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Profecía

 El ejecutivo se carcajeó ante la pregunta. Sabía que la harían, así que estaba preparado, sonrisa a la cámara incluida.

 

  • Bueno, quizás sea cosa del progreso. Es una coincidencia que el primer chip bancario que se implanta en un ser humano funcione con un cifrado de 666 bits. Les dijimos a nuestros ingenieros si podían restarle o sumarle un bit, pero ustedes saben lo tozudos que son los computines cuando se les mete algo en la cabeza.

  • ¿Pero no considera que el público, especialmente el católico, se negará a implantarse un chip con todo el significado que rodea a la cifra?

  • Mire joven, pasamos el 2K y no se cayeron los aviones; luego vino el 2012 y no llegaron los extraterrestres. Nuestro país ha sido uno de los más pujantes dentro de las economías emergentes, y los avances en salud y sociedad nos tienen a la cabeza del continente. Al principio, la gente le pareció extraño el tema del transporte público con una simple tarjeta de plástico, pero ya se acostumbró y, de hecho, les facilita la vida.

  • Si, pero esto…

  • No me interrumpa. – el hombre apagó su sonrisa prefabricada y miró a todas las cámaras con seriedad – Nuestra sociedad neo capitalista necesita dar este salto tecnológico. Esto no lo hacemos por sacarle más dinero a la gente con nuestro producto, sino por todas las alternativas casi milagrosas que conlleva. A partir de este momento, Albert podrá pagar el transporte público, sacar dinero de un dispensador automático y comprar en supermercados sólo colocando su mano. No hay temor de robos, de extravíos ni olvido de cartera. Pero esto va más lejos aún. La arquitectura de programación del chip nos permitirá ir agregando más funciones posteriormente, cómo medición de sangre, rastreo satelital en caso de accidente o secuestro, almacenamiento y descarga de datos… las probabilidades de acá a cinco años son prácticamente infinitas.

  • Entendemos todo lo que nos explica – interrumpió un periodista distinto al anterior – pero sin embargo ha existido un fuerte rechazo de este proyecto por parte de la comunidad católica. ¿Puede darles algún mensaje que los tranquilice?

  • Desgraciadamente, y lo digo con mucho respeto, la Biblia de nuestro señor Jesucristo es un libro sagrado de historia. Esto es el presente y el futuro. Con el tiempo, sabrán que es bueno y necesario.

El debate se mantuvo por mucho tiempo, y tal como lo dijo el ejecutivo, lentamente todo se normalizó. La ciudadanía llevaba su chip implantado con el 666 bullendo en su sangre, permitiéndoles moverse por la vida cotidiana sin dificultades.

 

Más adelante, nadie pudo vivir una vida normal de ciudadano si no tenía implantado el chip. Todos los servicios funcionaban con él.

 

Nadie supo que un sótano oscuro y olvidado, en un edificio a punto de ser derribado, existía una caja con archivadores que guardaban un documento particular: la primera orden de compra de chips realizada por el gobierno de aquellos años a la empresa que los construía.

 

La cifra ascendía a todos los seres humanos que contaban en el último censo del país.. Desde un principio, nadie tuvo siquiera la oportunidad de salirse del sistema.

 

El Pintor

I

Hay arreglos que nunca deben hacerse.

En ese sentido, la madurez para saber si se está haciendo lo correcto no existe. Todo es cosa de una pizca de fe, capacidad de proyectar el futuro de manera sensata y mucha suerte.

Rodomiro Vicente Salvatierra no tenía esa claridad cuando, ya famoso y con toda una carrera de pintor hecha, le detectaron Párkinson. ¿Cómo le dices a un futbolista que tendrán que cortarle una pierna, o a un músico que quedará sordo?

Rodomiro contemplaba en las penumbras de su habitación aquel pequeño y esporádico temblor distal, y le parecía un terremoto. Se despertaba sobresaltado por el pequeño movimiento de su mano derecha, e, impotente, lloraba. No tenía nadie a su lado.

Durante décadas se dedicó a la vida bohemia, a disfrutar los mejores aires de París y Londres, a los espectáculos callejeros y a las aventuras de todo tipo. Mujeres y un par de hombres pasaron por su cama, y al menos pudo contar tres amores importantes antes que el aburrimiento le secara la savia vital, para cambiarla por hastío.

Expuso en el MoMa y en El Prado; pintó en las calles llenas de transeúntes en una Plaza Roja atestada de curiosos y periodistas, con un frío que traspasaba los huesos. Lo había hecho todo, ¿y esta era la forma de morir?

Intentó pintar su último cuadro. La traza roja subía con amor y el vértigo de una carrera y ahí, en el momento de dar la curva, el temblor. Y la línea se arruinaba.

Sin control, no era nadie. Su arte fluía cada vez con más miedo, y él atacaba la tela con más rabia. Líneas azules, verdes, amarillas, rojas… manchones… baldazos de pintura, todo eso terminó con un hombre gritando de rodillas en el suelo, preludio de un llanto bajo y desconsolado.

Su carrera había terminado, pero su vida continuaba. Ahora era sólo un anciano millonario y mediocre. Sin su arte, había bajado desde el Olimpo a vivir entre los mortales, pero llegó demasiado tarde para adaptarse.

Sesenta años, y aparte del Párkinson, una salud envidiablemente buena. ¿Qué diablos iba a hacer ahora, durante el resto de vida que le quedaba? ¿Cruceros por el mundo? Ya lo conocía de pies a cabeza. ¿Exploración o aventuras? A su edad y con esa maldita enfermedad progresando, era un suicidio.

Volvió una vez más a su taller. La luz dibujaba columnas en movimiento sobre el polvo de la habitación. Vio el cuadro, un mamarracho de niño, una explosión de furia de un inválido, y supo que si lo vendía, le pagarían millones, porque era suyo pero sobretodo por el morbo de ser el último Salvatierra. Lo estudiarían, usarían infrarrojos y ultravioletas y verían sus fallas. Saldría en el Discovery Channel y quizás le harían entrevistas, en las cuales cobraría mucho dinero por las molestias. Se acercó al cuadro y le prendió fuego.

II

Con quién hizo al trato siempre fue un misterio. Ni siquiera pudo acordarse cómo llegó ahí. Era una agencia oscura al fondo de un pasillo, en alguna callejuela de Brooklyn.

El arreglo con aquél hombre de sombrero y traje gris barato fue el siguiente: si en algún momento de la vida, cualquiera, él volvía a pintar, debía asesinarlo.

Sabía que le sería imposible pasar el resto de sus días sin tomar un pincel. Y cada vez que intentara pintar, se desconocería; nunca más sería digno de su leyenda. Tenía que morir como tal.

Y así pasaron los años, visitando amigos y antiguas novias, navegando su yate y viajando a lugares remotos. Lo intentó todo: medicina vudú y chamanes en México y Colombia; místicos New Age (todos los Best Sellers); la meditación transcendental. Nada. Todo esfuerzo se caía con el continuo movimiento de sus manos.

Algunas noches soñaba con colores que dibujaban autopistas Cherry Red pantón 173c, viajando a tremenda velocidad bajo cielos Gentian Blue, pantón 632c.  En su camino se dibujaban veleros minimalistas y chicas en bikinis de dos tonos, jugando con pelotas hechas de tres trazos, tres colores crudos.

Despertaba ahogado, intentando tragar aire. Una enfermera especialmente elegida por él ingresaba a la carrera, vistiendo una minifalda que le dejaba ver toda su maravillosa anatomía.

Luego de los análisis de rigor, le hacía cariño en la cabeza hasta que el anciano volvía a dormir. Pobre viejo, pensaba ella, pobre viejo millonario.

Se casó con ella y nadie dijo nada. No tenía familia ni herederos. “Quien nace chicharra muere cantando”, recordaron los pocos amigos vivos en su fiesta de matrimonio. “Al menos morirás teniendo buen sexo”, y se rieron a carcajadas estrechando copas de champán. Rodomiro vertió casi la mitad del líquido antes de poder tomar un sorbo.

Una noche de verano, la última de sus 89 años, se levantó de la cama. Su mujer dormía plácidamente.

Subió con gran dificultad hacia el ático, y al abrir la puerta se sobrecogió. En medio de la gran habitación había una tela nueva, impoluta. Sobre ella caía un baño de luz de luna que se colaba por las ventanas altas y cuadradas del estudio.

Avanzó con reverencia. A sus años, ya no le importaba nada. No se llevaría a la tumba ni la fama ni el dinero, ni siquiera a su mujer. Lo único de real valor que tenía  era su vida.

A un costado del atril había una caja de madera, y sobre ella, un pincel. Abrió el cofre y encontró decenas de tubos de la mejor marca. Estaba soñando, se dijo. Aspiró con pena en el pecho, y exhaló decisión. Su mano derecha temblaba como siempre, pero ya no le importaba.

Como una sinfonía imperfecta, trazó una línea de azul sobre la tela blanca. El temblor distal destruyó cualquier intento de pureza y armonía del trazo, pero siguió adelante.

Rojo, y descendió a toda velocidad, rayando hasta casi los bordes con el temblor.

Azul nuevamente y se precipitó desde el borde inferior derecho hacia el borde superior izquierdo, siguiendo una curva suave. Y la magia sucedió: la línea fue perfecta. Rodomiro contuvo la respiración de asombro, y preparó el amarillo.

Trazo tras trazo, línea a línea, construyó un cuadro que para él significaba todo. El pasado perdido lo revivió en cada esquina, lo purificó y denostó. Se rió de sí mismo y sus glorias pasadas, de su estupidez y ceguera.

La tela fue llenándose de colores fuertes, potentes, dirigidos por una mano maestra. Pequeñas pinceladas en algún costado sugerían pausa y detalle dentro del esquema total del cuadro. De improviso, los cielos azules fueron desplazados por cielos rosados pintados sobre ellos, y la furia de colores fue oscureciendo la obra hasta llegar al negro absoluto e imposible, el negro del vacío de la muerte.

Se hizo el silencio, el ruido de la nada, aquél que todo lo traga. Frente a él, en el centro del cuadro, lo observaba la muerte. Una muerte de ojos amarillos.

La paleta de colores cayó de la mano de Rodomiro. El humano estaba frente a su majestad eterna. Un honor.

Despacio y con dificultad, el pintor levantó la paleta y el pincel, y en el medio de aquél vórtice de oscuridad, realizó su última pintura.

III

Eran las 7 de la madrugada cuando emergencias recibió el llamado de la mujer de Rodomiro. No se encontraba en ningún lado de la casa, y necesitaba con urgencia sus medicamentos para el corazón. La policía se desplazó al lugar de los hechos, se hicieron los peritajes correspondientes y se estableció una búsqueda intensiva por todo el estado. Nunca más fue visto.

La desaparición lo catapultó inmediatamente al rango de leyenda. No hubo persona que no supiera algo de su vida, o que no hubiese visto al menos una imagen de sus cuadros. Le hicieron reportajes en Discovery Channel e History Channel, llenos de intrigas y misterio.

El último cuadro de Rodomiro Vicente Salvatierra, encontrado en el ático durante la mañana, fue vendido en una suma astronómica reservada sólo a los cuadros de Van Gogh. Se tituló “Autorretrato en fondo negro”.

Parte de la leyenda dice que sus sucesivos compradores tenían la sensación de que el cuadro los miraba con “desagradable intensidad”

La cosa

Lo tengo en la mano, ¿lo ves? Puedes tomarlo si quieres, no seas tímido. Eeeso, así, sujétalo con suavidad.

No coloques esa cara de asco si ya te había dicho que era viscoso… ¡Junta los dedos, que se está chorreando! No porque parezca hecho de moco significa que no le duele una caída.

¿Si muerde o pica? Un poco, si se siente incómodo, pero no te preocupes. Tendrías muy mala suerte si fueras alérgico a su mordedura.

¿Que te parece? Único en su tipo. Veo que no te gustó mucho, pero eso pasa siempre al principio. Fijate en la superficie de su piel y verás algo impresionante… fija un poco más la vista, no te desconcentres…

¡Exacto, se transparenta! ¿Ves esos patrones internos de su cuerpo, los que parecen espirales? Dale un minuto… ¡Si! ¿no te parece maravilloso? Se unen aleatóriamente para formar triskeliones. Y ahora comienza a cambiar de color, y espera un momento más… en silencio…

¡No lo sueltes! ¡Con cuidado que el único que queda! Tranquilo, pásamelo si no te gusta.

Te asustaste cuando comenzó a cantar. Escúchalo en mi mano, acerca tu oído para escucharlo mejor… así… muy bien… ¡NO… TE… RESISTAS…! ¡NO QUIERO… QUEBRARTE… EL CUELLO! ¡DEJA QUE ENTRE… CONDENADO..!

Ufff, eres muy… mucho más fuerte.. de lo… eso… Pero ya está. ¿Más tranquilo?

Ahora lo entiendes todo, ¿verdad? Ahora sientes su caricia en el interior de tu oído. Tranquilo, se pasa… y todo se vuelve mejor después.

Todo va a estar bien. Como yo, ¿viste? Yo también tengo uno en mi oído, y te contará cosas tan hermosas como a mi. Ahora te tocará llevarlo y presentárselo a un amigo.

No te preocupes. De ahora en adelante, él siempre te dirá qué hacer.

La caza

La cazadora siguió la pista fresca entre la vegetación. Por el tamaño de las pisadas, debía tratarse de una buena pieza.

 Sin embargo, el trayecto no salió tan fácil como lo había presupuestado. El dichoso animal se dio el lujo de atravesar matorrales espinosos, riachuelos y subió y bajo cuanto pequeño cerro había en su camino. Ella no sería menos, así que siguió la huella incansablemente durante varias horas. Finalmente escuchó un ruido frente a ella y se agazapó.

Al levantar lentamente la cabeza distinguió un venado blanco, el más grande que hubiera visto jamás, pastando tras un riachuelo a menos de cien metros de ella. En silencio sacó la flecha de su carcaj, tensó la cuerda y se enderezó apuntando al cuerpo del animal. No podía fallar.

Desde su posición, el venado la observó con sus ojos negros sin pupila. Dos vacíos se tragaron su figura en un pozo sin fondo. No había temor en el animal; más bien desafío.

La cuerda sonó y la flecha viajó recta a su meta, impactando en el costado del animal. Este saltó herido y desde su blanca piel se asomó un hilo de sangre. Pero apenas emitió sonido, y sin moverse continuó mirándola con intensidad. La cazadora calzó inmediatamente otra flecha para rematar a su gigantesca presa pero mientras determinaba un punto vital donde clavar la siguiente estocada, el animal simplemente se dio vuelta y, herido como estaba, caminó con parsimonia hacia el interior del bosque.

Lentamente, la cazadora bajó la flecha. Aunque estaba herido, el animal no tenía miedo. Aquella tranquilidad e indolencia le indicaban una sola cosa.

Ella había perdido.

Su presa le había ganado en el juego de la vida y la muerte. Sin miedo, cazar aquel animal sería como atrapar un cuerpo sin vida. En su imaginación vio cómo le disparaba flechazos a quemarropa para luego degollarlo, pero aquellos dos malditos ojos no le quitarían la vista ni un sólo momento. No le haría el quite a la muerte y al final la victima sería ella, pues habría pasado de cazadora a cazada, atrapada por la inquietante tranquilidad de aquel venado blanco.

Mientras lo veía marcharse la mujer se prometió regresar  y la próxima vez, de alguna manera, le vencería.

Inmigrantes

 I

La familia se levantó cuando el cielo comenzaba a aclarar. Después de tantos años ya se habían acostumbrado al procedimiento y no les atemorizaba.

La madre tenía una merienda preparada desde la noche anterior para no perder tiempo. Entre el desordenado ajetreo familiar, el menor de tres hermanos rezongaba disgustado que tenía sueño y no quería salir de la cama. Desde abajo le llegaron los gritos de su padre para que bajara a tomar desayuno.

Minutos después, las pisadas sobre el suelo de madera se aceleraron en un ir y venir desenfrenado. El caos duró cerca de una hora hasta que la familia salió finalmente de la casa. El padre cerró la puerta con cuidado mientras su mujer e hijos los esperaban con el vehículo en marcha

- Muy bien – dijo el papá con una sonrisa forzada – Vamos de paseo – Acto seguido, se pusieron en marcha hacia la frontera.

Los dos menores, de siete y diez años, exclamaron jubilosos y comenzaron a jugar entre ellos. El de trece se sumió en sus pensamientos adolescentes y dejó su vista vagar por los extensos y agrestes valles.

Un destello parpadeante en la pulsera les indicó que su visa de inmigrantes había expirado. La luz pasó del amarillo a rojo. Aleccionados como estaban, los niños no hicieron comentarios al respecto porque sabían que sus padres se ponían irritables.

Además, tan pronto pasaran la frontera, el color volvería con el paso de las horas hacia un saludable verde. Visitarían el pueblo de siempre donde comerían en el mismo sitio de la última vez (si es que existía) y al anochecer, volverían a casa.

- ¿Qué es ese ruido? – preguntó el menor de los hermanos.

- ¿Que ruido?- dijo  el hermano del medio.

- Ese, como una abeja.

Ambos dejaron de jugar y colocaron atención. Efectivamente, un zumbido destemplado crecía paulatinamente. Se miraron con extrañeza y se abalanzaron sobre el hermano mayor. Este se desembarazó de ellos con desagrado, y sólo cuando sus hermanos pudieron expresar al unísono lo que les intrigaba, el joven prestó atención.

- Papá, ¿lo escuchas? – le preguntó al conductor cuando comprobó que aquello no era otro juego de ese par de truhanes.

- ¿Que cosa?

- Ese ruido, como un zumbido.

En el asiento delantero, padre y madre se observaron, se dijeron algo que los niños no alcanzaron a escuchar y el resultado fue un seco “siéntense bien y colóquense sus cinturones” en aquel tono materno que no da opciones a una réplica. De improviso, el ambiente se tensó al interior del vehículo al sentir un súbito aumento de velocidad.

Entre las suaves colinas verdes, a la distancia, el menor de los tres hermanos distinguió algo semejante a una larga oruga de metal. La visión duró apenas unos segundos antes que el vehículo se sumergiera entre las depresiones de la carretera. Esperó hasta despuntar nuevamente sobre las montañas esperando con ansias confirmar su descubrimiento.

- Ven -, le susurró a su compañero de juegos. Este se arrimó a un costado para ver lo que le señalaba con el dedo, y segundos después vieron con claridad una oruga larga y mecánica, la cual reflejaba los destellos del sol. Eso era la que originaba ese sonido.

- ¡Miren! – exclamó el menor de los muchachos apuntando en aquella dirección. Los padres murmuraron algo inaudible y fue el mayor de los muchachos el que apuntó lo que realmente pasaba.

- ¿Eso es una fila de coches?

 II

Estacionaron su vehículo a un par de kilómetros de la frontera, cuando ya no pudieron avanzar más por el taco. El bullicio de las bocinas era ensordecedor, pero lo era aún más los gritos de desconcierto de la multitud que avanzaba hacia la gran cerca divisoria de la frontera. El papá tomó al menor de los hijos en un brazo y al otro lo afirmó fuertemente de la mano.

- ¡Corramos hacia esa parte del muro, donde hay menos gente!

- ¡Qué está pasando! – gritó la mujer con una bolsa de comida en la mano y su bolso en la otra.

- ¡No lo se! ¡Pero todos están corriendo hacia allá!

Apuraron el paso a campo traviesa. El pánico de todas aquellas personas comenzó a inundarlos y los hizo correr por el terreno irregular hacia la alta valla. Desde el otro lado, los esperaba una multitud enardecida.

- ¿Qué pasa, papá? – preguntó el menor que se aferraba a su cuello, con voz temerosa.

- Nada hijo. Afírmate bien.

El sonido de un rotocóptero sobrevolando la frontera se unió al caos. Desde sus altorparlantes, una voz metálica y autoritaria se dirigió a quien quisiera escucharlo.

- … la frontera está cerrada. Repetimos, la frontera está cerrada. Por favor permanezcan en sus vehículos e intentaremos solucionar la protesta lo más rápido posible…

Detrás de la alta verja, otro rotocóptero se comunicaba con el mar humano que repletaba la zona fronteriza. Un gran lienzo fue depositado por un grupo de manifestantes, que resumía el pensamiento de todo un pueblo: “Fuera la escoria inmigrantes. Muéranse de una vez”.

“Dios mío”, pensó el hombre. Aunque lograran cruzar el cerco, al otro lado seguramente los lincharían. Entonces escuchó un sonido agudo y repetitivo emergiendo desde sus pulseras.

- ¡Rápido! ¡Corran!

Al acercarse a la reja escucharon a la gente del otro lado escupir maldiciones en su cerrado acento.

- ¡Váyanse al diablo! ¡Muéranse todos!

- ¡No los queremos aquí, escoria maloliente! ¡Vuelvan a su país!

- ¡No pisaran nuestro césped nunca más!

Las manos de los miles de inmigrantes se aferraban a la reja de alambre entrelazado que los separaba del país vecino, a escasos centímetros, que les permitiría continuar viviendo. Lloraban de desesperación mientras la gente les golpeaba las manos con puños y patadas para que se soltaran.

Se escuchó una terrible explosión, y por los aires apareció un automóvil envuelto en llamas. Desde el otro lado de la frontera, un tanque daba vuelta su cañón principal con amenazante parsimonia. Nadie pasaría a la fuerza.

-¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte! – se produjo un espontáneo coro desde la multitud ubicada al otro lado de la reja. Cientos de inmigrantes hicieron un desesperado intento por salvarse y comenzaron a trepar la reja, y todos murieron baleados o acuchillados por individuos que los seguían desde el otro lado para impedirles el paso. Hubo intercambio de disparos aislados en algunas zonas de la frontera, pero no estuvieron dispuestos a masacrar a todos.

Querían ver el espectáculo.

- ¡Allá hay un claro! – gritó el hombre – ¡Escalemos por ahí!

Por el otro lado, una turba de gente los siguió. Sería inútil escalar la reja pero no tenían otra opción. Tras él, su esposa trastabilló y cayó al suelo, desde donde gritó desesperada:

-¡Por favor, llévense a nuestros niños! ¡Por favor!

La voz clara de otra mujer le espetó:

-¡No! ¡No queremos mierda en nuestras tierras! ¡Muéranse ya!

El hombre se dio vuelta y la levantó de un tirón para seguir corriendo. Entonces, tras un intenso y largo pitido, la mujer explotó.

La mano del hombre se quemó con el calor generado por la desintegración. Alrededor suyo, un coro de voces agónicas fue superado por las breves y controladas explosiones producidas por el desintegrador incorporado en el brazalete. El hombre vio a sus hijos chillar y desaparecieron en un estallido de chispas.

El pequeño que se aferraba al cuello se desintegró y el hombre acunó durante un instante una columna de aire hirviente donde un segundo atrás llevaba a su retoño. Cayó de rodillas atravesado por un dolor que nada tenía que ver con las quemaduras de su cuerpo.

Se miró las palmas ennegrecidas. Ahí estaban las cenizas de su mujer y su hijo, la huella carbonizada de toda su vida. La pulsera emitió el largo y final pitido, y desde el interior de su piel destelló una luz rojiza. Había sido una buena vida para un final tan amargo. De rodillas, pidió perdón por no haber salvado a su amada familia.

Su cuerpo se desintegró en miles de diminutas partículas de fuego, las cuales cayeron sobre el pasto ennegrecido. La multitud abucheo y vitoreo indistintamente a los sucios y cerdos inmigrantes que les quitaban el trabajo y ensuciaban su orden y su vida cotidiana. Se lo tenían merecido.

Epílogo

“…miles de detenidos en la frontera, los cuales propiciaron la mayor masacre en tiempos de paz de los últimos cincuenta años. Sin embargo, el ministro de Inmigración señaló que este desafortunado incidente no hará cambiar la política sobre el uso de los brazaletes de desintegración:

- Ha probado ser un elemento regulador, y a la vez disuasivo, de gran efectividad. Nuestros compromisos con las embajadas de los países hermanos nunca se vieron afectadas hasta el trágico día de hoy, lo cuál prueba que es una herramienta a la vez segura y estable…

-Ministro, disculpe pero ¿le parece seguro el asesinato en masa de catorce mil personas que intentaron infructuosamente cruzar la frontera el día de hoy? ¿No es acaso condenarlos a la muerte el tener un procedimiento tan restrictivo que les impida salir fuera del país hasta el mismo día del término de su visa?

-El problema, señorita, no fue ni de procedimientos ni de tecnología. Fue el odio, y las consecuencias de ese odio pertenecen a otro departamento que no es el que dirijo yo, sino el respetable ministro de justicia, el cual le referirá los resultados de las investigaciones a nuestro canciller para que se tomen las medidas diplomáticas y legales del caso. Muchas gracias.

-Ministro… “- un desconcierto de voces y micrófonos siguieron el trayecto del hombre hasta el auto negro que lo esperaba afuera del edificio. El día amenazaba con lluvia, como la mayor parte del año, y los periodistas vieron partir raudo al representante del gobierno.

“Estas han sido las palabras del ministro, quién asistirá durante la tarde a una misa en memoria de las víctimas. Para mañana el presidente agendó una reunión de emergencia para tratar el tema. Desde el Palacio de Justicia, soy Katherine Youvone.”

La periodista apagó su videograbadora y observó a resto de sus colegas dispersarse para redactar la noticia. Las primeras gotas cayeron sobre ella, arrastradas por el viento desde kilómetros de distancia donde las nubes engordaban y oscurecían. Suspiró de dolor y hastío, cuestionando la mierda de gobierno que podía haber permitido que esto sucediese.

Luego, con resignación, se respondió que no había sido sólo su país el culpable de esto. Todos estaban metidos hasta el cuello con aquel asesinato en masa, porque nadie se opuso con demasiada fuerza a la medida que se había implementado décadas atrás. Su país era poderoso e influyente, así que ¿quién se atrevería a apuntarlo con el dedo por las injusticias cometidas sistemáticamente contra los más débiles?

Se ajustó su chaqueta y sacó un cigarrillo. Aspiró el humo con ansiedad, pero ni la angustia ni el escalofrío que recorría su espinazo desaparecieron.

El amante de Salomé

La muerte nos visita de tanto en tanto, mi querida, tal como cuando me besaste. Te pido que no te sientas culpable por eso. Ahora que vengo a buscarte con el amor infinito de Aquel Que Me Cobija te pregunto, ¿Me seguirás?

¡Vete! ¿Es que no me escuchas? ¡Vete! ¡Ya no te quiero, mugriento y miserable mendigo! ¡Nunca te quise!

No, ya no te voy a escuchar. Tus palabras no me alcanzan, Bautista, porque yo soy la que te mató, ¡yo pedí tu cabeza, Juan Impotente Bautista! ¡Yo, Salomé, la niña de los ojos del reino! ¡La más bella de todas! ¡La más bella…!

Juan, déjame en paz, por favor. Por favor… no más…

La muerte nos visita de tanto en tanto, ¿eso es lo que me quieres decir? ¿Me vienes a llevar, de la mano? Tan agradable son tus palabras, tus susurros en mi oído como el viento nocturno del desierto. Si, Bautista, te sigo.

Salomé se arrojó desde el balcón de su atalaya en una noche de luna llena, buscando el abrazo del único hombre que la rechazó. Fue a su encuentro con una sonrisa de calmada tranquilidad, perdiéndose decenas de metros más abajo entre las sombras nocturnas de los edificios.

Sin embargo, en sus últimos segundos de vida dudó. Juan jamás le había dicho “querida” porque sólo su padrastro Herodes podía hacerlo.

Cuando la oscuridad se apoderó de ella, Juan el Bautista lloró.

Creaciones

Las manos del hombre temblaban.

-          He perdido la capacidad de hacer cariño – musitó con pena.

La periodista lo miraba desde el sillón sin hacer comentarios. “Que lástima no haber traído cámara. Su figura iluminada por la luz que cae oblicua desde la ventana enfrente suyo es magnifica. Un himno a la soledad y la vejez”.

-         Yo hacía muy buenos cariños, ¿sabe? Y además, muy buenas caricias. Solía seguir el contorno sinuoso del aire y las columnas de humo con mis manos danzando entre las espirales grises. De cuerpo nunca fui muy suelto; de hecho, era más bien torpe, pero mis manos… eran una delicia.

La joven se ajustó los lentes como única respuesta. Su frialdad contrastaba con su sonrisa profesional.

-         Ah si, mi historia. Bueno señorita, si me permite sentarme… – y dejó caer su gran cuerpo con dificultad sobre un sillón de cuero mullido negro – Ahora sí. Bien. ¿Usted viene a ver al artista, al visionario o al asesino?

-         A quién usted quiera presentarme.

-         Serví al escuadrón veinticuatro de la Real Fuerza Aérea, reconocimiento en su mayor parte – dijo sin más preámbulos – Nunca me entrenaron formalmente como piloto, pero estábamos perdiendo la guerra y necesitaban jóvenes valientes y estúpidos para volar esos aparatos circulares. Les dije que era bueno con la electrónica y me hicieron subir. ¡Sí que eran difíciles los comandos de esa endiablada nave! No como los que hacen ahora.

-         ¿Usted fue piloto OVNI? – se asombró la reportera, en su primera señal de emoción real desde que lo contactó por teléfono para el reportaje.

-         Así es, señorita. El último vivo en este lado del mundo.

-         ¿Y en verdad era tecnología extraterrestre?

El hombre se quedó en silencio un largo rato. La mujer captó que había pasado una línea invisible y que podía haber perdido el camino hacia una gran historia, por lo que calló y esperó.

-         Siriana, por lo que me contaron – dijo al fin el anciano, con voz seria y cortante.

-         Increíble. ¿Sabe? Esta es la primera constatación oficial que tenemos de un piloto OVNI sobre el origen de las naves. ¿Era muy dificil de controlar?

El hombre suspiró con exasperación y continuó.

-         Extremadamente difícil. Los controles eran táctiles y mentales, y habían sido desarrollados para cosas con dedos más largos y más numerosos que los nuestros. La ingeniería inversa había logrado acercar en algo los controles a nosotros, pero seguía siendo complicado. A mi me costó poco aprender la mecánica – y le mostró sus manos blancas y pecosas – ya sabía acariciar y mover bien mis dedos – comentó con usa sonrisa.

La periodista le sonrió de vuelta, esta vez con complicidad.

-         Continúe, por favor.

-         Después de la guerra, trabajé con Deschamps y Marcolí en el desarrollo de las esculturas electromagnéticas. Marcolí traía el concepto de la malla de monofilamento metálico y yo aporte con el circuitaje y los campos de modelaje electromagnéticos. Ensayo y error, así fue durante un par de años, hasta que dimos con la configuración correcta e invitamos a Deschamps a experimentar con esculturas modeladas por campos.

-         Las esculturas vivientes

-         Eso es. El tipo era un genio. Sentía el flujo de la energía y lo transmitía de tal manera que todas sus construcciones poseían una organicidad única. Sacaba el movimiento desde sus propios músculos y emociones y modelaba en aras de una sinfonía que escuchaba sólo en su cabeza. Con Marcolí nos sentábamos y contemplábamos el proceso anonadados. Fue un buen tiempo para todos nosotros.

-         Deschamps tiene exposiciones permanentes en Wall Street, Trafalgar Square…

-         Y Paris, Madrid, Tokio… si, el bastardo se hizo muy rico, mientras nosotros pasábamos a segundo plano. Eso molestó mucho al italiano, porque nosotros nos considerábamos un equipo, mientras que él se llevaba todos los créditos. Era un genio, indudablemente, pero su ego era más grande que su escultura de Wall Street.

-         ¿Por eso lo asesinaron?

Desde el sillón se pudo sentir la intensidad de la mirada del hombre.

-         Fue un accidente, como probó la fiscalía. Un cable suelto por culpa del mal montaje de la empresa contratista…

-         Sabemos los detalles. Usted ya fue exculpado y a su edad no pueden encarcelarlo. ¿Es verdad o no? ¿Lo asesinaron?

-         No señorita. Realmente fue un accidente, aunque admito que hubo negligencia de mi parte al no revisar la instalación antes del comienzo del espectáculo. Ya habíamos trabajado antes con esa empresa y nunca tuvimos problemas.

-         Sólo hubo uno y le costó la vida a Marciel.

-         Y nuestra reputación como equipo, al igual que la empresa contratista. Todos nos fuimos al carajo, señorita. Si, detestábamos a ese hombre, pero comíamos gracias a sus geniales creaciones.

-         ¿Que fue después de su colega italiano?

-         Marcolí se dedicó a trabajar en una empresa de ingeniería en maquinarias. Le fue bien; se casó y tuvo tres hijos, una señora despampanante y buena en la cama, hasta que el corazón le dijo basta.

-         ¿Marconí está muerto?

-         La semana pasada – el hombre lanzó una falsa carcajada – ¡Apenas salió en los obituarios de su ciudad! Nadie recuerda la maravillosa invención de ese viejo loco. Un gran amigo… – su voz se sumió en un breve silencio que la periodista respetó – Luego empecé yo a construir las esculturas. Adapté el sistema para construir con el movimiento de mis manos. La verdad es que yo reconozco que no le llegó ni siquiera a los talones a lo que hacía el francés, pero no son malas, ¿verdad?

-         No sea modesto. El premio de la Bienal Internacional de Escultura de Madrid, El Arrete Dux, El ISA y el New York Magnificent no son pocos merecimientos.

-         Es verdad – sonrió – y eso me ha permitido vivir con cierta holgura,

-         ¿Es cierto que el Jeque Al Thani tiene una obra de usted?

-         En el centro de un patio de agua impresionante. Fue muy inspirador trabajar para él, la verdad. Es un buen hombre, de una mente amplia y muy generoso.

-         Dígame entonces, ¿que hace un genio como usted acá, en esta habitación mugrienta y en penumbras de una desconocida callecita suramericana?

-         Lo mismo que usted, señorita: creyendo que estamos vivos.

El hombre movió las manos y exclamó con júbilo.

-         ¡Al fin la recuperé! ¡Observe!

Movió con suavidad la muñeca izquierda y conjuró sus dedos en un movimiento espiral, semejante a la rotación de un abanico. Las paredes de la habitación se desplomaron de inmediato hacia los costados dejando entrar la luz a raudales. La mujer gritó de sorpresa y su presencia no importó más.

Desde el cielo, una luz blanca descendió sobre ellos. Llenó todo el espacio de conciencia encegueciendo a quién osara mirarla. Unas voces susurraron palabras desconocidas y el hombre se dejó ir, flotando en calma fuera del espacio textual de esta creación.

Era un hombre agradecido de la vida que se le dio. La última palabra que nos dejó fue su sonrisa.

Invitado de piedra

Salió al balcón de su departamento con el diploma enviado la semana anterior por correo expreso. Respiró profundamente y lo contempló.

En letra manuscrita y elegante aparecía su nombre, reconociéndolo con el ganador del Gran Premio de Literatura Centauro. Se apoyó en la baranda y pensó que en ese momento debería haber estado en España, recibiendo el galardón y un suculento cheque, deslumbrado por incontables flashes y preparándose para dar el discurso correspondiente y las posteriores entrevistas.

Las alarmas se elevaron desde el suelo y como todos, alzó la vista para ver el final cayendo sobre sus cabezas. En el cielo rojo e incendiado se asomó la punta de aquella mole enviada por la mano juguetona de Dios.

Lo recibió como correspondía, vestido de etiqueta y con una copa de Martini Bianco en la mano. Maldito asteroide ¿cómo podía ser tan desafortunado que el día de su gran triunfo, por el cuál había trabajado toda una vida sacrificando familia, tiempo, dinero y buenos momentos, encerrado en un subterráneo y autocondenado a escribir sin pausa hasta lograr una historia que lo hiciese famoso y rico, coincidiera con el fin del mundo?

“Al final de todo”, suspiró resignado, “lo único que nos queda son historias”. Saludó al invitado de piedra y bebió a su salud.

La tierra, entonces, comenzó a estremecerse.

La cruzada

I

 - Observa, fiel compañero.

A las luz de las velas, extrajo un objeto alargado desde el interior de una refinada caja de madera. Ante el creciente asombro de su escudero, el hombre separó la delgada estructura que sostenía en sus manos y reveló su verdadera naturaleza: una simple y perfecta espada.

Desde el pulcro mango negro emergía una larga y recta hoja, brillante como las frías estrellas que reinaban esa noche sobre el desierto. Las velas daban una débil luz al cuarto, pero los reflejos sobre el acero la multiplicaban. El caballero dio vueltas la espada con lentitud, y escudero observó en su reflejo imágenes de mundos distantes por donde la gente de su especie holla caminos en un tránsito de un sólo destino. Nadie de los que va por esos senderos retorna.

- ¿Se lo robó? ¿Cómo, mi señor?

- Con ayuda de los ángeles. No digamos más; arrodillados como estamos, velemos esta arma hasta el amanecer, donde por fin nos iremos de este maldito lugar que nos ha retenido tanto tiempo. Si no detenemos al ejército de gigantes blancos, nuestro viaje, toda nuestra vida, habrá sido en vano.

II

Habían estudiado durante meses el ciclo de trabajo de su prisión. En este tiempo se presentaron como serviles cautivos y siguieron todas las órdenes que les indicaron, a riesgo de volverse locos. Con el tiempo, sus captores dejaron de prestarles atención y así pudieron tramar el plan que esa madrugada les permitiría escapar de ahí.

Salieron a la intemperie con lo puesto y el frio los agredió con violencia. El escudero se estremeció, pero el abrazo de su señor le dio fuerzas y siguieron adelante. La puerta estaría abierta sólo unos minutos mientras realizaban el cambio de guardia.

- Ahora – susurró el caballero, y corrieron agachados si mirar atrás. No hubo gritos de advertencia cuando cruzaron el puente; ninguno de los aldeanos se fijó en ellos cuando descendieron por las estrechas callejuelas. No pararon de correr hasta que dejaron de observar los techos de las casas y la imagen de su prisión sólo fue un punto recortado contra las montañas.

Viajaban con poca comida y agua. No la necesitaban, porque una vez que asesinaran a los gigantes, los ángeles vendrían en su rescate. Se lo habían prometido a su señor, y él lo había escuchado claramente.

El periplo fue, sin embargo, más extenuante de lo ambos hubieran podido imaginar jamás. El desierto los castigaba sin clemencia durante el día con un calor que les dejó llagas desde el primer momento, y la noche los mataba de frio. Durmieron sobre la arena, y varias veces tuvieron que taparse con ella. El escudero lloraba en silencio mientras su amo lo abrazaba para intentar tranquilizarlo.

Finalmente, luego de incontables días y noches y con sus fuerzas reducidas a una mínima expresión, llegaron al valle donde acampaban los gigantes blancos. Subieron sigilosamente sobre una colina, y tras una cerca de metal, aparecieron ellos: espigados más allá de su imaginación, ahusados como agujas y de larguísimos brazos blancos que rotaban en una danza sin fin.

El caballero habló:

- Esa es una danza que yo conozco. Viene de la antigua china y se llama Tai Chi.

- Y por que están bailando?

El caballero tragó saliva.

- Se preparan para marchar. Van a atacar ahora.

- ¡No! ¡Llegamos demasiado tarde!

- Sí, mi joven aprendiz – lo miró con ternura y profunda sabiduría. – Este es el momento en que tú y yo nos despedimos. Por favor, sé un hombre de bien y cuando tengas al resto del ejército reunido en una fogata, observando al orgulloso y altivo caballero en el que te convertirás, cuéntales de nuestra historia; que nunca se olviden de este triste y solitario caballero que enfrentó a los gigantes para permitir que los hombres continúen viviendo libres un tiempo más; porque después de estos vendrán otros, disfrazados en diferentes formas y tamaños. Entonces otros caballeros los enfrentarán y sacrificarán su vida como lo haré yo. Ese es nuestro destino, nuestro designio. Parte ahora, amado escudero y encargate, por favor que, no se olviden de mi nombre.

- Mi señor… – le aferró a su mano mientras lloraba sin control, y el guerrero le sonrió. De un salto descendió de la colina de piedra y corrió hacia los gigantes, quienes no prestaron atención al diminuto ser que pasaba entre sus piernas. El hombre se internó en el corazón del campamento, donde desapareció.

El escudero no soportó escuchar a su amo pelear en solitario contra aquellas bestias enhiestas y mudas. Saltó detrás de él enarbolando su propia espada y se preparó para enfrentar la muerte.

-¡Señor! ¡Mi señor!

Eran cientos, miles, incontables. Los gigantes no los tomaron en cuenta. Ahí, en medio de todo, el caballero peleaba a muerte con uno de ellos, mano a mano. El escudero se secó las lágrimas y arremetió contra aquel ser.

Ese día, el caballero y su fiel acompañante perdieron la vida, pero al lograr detener el quehacer de los gigantes blancos, ganaron la inmortalidad.

III

 Los noticieros de todos los canales pasaban la misma noticia: Juan Arturo Bustamante Saavedra, de treinta y tres años, escapó del psiquiátrico de Antofagasta y recorrió cientos de kilómetros a través del desierto hasta llegar al parque Eólico Méchant, en donde había encontrado la muerte al golpear una línea de transmisión eléctrica con una katana sustraída desde la oficina del director del establecimiento. Esto produjo la interrupción momentánea del servicio de suministro eléctrico en toda la región de Antofagasta.

Aquel descuido le costó el puesto al director del hospital. Mientras recogía sus cosas del despacho, su asesor y amigo más directo le preguntó:

- ¿Que es lo que más lamentas?

El hombre se ajustó los lentes, miró las paredes de lo que había sido su lugar de trabajo en los últimos veinte años, y respondió.

-¿Entre nosotros? La espada.

Herederos

I

 Irguén, una gran roca en el espacio. Su superficie gris que brilla ante el ojo sin párpado del sol, está llena de cráteres y huellas de seres que pasaron por ahí.

 “Irguén, compañeros, será nuestra nueva y mejor arma. O cumplen nuestras exigencias, o nuestro planeta tendrá un encuentro con este objeto. Y dado su tamaño, será el último. “

 Abrión se dio media vuelta para observar a la conmocionada asistencia. Sabía lo que pensaban. “¿Está loco? ¿Sería capaz de arrojar un asteroide de ese tamaño sobre sus propias cabezas?”

Probablemente la respuesta a las dos interrogantes eran afirmativas. Sin embargo, su mente superior había calculado todos los costos y consecuencias para la vida, y a pesar de la catástrofe inmensa que esto significaría para la civilización, la flora y fauna, el planeta sobreviviría.

 “Así que, compañeros, hoy enviaremos nuestro ultimátum al Regente de Especies: nos entregan la capital, ¡o lo último que verán sera una estrella roja llenando el cielo de terror!”

“Abríon, no puedes estar hablando en serio. ¿Vas a destruirnos a todos sólo para reclamar una ciudad…?

“¿Una ciudad? ¿Dijiste ‘una ciudad’? ¿Después de tanto tiempo aún no captas la importancia que tiene la capital para nuestra causa?

El silencio se impuso en el salón de piedra. Los emisarios dieron un paso atrás y abandonaron al pobre desdichado a su suerte, el cual emitió una breve y terrible andanada de gritos y murmullos ahogados antes de caer al suelo con su cuello cercenado hasta casi la mitad. Abrión se incorporó y observó al resto de su comité en silencio durante unos instantes.

“¿Alguien tiene algo más que agregar?”

El silencio fue suficiente respuesta. Esa tarde, su ejército entraría en la gloriosa Capital de Oro.

II

La pantalla se apagó, y el Regente quedó estupefacto. ¿Sería posible que aquella bravata fuera cierta?

“Edjim, dime, ¿Es posible lo que él dice? ¿Puede hacer caer esa roca sobre nosotros?

El jefe del consejo de los Sabios sacudió su cabeza de manera afirmativa. Un destello tornasolado rebotó sobre su cabeza, generando un pequeño arco iris.

“Si, Regente”.

A través del ancho y alto dintel de mármol blanco asomó Reufeus, agachándose al pasar.

“Mi señor, los vigías nos informan que ya viene avanzando el ejército de Abríon. Tengo soldados apostados en las murallas y los voladores están listos para atacar. Pero son muchos”

“¿Cuantos?”

“Los suficientes para transformar una confrontación en el peor baño de sangre que tengamos memoria”

El Regente paseó a tranco lento y pesado, meditabundo. El tiempo jugaba absolutamente en contra de ellos. ¿Enfrentarlos y desafiar aquella amenaza, o dejarlos entrar hasta el capitolio para declararlo el nuevo soberano de todas las especies?.

Desde el rabillo de su amarillento ojo observó al consejo. Leales y sabios, ninguno había podido prever que entre ellos se sentaba la semilla de la peor traición jamás cometida. El era un anciano sin mucho que perder, pero el resto de ellos y sus familias…

“Compañeros, vamos a la guerra”.

“Si señor”, respondió enérgicamente en general Reufeus, y se retiró a toda velocidad. Entre los presentes cundió el temor. El Regente intentó calmarlos.

“Abrión es condenadamente brillante, pero no está loco. No lanzará un asteroide contra el planeta si sabe que nadie, ni siquiera él, podría sobrevivir”.

Sin embargo, en el mismo momento en que lo enunciaba, la duda rondó por su cabeza.

III

“¡Abrión, estamos retrocediendo!”, rugió una voz en medio de la carnicería

“¿Quién dio esa infame orden?”, respondió mientras cortaba la garganta de un oponente. La respuesta tardó en llegar, y la voz sonó fatigada.

“¡Nadie! ¡Nos están empujando contra el rio! ¡Son demasiados…”

Un grito desgarrador surgió de su lugarteniente, preso de la furia salvaje de tres guerreros y sus malditos talones ensangrentados. La mente de Abrión pensó con la claridad de la muerte cercana. “Prometí una hecatombe si no me dejaban entrar a la capital. Bien, si he de morir hoy… ¡Se van todos conmigo al infierno!”

Rebuscó entre su ropaje un aparato pequeño y se lo engarzó en la garra. Por un segundo, el ruido de la batalla dio paso a un intenso ulular que se expandió en ondas concéntricas por el terreno selvático, levantando un espantoso viento que torció árboles de gruesos troncos, haciendo que la mayor parte de los combatientes perdieran el equilibrio y cayeran al suelo.

Un rayo blanco partió desde el centro de aquella explosión sónica, traspasó la atmósfera y buscó en el directorio infinito del cosmos hasta encontrar la blanca e inocente superficie de Irguén. Atraída por el llamado, el asteroide cambió su trayectoria y se encaminó hacia aquel planeta que lo invitaba a un encuentro violento.

“Está hecho”, fue el comentario que formuló quedamente su gestor. Mientras los ruidos de espanto aumentaban entre todas las filas, Abrión desapareció del campo de batalla en busca del sitio seguro.

IV

“Moriremos, su Majestad”.

“¿No hay nada más que hacer?”

El consejero suspiró con desazón. Frente a la terrible verdad, el Regente murmuró para sí. “Por la Existencia, esta bestia criminal cumplió con su palabra. Me equivoqué al juzgarlo”.

“Majestad”, interrumpió su servidor principal, “todos están esperando sus instrucciones”.

“Muy bien”. Enfiló hacia un largo corredor en penumbras, estrecho y frío que desembocaba en el amplio balcón. La caminata le pareció eterna.

Al aparecer, cientos de miles de espectadores se agolpaban para saber de él si la noticia era cierta. Un pequeño disco flotó hacia su cuello y se depósito con suavidad. Al hablar, todos lo escucharon.

“Mis protegidos, lamento informarles que hemos fallado. El enemigo ha cumplido con su amenaza, y en estos instantes la estrella brillante que vemos sobre nosotros será nuestra condena de muerte en el amanecer de mañana. Sólo sobrevivirán aquellos que estén lo más alejado del sitio de impacto, el cual será en las cercanías de la capital.”

Pensó un momento. ¿Qué más les puedo decir? ¿Que hemos de morir por un problema de ego? ¿De ideas disimiles? ¿De poder? ¿Que uno de ellos mismos prefería el poder absoluto y tener la razón sobre, incluso, la vida del resto?

“Atesoren estos momentos que les quedan”, dijo al fin. “Estamos todos juntos, y nuestras almas viajaran unidas hacia aquel sitio endonde las guerras no existen. Hasta entonces.”

Dejó el balcón con un silencio ominoso a su espalda.

V

Quizás en un acto de justicia poética, la brillante inteligencia de Albrión erró mínimamente en sus cálculos, y la espantosa colisión del asteroide desplazó las placas tectónicas en un ángulo distinto al que había planificado. Después de todo, hay cosas que son prácticamente incalculables.

Murió aplastado por los muros de protección de su fortaleza subterránea. Ninguno de sus seguidores sobrevivió.

La atmósfera se sobrecalentó hasta producir la ignición del oxígeno, transformando la bóveda celeste en un oceano de fuego. El punto de impacto del inmenso cuerpo celeste se convirtió en el eje de una  completa reformación  de la geográfia terrestre. Quienes no murieron por la onda expansiva ni por el mar de fuego, se enfrentaron al mar, con olas que alcanzaron el tamaño de montañas.

Al cabo de 72 horas, la vida en el planeta se había convertido en una joya rara y única. Sin embargo, algunos de los antiguos habitantes del planeta sobrevivieron junto a un puñado de pequeñas alimañas. Cuando el planeta recuperó la calma, las razas primigenias tomaron la decisión de abandonar aquel mundo que ya no reconocían.

Las eras pasaron, y aquellas criaturas que sobrevivieron junto de ellos evolucionaron en unas bestezuelas diminutas y bípedas, las que progresivamente perdieron el pelo

Los pocos habitantes originales supieron a ciencia cierta que pronto deberían desaparecer de la vista de ellos. Eran bravucones y extremadamente agresivos. Con el tiempo, intentaron establecer contacto con esas bestias primitivas, pero la mayor parte de sus intentos terminaron en muerte. Sólo algunas tribus se mostraron más dúctiles a su contacto y, con el tiempo, coexistieron en relativa armonía.

Finalmente lograron recuperar parte del conocimiento perdido, construyeron arcas voladores y les dejaron el planeta a las nuevas especies. Ojalá nunca cometieran sus errores.

Cada cierto tiempo envían una nostálgica expedición hacia el planeta que alguna vez llamaron “hogar”, y observan con tristeza cómo hemos seguido su mismo camino. Les intriga, sin embargo, que aún retengamos algunas imágenes de sus cuerpos alargados volando sobre las nubes, y no seamos capaces de relacionar esas imágenes con los cadáveres de sus congéneres que desenterramos periódicamente.

Comentan entre ellos: “¿Cuál será el interés de esta especie por nuestros huesos dejados hace tanto tiempo? ¿Se preguntarán quienes y cómo eran estos gigantes que habitaron el mundo antes que ellos existieran?”.

Y más de alguno murmura: “Si supieran que los seguimos observando desde el cielo, con preocupación”

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