe vuelta atrás.

“Contrólate”, le repitió la voz mental.

Comenzó a golpear su cabeza contra la pared. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y, a sus pies, una mancha negra se expandió teniéndolo a él como epicentro.

“Controla…” y el niño gritó. El tono se alzó por encima de lo audible y las estrellas, apenas visibles en el cielo vespertino, temblaron. El suelo comenzó a deshacerse y ascendió alrededor suyo como ceniza. Al frente suyo, el muro adquirió la consistencia de la niebla.

“Ya no puedo más”, le dijo a quién correspondiese. “Lo siento, pero esto se acaba acá”.

Se dio media vuelta y comenzó a descender por la escalera. A cada paso, el escalón que dejaba atrás se deshacía.

Cuando alcanzó el piso inferior, el departamento donde vivía su madre explotó. También lo hizo el del frente, en una especie de reacción en cadena.

“Muérete vieja de mierda. Muérete y mil veces muérete”, murmuraba con un rencor sordo. A su alrededor, todo se caía a pedazos.

A nadie le había dicho de su don, aplicado sólo con sus juguetes. Siempre había soñado que algún día se lo aplicaría a su madre, y hoy la había ejecutando.

Eso era él: un Ejecutor, algo así como un súper héroe. Salió del edificio y este comenzó a temblar. Sonrió pensando en el infierno en el que se debatía su madre, vieja cruel, y cruzó la calle para comprar el encargo. Detrás suyo, la estructura colapsó con un estruendo y estalló en mil pedazos. Los escombros salieron disparados por el aire, pasando encendidos en fuego a su costado. No les dio importancia, porque no podían hacerle daño.

La destrucción lo siguió como una sombra. A su espalda los autos chocaron, la gente comenzó a gritar al tiempo que la calle y los edificios próximos al siniestrado corrían su misma suerte. Todo explotaba, implotaba, se desvanecía El niño se sintió alegre y de un humor especial, negro y ácido.

Ingresó al local de abarrotes, saludo a un vecino que salía (“pobre tipo”), y saludo a la mujer que atendía.

  • 6 huevos y 4 panes, por favor. – Adentro de la tienda no se escuchaba el apocalípsis que sucedía en ese momento, así que la atención fue rápida y cariñosa como siempre. La señora Laida, la encargada, le regaló un dulce.

  • ¿Estás bien? – le preguntó con preocupación.

  • Mmhmm – respondió con la boca llena.

  • ¿Tu madre no se enojará mucho con esto…?

  • No se preocupe. Ella no se enojará. Estoy seguro.

  • Muy bien cariño. Que tengas buena tarde.

  • Gracias señora. La estoy teniendo – y sonrió.

Respiro profundo. Afuera, la desintegración de la materia se había expandido a toda la ciudad, convirtiéndola en un ruina de edificios caídos. Un socavón de decenas de kilómetros se extendía desde la entrada del local hacia todos lados y la gente gritaba sin entender lo que estaba sucediendo. El muchacho sabía, de alguna manera, que esto se estaba repitiendo en ese mismo instante en todos lados del mundo, donde otros niños y niñas se habían cansado de la tiranía de sus padres. El fin había llegado.

Y entonces sintió una mirada cálida, amorosa. La señora Laida lo miraba a través de sus anteojos de marco negro y vidrios gruesos. Cómo deseaba que ella hubiera sido su abuelita, o mejor aún, su madre.

“Ella no puede ver esto. Es viejita, no lo soportaría”.

Suspiró, movió su cabeza en señal de aceptación y tomó decisiones.

“Bueno, a reparar se ha dicho”.

En el mismo instante en que su pie descendía, apareció el pavimento intacto bajo él. Con un sonido semejante a millones de huesos quebrándose, todo comenzó a quedar tal cuál había estado unos momentos atrás. Las calles se rellenaron y los edificios volvieron a su posición original. Saludó a un par de peatones que paseaban distraídos por el lugar e ingresó a su edificio.

A cada paso que daba se reconstruían los peldaños. Llegó a su departamento y dejó la bolsa en el suelo que se terminaba por formar. Llevó su índice derecho hacia un espacio vacío en el aire que se rellenó para dar lugar al timbre.

Sonó la campanilla y esperó. Pasó medio minuto y nada. Se balanceaba sobre su talones y punta de pies, esperando.

Desde el interior se escuchó un caminar apresurado. “Bueno, podría haber sido mejor”, y suspiró.

La puerta se abrío de golpe.

  • No te demoraste nada. ¿Viste que se te pueden encomendar cosas cuando andas bien de ánimo? ¿Qué te cuesta hacerlas sin tanto problema? Para la próxima que te pida algo me dirás “si mamá”. ¿Entendiste?

  • Si mamá.

  • Muy bien – la mujer estiró la mano y tomó la bolsa que le entregaba su hijo. – El vuelto… ahora si. Anda a ordenar tu pieza que la cena estará lista en cinco minutos.

El niño corrío a su cuarto, y al entrar cerró la puerta y tomó a sus dos juguetes favoritos, soldados espaciales de alguna serie de dibujos animados. Los enfrentó en batalla mortal .

Revolcándose sobre su cama, reflexionó:

“De la que te salvaste, mamá”.

Rió jubiloso, y continuó con sus menesteres de niño.

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