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Leyendas

El cuerpo ascendía hacia la superficie arrastrado por las corrientes. Bajo él, a casi un kilómetro de profundidad, estaba la ciudad donde le habían quitado la vida.

Ni siquiera le dieron el derecho a una muerte digna. En un juicio público lo despojaron de su rango y tierras, lo ataron a un poste y frente a todos le molieron la espalda a latigazos.

No se comportó heroicamente; gritó cada latigazo. Su mujer tapó los ojos de sus dos pequeñas hijas, pero no pudo además taparles los oídos. Ella misma estuvo a punto de desmayarse un par de veces, pero los guardias la sostuvieron y la obligaron a quedarse.

Cuando el hombre finalmente se desvaneció, lo desamarraron y subieron al carromato. El ejecutor, un viejo desgarbado, tiró de las riendas y emprendió el largo y solitario viaje hacia el límite del reino: el desolado paraje del muro exterior.

Al llegar a destino, arrastró con dificultad al moribundo fuera del carro y lo apoyó directamente sobre la pared traslúcida. Desde el otro lado, algo golpeó el grueso vidrio y se refregó contra él.

El viejo retornó a su carro y exigió al caballo moverse lo más rápido posible. Llegando a la frontera con el muro interior, escuchó el chasquido que anunciaba la inundación. Antes se daba vuelta para ver el extraño espectáculo del agua inundando el territorio baldío y contemplar las siluetas de bestias marinas moviéndose a sus anchas sobre los cuerpos abandonados entre ruinas plomizas. Ese día en particular no andaba con ganas.

Apenas atravesó la frontera entre el muro exterior y el interior, las inmensas puertas del reino se cerraron. Tanto los guardias fronterizos como él respiraron aliviados. Pensó que era demasiado castigo para un pobre diablo que se había vuelto loco investigando sobre los monstruos que habitaban fuera la ciudad. Era verdad que podía ser infeccioso para oídos receptivos y mentes débiles, ¿Pero una condena de muerte sólo por afirmar en público que arriba, más allá de la sagrada oscuridad, había otro mundo? ¿Uno donde el agua era celeste, la luz abundaba todo el día, el aire era infinito y la tierra libre? Eran leyendas tradicionales.

Además era imposible viajar por el agua. Aunque tuvieran el suficiente aire para armar una nave de exploración, ¿cómo sobrevivirían a los enormes monstruos que rondaban sobre ellos? Y aún si lo lograran, ¿quién sabe qué cosas se encontrarían arriba? Las mismas leyendas decían que el mundo del aire estaba poblado por dragones de todos los tamaños y formas, feroces criaturas que se devoraban entre ellas.

El viejo se fue a la casa con reflexiones perezosas. La gente volvió a su vida cotidiana y la ejecución pública se olvidó para la mayoría de los ciudadanos al finalizar el ciclo.

Nunca supieron que el hombre logró en muerte lo que soñó en vida: alcanzó la superficie. Sus ojos apuntaron al cielo azul frente a las costas de un paraje selvático, todo lleno de aire y luz.

El rugido de un dragón de manos cortas y dientes terribles lo saludó al llegar.

Conciencia de mago

El mago y la bruja habían sido amantes y también compañeros. Habían discutido sobre la vida la muerte y las fuentes de la magia.

El mago, como todos los de su orden, abogaba por el uso de la magia verdadera, la que no necesita de símbolos o signos para ser conjurada sino de visualización, meditación, y una férrea fuerza de voluntad.

La bruja, por su parte, manejaba muy bien todos los ritos wicanos y era experta en pociones, palabras, trazos en el aire y se sabía todos los nombres de los dioses de los elementos, a los que conjuraba en sus hechizos.

Llegó el día en que el mago se retiró a un bosque para reflexionar sobre los misterios de la existencia. En ese periodo, su conciencia ascendía al amanecer junto al vapor del bosque hacia las rendijas de luz que surgían entre los árboles. Su conciencia se suspendía en el tiempo. En la noche viajaba por el universo, sintiendo todo, entendiendo todo.

Encontró lo que buscaba: la Verdad.

Entonces llegaron los emisarios del Alto Orden de los Magos a buscarlo. Lo llevaron al templo y le explicaron la necesidad de redimir a los brujos, adoradores de la mentira y la superchería, y enseñarles la verdadera conciencia: la conciencia de los magos.

Y supo que era justo y necesario. Y se unió a la cacería.

Pporque no sería una mutilación, ni una matanza.Sólo el encuentro con la Verdad. La brujería se llevaba en la sangre y había que sacarla de ahí, para salvar a los brujos y mostrarles la verdadera senda.

Viajó por todo el mundo en esta batalla secreta. Donde encontrara brujos, ahí mismo empezaba la lucha. Algunas veces le lanzaron maleficios, y otras tantas invocaron criaturas que no debieran haber sido traídas nunca a este plano, ni aún dejándolas amarradas a las sombras.

A todos ellos logró redimir.

Y así fue como, después de mucho tiempo y peregrinaje, se encontró nuevamente con ella, la más poderosa: su antigua compañera.

Se juntaron una tarde en la vieja casa del bosque, y tomaron una taza de te. No decían palabra, pero se estudiaban detenidamente como enemigos enconados, buscando el punto débil del otro. Él, lo tenía claro, iba a ganar esta batalla.

  • Es hora – dijo al fin.

  • Ven a buscarme – desafió ella.

  • Así será.

El Mago levantó su mano derecha, y un fulgor de un color imposible la delineó. La bruja buscó apoyo en el muro a su espalda, dispuesta a saltar y atacar como una gata.

El Mago respiró profundo, y la bruja quedó suspendida en el aire con un gesto de asombro y agonía. Un cuerpo extraño se arrastró por el interior de su garganta, y en medio de su frente estallo un pequeño manantial de chispas azules. Los ojos de ella se volvieron blancos, mientras pataleaba débil e inútilmente sobre el suelo.

Él podía ver el enorme pozo negro desde el cual ascendía la joya de la brujería. Lentamente salió a la superficie, y tintineó en la penumbra del cuarto.

Éste era el trofeo final, el objeto más preciado que siempre había querido sacar. Había purificado a la mujer. Con sus cualidades innatas, no tardaría en volverse una maga pura y poderosa.

Tomó el cristal en su frente y lo rompió. En ese momento, algunos trozos se incrustaron en sus yemas, y surgió sangre.

-Esa es mi última venganza – murmuró con voz tranquila la bruja – Ahora, esas astillas infectarán tu sangre, y tu corazón se llenará de brujería.

El rostro del mago se crispó de asombro primero, y luego de pavor, al sentir un cálido y oscuro líquido corriendo por sus venas, como un depredador atacando a su víctima. Sus ojos vislumbraron un destello frente a él, una luz amarilla intensa que abarcaba todo lo que veía. En un rincón inaccesible de su corazón, empezó a anidar la profunda oscuridad.

La bruja, ahora redimida, sintió compasión por la falta de precaución y el exceso de orgullo del mago que lo cegó en ese último instante. Sabía que él sería expulsado de la orden, y mientras el Corazón de Brujo se adueñaba de su mente y de sus actos, sería ella la que tendría que darle caza, y devolverle la paz, esta vez para siempre.

Esa sería su misión, en conciencia.

El reino

 

El Rey se paseó entre las ruinas de lo que alguna vez fuera su fastuosa casa. Ya no quedaban más que muros derruidos y trepados por el verdor. Sus pies pisaban pasto donde alguna vez hubo losas de piedra pulida. Vestía su atuendo real, una larga túnica que era visitada por su barba y cabellera gris. Portaba una corona de oro.

 

Si bien se veía imponente, era un anciano. Tenía su piel arrugada y amarillenta y los ojos caídos con la pena de haber visto derrumbarse su tranquilo y ordenado reino. Ya no había reina, compañera y confidente de incontables noches. Se había ido junto con todo lo bueno que había antes de que llegara el Tiempo, que todo lo arrasa.

 

Hacía frío a la intemperie. Levantó sus ropas para pasar sobre unos escombros de lo que alguna vez fue un muro, y siguió caminando sin rumbo aparente. Quizás buscaba algo, algún trozo de pasado al cuál aferrarse y cuidarlo, o quizás estaba recreando paso a paso los salones y las risas, las comidas y el afecto de quienes habían partido.

 

Después de un rato retornó a lo que ahora era un patio principal, lleno de pasto duro y resistente que crecía moviendo piedras y ampliando las grietas de lo que fuera el suelo del gran salón. Algo resaltaba en el medio de aquel lugar: un trono de piedra blanca labrada con filigranas exquisitas. El anciano se sentó emitiendo un quejido por las molestias de su cuerpo y desde ahí observó, bien derecho, lo que quedaba de su reino. Algunos cuervos curiosos volaron a una distancia prudente, posándose sobre arcadas y pilares que no sostenían nada más que a ellos mismos y el cielo sobre sus cabezas.

 

Una repentina brisa movió las copas de los árboles que crecían equidistantes al trono. Los cuervos movieron sus cabezas adelante y atrás, y en la medida que otros iban llegando desde la foresta cercana, se formó un desagradable coro de graznidos. Las aves ocuparon todo el espacio que había entre las cornisas rotas y las ruinas altas mientras se graznaban entre ellos y al anciano, al que vigilaban con ojos negros como canicas de noche.

 

El anciano meneó su cabeza en señal de asentimiento, y todo a su alrededor se manifestó al unisono. Los árboles bailaron, el viento removió el pasto largo y las aves abrieron sus alas y las agitaron. Ellos eran su nueva corte, sus nuevos y fieles vasallos.

 

Sonriendo, supo que había llegado el momento de comenzar, una vez más, su reinado.

El rey de la noche

- Soy el conquistador de la noche – dijo el ingenuo hombre, mirando la vastedad de las tinieblas.

En su alma sentía que todo aquello le pertenecía; todas y cada una de las luces, sombras y nieblas que colmaban las esquinas del mundo eran suyas. Respiró profundo, satisfecho de su reino.

La noche pasó sobre él sin siquiera darse cuenta de su existencia, y la onda de choque del amanecer lo arrolló. Lo encontraron en la mañana encogido en una esquina de su habitación, lloriqueando y murmurando incoherencias sobre un reinado arrancado de sus manos.

Vocación

  • ¿Usted es taxista, y quiere cambiarse de trabajo?

  • Así es.

El hombre entrelazó las manos y se curvó hacia adelante. Era bajo, regordete y con una calvicie que avanzaba desde el centro de la cabeza. El asesor se preguntó cómo había logrado terminar la carrera de taxista en primer lugar.

  • ¿Qué es lo que lo motiva para semejante cambio? Es uno de los trabajos mejor remunerados y además hace un gran servicio a la comunidad.

  • Si – respondió con inseguridad y se rascó la coronilla – es cierto. Pero el nivel de estrés que genera no se lo puede imaginar.

Su asesor se reclinó en su sillón y cruzó sus brazos.

  • Pero ustedes tiene cursos de psicología social y manejo de estrés en el centro de formación, ¿verdad? Dígame, ¿como le fue?

  • ¡Oh, muy bien! En los ramos teóricos me fue muy bien. Los prácticos me costaban un poco más, pero en general salí dentro de los primeros lugares en mi promoción.

El entrevistador observó la pantalla que se desplegaba frente a él. Fecha de egreso: 2061. Ranking de egreso: 15. Efectivamente estaba dentro de los primeros. Rastreó los resultados de sus test psicológicos y estos daban un perfil óptimo. Sus ojos se movieron sobre los nodos de información hasta encontrar sus registros de eficiencia laboral. Impecable; en las recomendaciones tenía un promedio sobre los 4 puntos en más de cincuenta mil evaluaciones, sobre dos mil intervenciones en crisis exitosas y había cumplido con todos los ascensos en los tiempos recomendados hasta adquirir su nivel actual de A1.

¿Rango A1? Por un momento se desconcentró del análisis y pensó cuanto dinero ganaba ese individuo al año. Sintió una pizca de envidia.

- Efectivamente, sus registros son excelentes. Sin embargo usted no tiene la apariencia esperada para alguien de su nivel. ¿Cómo lo hace?

El hombre pareció encogerse aún más y se rascó la nuca.

- Soy bueno para escuchar, aconsejar, y respetuoso de los tiempos. También soy metódico y ordenado.

- Ya veo. Y usted dice que está estresado.

- Así es.

- ¿Y los talleres de cuidado mental y físico? Los planes de salud y recreación que tienen son estupendos ¿No son suficientes para usted?

- La verdad, no.

Se le notaba. Nunca le había tocado entrevistar a un taxista (en su opinión personal, cambiarse desde este puesto de trabajo a cualquier otra opción era una tontería), pero física y anímicamente era un desastre. Quizás se podía entender por el nivel de importancia de su labor. ¿Se quemarían todos los taxistas de la misma manera?

- Muy bien – suspiró el entrevistador -¿Que quiere hacer, entonces?

Los ojos del hombre se iluminaron.

- Astronomía.

¡Astronomía! ¿Había campo para eso? ¿Le alcanzaría para vivir?

- Siempre he amado las estrellas – prosiguió – y son sólo dos años más de estudio, una vez convalide los ramos de taxista.

- ¿Está seguro? Cómo su asesor designado tengo que decirle que el cambio es, por lo menos, desventajoso en lo económico y social.

- Si, pero ya tengo más dinero del que voy a necesitar jamás. Como le dije, soy ordenado, y mi familia también. Además, las estrellas son el amor de mi vida.

El entrevistador refunfuño durante un rato. Miró los datos y se acomodó sus lentes (un gusto puramente estético) mientras tomaba una decisión.

- Está bien. Voy a autorizar su cambio hacia Astronomía. Permítame decirle que me parece un despropósito, pero no tengo ningún antecedente concreto para negarle su petición.

El hombre se puso de pie con una sonrisa y le estrechó la mano. Transmitía afectividad sincera.

- Gracias, muchas gracias, se lo agradezco tanto.

- De nada. Esto va en contra de mi buen juicio, pero si lo hace feliz…

- Si, enormemente. Muchas gracias.

- No hay de qué. Suerte en su nuevo camino.

Cuando la habitación quedó en silencio, el asesor comenzó a redactar su informe.

“Que desperdicio”, pensaba. “Si trabajaba tan bien como ese apretón de manos, me habría encantado viajar con él.”

- Bueno – se respondió en voz alta – Eso es vocación.

La rabia

Afuera del departamento se escuchaban gritos. Se abrió la puerta y un regordete niño de diez años, cuya tez pálida estaba lívida de rabia, salió intempestivamente al pasillo.

  • ¡Y vas de inmediato, flojo de mierda, y te quiero de vuelta acá apenas compres el pan! ¡Nada de quedarte conversando con la señorita Laida! – se escuchó desde adentro.

El chico cerró con un portazo e intentó controlarse para no llorar. Su madre siempre se burlaba de la única persona que lo escuchaba y se preocupaba por él. Sus sentidos le alertaron de los pasos que se aproximaban hacia él. Salió una mujer de pelo corto y rubio mal teñido, flaca y desgarbada, cubierta por un vestido blanco con bordados multicolores.

  • ¡Que hiciste, mocoso de mierda! ¿Me tiraste la puerta a mi, a tu madre? ¿Insolente con tu madre, ah? – dicho eso, se abalanzó sobre él y lo levantó por las patillas. El niño chillaba de dolor – Eso te pasa por insolente – Con un ademán lo envió hacía la escalera que descendía hacia la calle – y ya sabes ya, te quiero acá de vuelta de inmediato – Dicho esto, entró al departamento y cerró con otro portazo.

El niño se quedó ahí, llorando de impotencia por toda una niñez de maltrato. “Contrólate” le decía una voz al interior de su cabeza. “Vieja maldita”, le respondió entre sollozos su corazón. “Vieja de mierda”, se repitió con una rabia interna que crecía sin freno.

Hay puntos críticos en la vida donde la gota, por minúscula que sea, rebalsa el vaso. Desde ahí no existe vuelta atrás.

“Contrólate”, le repitió la voz mental.

Comenzó a golpear su cabeza contra la pared. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y, a sus pies, una mancha negra se expandió teniéndolo a él como epicentro.

“Controla…” y el niño gritó. El tono se alzó por encima de lo audible y las estrellas, apenas visibles en el cielo vespertino, temblaron. El suelo comenzó a deshacerse y ascendió alrededor suyo como ceniza. Al frente suyo, el muro adquirió la consistencia de la niebla.

“Ya no puedo más”, le dijo a quién correspondiese. “Lo siento, pero esto se acaba acá”.

Se dio media vuelta y comenzó a descender por la escalera. A cada paso, el escalón que dejaba atrás se deshacía.

Cuando alcanzó el piso inferior, el departamento donde vivía su madre explotó. También lo hizo el del frente, en una especie de reacción en cadena.

“Muérete vieja de mierda. Muérete y mil veces muérete”, murmuraba con un rencor sordo. A su alrededor, todo se caía a pedazos.

A nadie le había dicho de su don, aplicado sólo con sus juguetes. Siempre había soñado que algún día se lo aplicaría a su madre, y hoy la había ejecutando.

Eso era él: un Ejecutor, algo así como un súper héroe. Salió del edificio y este comenzó a temblar. Sonrió pensando en el infierno en el que se debatía su madre, vieja cruel, y cruzó la calle para comprar el encargo. Detrás suyo, la estructura colapsó con un estruendo y estalló en mil pedazos. Los escombros salieron disparados por el aire, pasando encendidos en fuego a su costado. No les dio importancia, porque no podían hacerle daño.

La destrucción lo siguió como una sombra. A su espalda los autos chocaron, la gente comenzó a gritar al tiempo que la calle y los edificios próximos al siniestrado corrían su misma suerte. Todo explotaba, implotaba, se desvanecía El niño se sintió alegre y de un humor especial, negro y ácido.

Ingresó al local de abarrotes, saludo a un vecino que salía (“pobre tipo”), y saludo a la mujer que atendía.

  • 6 huevos y 4 panes, por favor. – Adentro de la tienda no se escuchaba el apocalípsis que sucedía en ese momento, así que la atención fue rápida y cariñosa como siempre. La señora Laida, la encargada, le regaló un dulce.

  • ¿Estás bien? – le preguntó con preocupación.

  • Mmhmm – respondió con la boca llena.

  • ¿Tu madre no se enojará mucho con esto…?

  • No se preocupe. Ella no se enojará. Estoy seguro.

  • Muy bien cariño. Que tengas buena tarde.

  • Gracias señora. La estoy teniendo – y sonrió.

Respiro profundo. Afuera, la desintegración de la materia se había expandido a toda la ciudad, convirtiéndola en un ruina de edificios caídos. Un socavón de decenas de kilómetros se extendía desde la entrada del local hacia todos lados y la gente gritaba sin entender lo que estaba sucediendo. El muchacho sabía, de alguna manera, que esto se estaba repitiendo en ese mismo instante en todos lados del mundo, donde otros niños y niñas se habían cansado de la tiranía de sus padres. El fin había llegado.

Y entonces sintió una mirada cálida, amorosa. La señora Laida lo miraba a través de sus anteojos de marco negro y vidrios gruesos. Cómo deseaba que ella hubiera sido su abuelita, o mejor aún, su madre.

“Ella no puede ver esto. Es viejita, no lo soportaría”.

Suspiró, movió su cabeza en señal de aceptación y tomó decisiones.

“Bueno, a reparar se ha dicho”.

En el mismo instante en que su pie descendía, apareció el pavimento intacto bajo él. Con un sonido semejante a millones de huesos quebrándose, todo comenzó a quedar tal cuál había estado unos momentos atrás. Las calles se rellenaron y los edificios volvieron a su posición original. Saludó a un par de peatones que paseaban distraídos por el lugar e ingresó a su edificio.

A cada paso que daba se reconstruían los peldaños. Llegó a su departamento y dejó la bolsa en el suelo que se terminaba por formar. Llevó su índice derecho hacia un espacio vacío en el aire que se rellenó para dar lugar al timbre.

Sonó la campanilla y esperó. Pasó medio minuto y nada. Se balanceaba sobre su talones y punta de pies, esperando.

Desde el interior se escuchó un caminar apresurado. “Bueno, podría haber sido mejor”, y suspiró.

La puerta se abrío de golpe.

  • No te demoraste nada. ¿Viste que se te pueden encomendar cosas cuando andas bien de ánimo? ¿Qué te cuesta hacerlas sin tanto problema? Para la próxima que te pida algo me dirás “si mamá”. ¿Entendiste?

  • Si mamá.

  • Muy bien – la mujer estiró la mano y tomó la bolsa que le entregaba su hijo. – El vuelto… ahora si. Anda a ordenar tu pieza que la cena estará lista en cinco minutos.

El niño corrío a su cuarto, y al entrar cerró la puerta y tomó a sus dos juguetes favoritos, soldados espaciales de alguna serie de dibujos animados. Los enfrentó en batalla mortal .

Revolcándose sobre su cama, reflexionó:

“De la que te salvaste, mamá”.

Rió jubiloso, y continuó con sus menesteres de niño.

Completitud

  • Pienso en ti – dijo la mitad de la cara, blanca y lisa como la cera.
  • Pienso en ti – dijo la otra mitad, en donde se observa un árbol enclavado sobre el borde de una suave ladera que asciende por una extensa pradera verde. Bajo su reconfortante sombra, una niña de trenzas largas y falda tableada juega con un juguete rojo. Tiene estacionada su bicicleta en el tronco del árbol. Sobre ellos, las escasas nubes pasean perezosamente por un cielo celeste tan limpio que parece brillar junto al sol.

El lado blanco se mueve en el más impenetrable y oscuro de los vacíos. Su ojo negro atrapa la luz y la devora. En la órbita de su ojo, en cambio, la luz destella con toda intensidad.

En el otro lado, la niña se pone de pie, alisa su falda y salta de puntillas para saludar a alguien que no vemos, abajo de la colina. Aplaude y de improviso aparece una cometa en el cielo. Es grande y tiene cada una de sus cuatro zonas con diferentes colores: rojo, azul, amarillo y verde. Lo vemos subir en esta cálida mañana y queda colgando pacíficamente en el cielo.

Un lado de la cara sabe del infinito; el otro, de la vida.

La mitad blanca habla el lenguaje de la nada. Su voz retorna como eco, pero trayendo el susurro de alguien más. En aquel lugar negro existe la presencia de otra persona. Es la voz de una niña que ríe. Él la saluda, y ella responde.

En ese momento, toda la cara sonríe.

Al fin y al cabo, tener alguien con quién hablar es mejor que estar sólo en el vacío.

Madre

“Avanza por el sendero sin detenerte”, se repetía la niña mientras se frotaba sus manos heladas. Eso era lo último que le había dicho su madre al dejarla en el interior del bosque, vestida tan sólo con una bata de dormir. Bajo sus pies descalzos, el suelo era un manto de hojas, ramas y mucha humedad, resultado de la tormenta reciente. Tenía mucho frío, pero aún más miedo.

A su alrededor se erguía un bosque teñido por completo de rojo otoñal, matizado por algunos amarillos y dorados. Cada cierto tiempo se detenía sobresaltada cuando, entre la hojarasca, aparecían unos reptiles pequeños que la observaban con un interés alienígena durante unos segundos, paseaban su lengua bífida por el aire y luego se escondían bajo el manto de hojas caídas.

La niña no se atrevía a mirar hacia atrás, sabía que había algo. Aquello, lo que fuera, le rozaba su espalda cada vez que sentía ganas de correr de vuelta a su casa, y le susurraba palabras que ella creía no entender.

La verdad sea dicha, sí las entendía. Las había escuchado en sueños de los cuales despertaba con el corazón latiendo a toda velocidad. En aquellos momentos, habría jurado que una sombra más oscura que la noche se acomodaba en un rincón de la habitación y la observaba insistentemente. Al principio llamaba a su madre a gritos y ella entraba al cuarto con una vela, calmando su llanto. Sin embargo, cuando le decía lo que pasaba apuntando hacía la esquina, la mujer miraba hacia aquella dirección y, con un tono de voz gélido, le ordenaba a su hija que volviese a dormir. Dicho esto, se retiraba de inmediato.

La niña estaba segura que su madre también lo podía ver.

Con el tiempo se acostumbró a esa presencia casi invisible. En las noches de tormenta pasaba horas viendo la lluvia caer, los relámpagos reflejándose entre las innumerables gotas que se deslizaban por la ventana, y luego miraba hacia el lugar donde la sombra yacía encorvada. Se preguntaba qué sería aquello, si la podría tocar, si sería amiga o enemiga. Alguna vez le habló pero no obtuvo respuesta.

Ahora caminaba detrás de ella.

Al pasar entre unos troncos delgados y verdes descubrió un espacio circular de estrechas dimensiones, atravesado de extremo a extremo por un riachuelo. En su interior habían unas piedras negras y pulidas de tamaño mediano y frente a ella, en el otro extremo del claro, había una mujer vestida de rojo, de larga cabellera y profundos ojos negros.

  • Ven – le dijo a la pequeña. Esta se quedó inmóvil ante su llamado. La señora era agradable de presencia, pero no la conocía.

  • Ven pequeña – insitió – No te haré nada. – Se agachó hasta quedar a su altura y estiró su mano hacia ella, sonriéndole.

La niña miró primero hacia los costados antes de avanzar, sintiéndose presionada por la inquietante sensación a sus espaldas. Al ingresar al interior del claro, la mujer se puso de pie bruscamente y dijo con voz seca.

  • No. Tú no.

Entonces, por primera vez en su corta vida, la pequeña escuchó la voz de aquél ser.

  • Pero si la traje como prometimos. Mi premio…

  • Tu premio no está acá.

  • ¡Pero tú me lo prometiste! – siseó como lo hace el viento cuando pasa a través de los árboles, aunque con un tono muy distinto; más bien se escuchaba como humo negro arrastrándose entre ramas y hojas. La niña se dio vuelta lentamente para ver la forma real de aquello que la acompañara durante tantas y tan largas noches.

No alcanzó a gritar porque la mujer puso una mano pesada y segura en su hombro. Ante ellas, una nube negra de apariencia viscosa se retorcía sobre sí misma, para luego extender apéndices que penetraban sobre la superficie llana en la que se encontraban. En una de sus extensiones se dibujo una boca, a través de la cuál habló.

  • La cuidé de esa mujer todos estos años, como me pediste. Acá está, sana y salva. Y tuve que hacer mucho para que esa bruja maldita no la matara. Es tan maligna que…

  • Vete – ordenó la mujer – no queremos escuchar más.

  • ¡Pero mi recompensa! ¡Yo quiero su…!

  • ¡La mujer de la casa es tu recompensa! ¡Ve y devórala!

  • ¡No fue lo que me prometiste!

Con una voz seca que no dio oportunidad a más discusión, respondió.

  • Es lo que hay para ti. No te daré nada más.

Tomando a la niña por los hombros, se dio vuelta y la guió hacia el otro extremo del claro, donde los altos y delgados árboles se abrieron para darles paso. La sombra les dijo finalmente.

  • ¡Obtendré ese cuerpo y cuando lo haga vendré por ti, sacerdotisa, y no habrá nada que puedas hacer para evitar que te cace y te mate junto con esa pequeña lindura que tienes contigo!

“Tú eres el que no sabe nada del orden de este mundo, criatura”, murmuró para sí misma. A pesar de ser antiguas, las Sombras eran extranjeras en este lugar. No sabían nada de los ritos, ritmos y ciclos. Lo que estaba por suceder ahora había pasado antes en innumerables ocasiones. Tal como ella fue recibida por su madre, ahora le había tocado recibir a su hija.

La pequeña la miraba con desconcierto y algo de temor. Por el momento no le diría nada de lo que iba a suceder esta noche en su casa. De cómo la Sombra se arrastraría hasta el cuarto donde se encontraba la mujer y, alzándose sobre ella con enorme furia, le abriría la boca y descendería por su garganta con la intención de tener un cuerpo para sí mismo.

Sólo entonces descubriría que en su interior ya habían innumerables Sombras luchando unas contra otras por el control de esa pobre bruja, que en su momento quiso ser más poderosa que la misma oscuridad aliándose con cosas venidas de otros lados, sin saber que las argucias y los hechizos no le servirían de nada.

Con el tiempo le contaría esa historia a ella, su hija, de porqué la tuvo que tener tanto tiempo apartada de si. También, a su debido tiempo, le explicaría cómo ella la reemplazaría en sus deberes al interior del bosque, cercana al fuego del mundo. Pero sobretodo esperaba que comprendiera que, a pesar del tiempo que vivió a merced de dos fuerzas enemigas, siempre la tuvo a la vista desde el límite del bosque donde se le permitía llegar.

Porque, a pesar de la distancia y el tiempo, siempre la había amado.

Hiperempatía

No he podido olvidar es momento. ¿Quién de nosotros podría hacerlo?

Amanda le suplicaba de rodillas al profesor Rodríguez que no continuará. Este, docente de varias décadas, estaba consternado por el comportamiento de la pequeña niña. Nosotros observábamos con creciente tensión la escena donde el profesor intentaba cumplir con su deber de corregir y enseñar el arte de la lectura.

Amanda gritaba “por favor, por favor no me haga leer más”. Ninguno de los presentes entendía qué le pasaba, pero veíamos que estaba sufriendo.

El profesor insistió. “¡Lee!”. “No profesor, por favor” fue la respuesta. Nuestra compañera se deshacía en sollozos, afirmándose del delantal blanco del adulto. Franzen, el compañero extranjero, se puso de pie y balbuceó algo cercano a “deje de molestarla”. Supongo que fue eso lo que dijo, no lo recuerdo con seguridad.

El profesor le recriminó y siguió insistiendo. Amanda lloraba de rodillas en el suelo. Todos estábamos tensos, y algunas compañeras se pusieron a llorar. El profesor insistía en que terminara de leer el cuento sobre un joven que andaba en patineta. Nadie tomó en cuenta a Marcela cuando ésta gritó qué algo estaba sucediendo en la cara de su amiga.

“¡Lee!”, gritó una vez más el profesor. “¡No quiero! ¡No quiero! ¡Duele!”

Sin embargo, a esa edad los profesores son omnipotentes. Al menos en mi tiempo de niñez lo eran. Sosteniendo a la niña por un brazo y con el libro abierto en otro, le puso la línea en cuestión frente a los ojos.

“y… “ balbuceó Amanda, “y… el niño voló por los aires… y abajo lo esperaba el trozo de cemento. Con un grito de… de… horror sintió que su brazo estirado chocaba contra él y… y…¡aaaaaahhhhhhhhh!”

Nunca he logrado sacarme esa imagen de la cabeza.

El codo de Amanda, del brazo por el cuál la sostenía el profesor, se arqueó de una manera imposible hacia adelante y se salió por el otro lado. Estoy seguro haber escuchado el chasquido de sus huesos.

Gritó ella, sosteniéndose su bracito. Gritamos nosotros y salimos en estampida hacia afuera, Del profesor lo último que recuerdo es una mirada estúpida que ahora, después de tanto tiempo, comprendo que fue de espanto

Recuerdo correr por el pasillo del segundo piso, escapando de aquella escena junto con mis compañeros hacia algún lugar seguro. Bajé las escaleras casi volando y luego no me acuerdo de nada más.

Amanda no volvió al colegio, y el profesor tampoco.

Después del acontecimiento nos volvimos un curso silencioso, opaco. Crecimos juntos, superamos la niñez y también la adolescencia. hicimos amigos afuera y muchos de nosotros hemos sido felices. Pero durante los diez años que continuamos en las aulas de ese colegio, estoy muy consciente que fuimos oscuros, casi monásticos, entre nosotros.

Fuimos un monumento hacia la hiperempatía y la hipoempatía que presenciamos aquella tarde.

Algunas veces, como ahora, me despierto con las imágenes de aquella tarde y aún me dan escalofríos. Tengo claro que en el lugar donde habíta mi niñez, aún sigo corriendo con pavor.

Arreglos

 I

 El exorcista alejó la palma de su mano de la cabeza del hombre reclinado sobre la camilla. Este arqueó su pecho y su respiración se detuvo, luego abrió los ojos, los que comenzaron a salirse de sus órbitas, y emitió un graznido ahogado.

El hombre de pie, vestido de negro, recitaba unas frases de un libro abierto en su mano izquierda. Había hecho suficientes exorcismos en su vida para diferenciar a un loco de un embaucador o un poseso. Este pertenecía a los últimos, y por lo que podía ver, el demonio no tenía ninguna gana de abandonar el cuerpo.

  • ¡Dime tu nombre! – exigió el exorcista – ¡Revélate en voz alta, ante la luz del trino de Zetatul!
  • ¡Jamás! – espetó el poseído – ¡Tú no tienes autoridad sobre…!
  • ¡Suéltalo, bestia infernal! – le interrumpió – ¡Mi mano se enviste con la luz sagrada de los siete sellos de Aljbara! ¡Me dirás tu nombre, caído, o tu dolor será infinito!
  • ¡Mataré al huesped! – amenazó el hombre con una voz que no era de este mundo.
  • ¡En el nombre de…los tres… arggg…. señores del trino de la luz…. te despojo…de tu… – el exocista intentaba enunciar las palabras contra un repentino ventarrón que se había levantado al interior del subterráneo sin ventanas. Las velas se apagaron y todo quedó en oscuridad – te despojo de… de tu … cuerpo astral!

Un grito ascendió desde el fondo de la garganta del poseído mientras un aura brillante se delineaba sobre su cuerpo. La antinatural luminiscencia azulada se adelantó de golpe y adquiró los rasgos distintivos de una criatura con las cuencas vacías, la que gritaba aterrorizadamente.

  • ¡Me lo llevaré!- carraspeó – ¡Me lo llevaré al…!
  • ¡Dime… tu… nombre! – y alejó la mano de la frente del hombre con enorme dificultad. Este era un pez grande.
  • Aaaaaaarggggggonnnnaesssssssshiiiii! – siseó.

¿Argonaeshi? ¿El demonio primordial de la tribu Sambutana del centro de África?

  • Te ordeno, a la luz purificadora del trino de Zetatul, que abandones este cuerpo mortal y entres en esta vasija, Argonaeshi.
  • Jaaaaaaamaaaaaaaaas….
  • ¡Ahora! – y dio un jalón a una cuerda invisible que ataba su mano con el espíritu parásito. La forma lumínica vagamente antropomórfica se convirtió en un hilo de luz que abandonó el cuerpo del poseso y flotó directamente a una vasija de cerámica ornamentada con curiosos símbolos en su superficie. Entró con un suspiro y el exorcista la tapó de inmediato mientras pronunciaba votos de atadura y contención. Entonces respiró en paz.

El consultante yació en la camilla, y en plena oscuridad se escuchó como su jadeo de supervivencia se transformaba en un lento y profundo sollozo. Estaba libre y, sobre todo, estaba vivo.

II

El consultante se había ido. Su familia vino a buscarlo y se marchó con él, previo pago del “tratamiento psicoenergético”. No era demasiado dinero, por lo que su agradecimiento fue sincero.

El exorcista se despidió de ellos con visible rostro de cansancio. Los siguió con la vista mientras atravesaban su jardín, y luego de despedirse una última vez con la mano, borró su sonrisa cordial, cerró la puerta y echó llave.

Descendió al subterráneo siguiendo la luz de su linterna. El lugar hedía a una mezcla de olores que habrían hecho ariscar la nariz de cualquier persona; el sebo de las velas, el sudor del cuerpo humano en estado de terror y el particular olor de las alimañas espirituales al ser arrancados del huésped flotaban en el ambiente, impregnando el suelo de madera y los muros circundantes.

Se aproximó a la jarra blanca con símbolos azules. La tomó y sopesó. “Así que Argonaeshi”, reflexionó. “Están llegando desde muy lejos”.

Se aproximó al muro del fondo y recitó unas palabras inteligibles de un origen tan antiguo que era probable que los primeros labios en pronunciarlas no hubiesen sido humanos. De improviso, un chasquido recorrió el cuarto, y frente a él destelló una franja vertical de luz azul, la que se expandió al develarse la habitación secreta que todos los miembros de su orden tenían. El exorcista apagó la linterna y entró.

A una temperatura cercana a los frescos 18 grados, el cuarto albergaba estanterías repletas de jarrones iguales al que portaba. Buscó un lugar entre los ilustres y decidió dejarlo al lado de Bastophet, el que había imprisionado la semana pasada. Acarició la suave superficie de la cerámica como un niño contemplando un juguete admirable. Paseó su vista por el lugar, y se dirigió hacia el sitio donde reposaba aquel demonio con el cuál conversaba cada vez que podía.

Con el tiempo, le había pintado incluso unos símbolos de color rojo a su vasija para diferenciarlo del resto, contraviniendo las enseñanzas de su maestro sobre la exactitud tanto del color como del número de sellos que debían tener las prisiones. No le importaba; aquél viejo se había equivocado claramente, como había descubierto al romper las reglas.

Recordó el curioso hormigueo que sintió al atrapar este ejemplar. Varias veces le dieron ganas de sacarlo, pero su férreo entrenamiento le permitió pasar por la tentación. Sin embargo, en sueños y luego a través de varios textos descubrió una manera de contactarse con aquél demonio sin necesidad de sacarlo de la botella. Se negó durante largo tiempo a hacerlo, con la clara conciencia que esto era justamente lo que aquella criatura quería.

Un día, sin embargo, no aguantó más. Con un simple pincel y pintura roja para cerámica, se acercó con temor reverencial, sabiendo que estaba a punto de cometer una herejía que pondría en peligro su vida y la existencia de todo lo que lo rodeaba. La lucha de voluntades fue encarnizada: desde la vasija surgía un encanto, un dulzor que jamás había conocido. Era superior a las sensaciones de estar con su primer amor, del encuentro con la luz de la trinidad, de la satisfacción serena de sanar a quienes lo consultaban.

Su fuerza de voluntad, el saber que hacía lo correcto al respetar las reglas, se caía a pedazos; Con el corazón absolutamente acongojado, con una pasión encendida que arrasaba su voluntad como fuego en un campo de trigo, levantó la mano y dibujó el primer símbolo en estado de tensión extrema, llorando.

Como muchas cosas en la vida, luego del primer paso, el resto fue más sencillo. Dibujó toscas representaciones de una serie de códigos que se dibujaban en su mente, los cuales podía ver cuando cerraba los ojos. Al finalizar, suspiró, y escuchó claramente la voz de Loki, el cuál lo felicitaba y le invitaba a estar sin miedo junto él, pues no le haría daño jamás.

Durante muchas sesiones, conversaron largos periodos de tiempo. Así pudo enterarse  que el fin del mundo, o Ragnarok, se aproximaba a pasos agigantados.

  • Empezarás a notar que demonios o entidades de lugares lejanos aparecen acá, en tu refugio. Desde África hasta la India, desde México al Tibet y la China, todos están inquietos, porque saben que se aproxima el fin de los tiempos.
  • ¿Y cuando sucederá?

La voz adquirió un tono sensual y juguetón.

  • ¿Y para qué quieres saber? Tú no te vas a salvar. Nadie lo hará.

El hombre se revolvió inquieto.

  • ¿No hay nada que hacer? – preguntó con voz avergonzada.
  • No estarás intentando hacer un trato con un demonio – sugirió la voz, y en su mente sonó una encantadora carcajada.

El hombre se fue indignado aquella vez, y no volvió a entrar durante tres semanas, cuando comenzó la avalancha de demonios en su consulta.

Empezó con un joven que llegó recomendado por un antiguo paciente. Efectivamente tenía un demonio de nombre árabe. A la semana siguiente, una mujer llegó derivada por su superior; una súcubo se revolvía en su interior.

De esta manera, una semana tras otra, sin parar, comenzaron a llegar personas poseídas. Sus compañeros se mostraban sorprendidos, pues no daban abasto con la cantidad creciente de posesiones. Los sacerdotes católicos también estaban a manos llenas.

Dada la gravedad del asunto, se realizó un cónclave secreto de exorcistas en un lugar indeterminado del mundo, al cuál asistió el Superior de la orden. Una semana después, este reunió a toda la orden en la Capilla Central de Zetatul.

  • Hermanos, tenemos grandes problemas entre manos – dijo sin introducción – La creciente horda de posesiones tiene que ver con el fin de los tiempos.

Un murmullo de preocupación recorrió el salón circular, construido en alabastro y coronado por un domo alto, desde donde pendía el símbolo del Trino de la Luz labrado en oro macizo.

  • Todo parece indicar que en algún momento de este año, un gran fenómeno cósmico afectará a nuestro planeta, poniendo en riesgo de extinción a toda la vida sobre él.

Presionó el botón de un control remoto diminuto que traía consigo, las luces se apagaron y comenzó una proyección sobre el fondo blanco.

  • Estos rollos corresponden a fragmentos apócrifos de la biblia encontrada en el mar muerto. Cuatro de ellos extienden el capítulo del apocalípsis, dando mayores explicaciones sobre las posiciones de las estrellas y las características de los movimientos geoenergéticos que sucederán previamente al cataclismo. Todos ellos se han cumplido ya.
  • Hermano – interrumpió uno de los asistentes – Exactamente ¿a qué se refiere cuando habla de “cataclismo”

El Superior dio una mirada a sus segundos en línea de sucesión, y asintieron con la cabeza.

  • Se producirá el paso de una serie de asteroides de origen desconocido a corta distancia de nuestro planeta, estableciendo un cinturón que circunvalará el sistema solar al quedar atrapado por la gravedad del sol. Este nuevo cinturón alterará órbitas de planetas y lunas, particularmente Venus, la Tierra y Marte. Los resultados son absolutamente impredecibles, pero ciertamente serán catastróficos. Aunque ninguna de estas rocas nos impacte, lo que significaría el fin de toda la vida de manera instantánea, de todas maneras se modificará nuestra órbita, por lo que los terremotos, maremotos y tormentas eléctricas estarán a la orden del día.
  • Hermano ¿Y esto que tiene que ver con los demonios? – preguntó el exorcista mientras se acordaba de la conversación con el casquivano Loki – ¿Acaso ellos no son seres multidimensionales, a los cuales no les afectaría nuestra desaparición?
  • Te equivocas en eso – le respondió – Si bien son seres de otra conformación, los demonios en sus distintas categorías son siempre demonios humanos; esto significa que dependen de nosotros para su subsistencia. Existen otras entidades en la creación que no tienen ningún significado para nosotros, y nosotros para ellos tampoco. Pero particularmente los demonios dependen de la humanidad y de algunas otras especies para su existencia.
  • ¿A qué nivel? – preguntó nuevamente, intrigado.
  • Para su representación de sí mismos. Verás, los demonios son mensajeros de orden superior, los cuales dependen de otros seres con conciencia para ser funcionales. Si no pueden desarrollar su función, se vuelven una energía latente e inútil, hasta que encuentran alguna entidad en la cuál manifestar su función.

El silencio se hizo en el salón, mientras los ecos de la voz del Superior se extinguía.

  • Es por eso que están intentando colocar avatares y parte de sus manifestaciones en nosotros. Quieren encontrar una forma de escape de este cataclismo.
  • Ragnarok – musitó el joven.

III

  • Veo que has vuelto convertido en un creyente – se burló Loki.
  • ¿Hay alguna manera de salvarse?
  • Claro que sí. De otra manera no estarías conversando con una manifestación mía, la que se dejó atrapar en una ceremonia a la que le faltó mucho para ser convincente.

Luego de un tiempo conversando con él, el hombre se había acostumbrado a su particular trato.

  • ¿Cuál es la forma de salvarse?
  • Soy un demonio. ¿Me creerías?
  • Por supuesto que no – suspiró el hombre – pero me produce curiosidad escuchar tus alternativas.
  • Los humanos son todos iguales. Nunca recuerdan que la curiosidad mató al gato. Muy bien, ahora te explicó cómo podemos salvarnos.

“La tierra no resultará dañada con el paso de la Lanza de Odín, pero sí morirán todos los seres vivientes. La única forma de aislarse de esta energía es al interior de las cámaras de contención que nos tienen imprisionados”

- ¿Estas cámaras de contención? – preguntó el hombre mirando a su alrededor. Desde los jarrones se estiraban sombras ominosas por todo el lugar.

“Verás; el mismo material y runas que nos contienen en estas vasijas permiten aislar cualquier tipo de energía de cualquier nivel. Lo que tienes que hacer es bastante simple: ya tienes acá tu propia arca de Noé. Todo sucederá de improviso, y será breve. Si sobrevives, necesitarás alimento y agua suficiente para vivir un año. Al final de ese tiempo, renacerá una nueva tierra con un nuevo orden mundial.”

  • Es muy bonito y simple. Hay una trampa en esto.
  • Si – admitió Loki.
  • No te creo nada.
  • Es sabio no creerle al Dios del Engaño. Pero lo que te voy a decir ahora es verdad: tú morirás, al igual que toda la humanidad, si no me haces caso.
  • ¿Qué es lo que ganas tú con todo esto, Loki?
  • ¿Yo? Sobrevivir. Por eso nos dejamos atrapar.
  • Si mueren todos los seres vivientes del planeta, ustedes perderán su función.
  • Es por eso que necesitamos que algunos de ustedes vivan.

El hombre quedó mirando la vasija mientras la luz de la conciencia lo golpeaba con toda fuerza.

  • Quieren tener esclavos.
  • Más bien alimento, humano. Nos alimentamos de ustedes.

Se alejó lentamente de la vasija, como si esta pudiera lanzarse al cuello en cualquier momento. Comenzó a escuchar un murmullo parecido al susurro del viento, el que fue adquiriendo cada vez más definición. Era risa, la risa de los demonios enclaustrados en las vasijas.

De eso se trató todo el tiempo. Por un momento pudo ver toda la verdad: los exorcismos habían sido la carnada, y los exorcistas de todo el mundo, en todas sus formas, no eran otra cosa que ganado.

Durante todo este tiempo los habían estado cultivando.

  • ¡No te saldrás con la tuya! – le gritó a la vasija de Loki, y se dio vuelta, apuntando al resto de los recipientes con el dedo mientras retrocedía hacia la puerta – ¡Ninguno de ustedes lo hará! ¡Volverán a su infierno particular de donde vinieron y nadie, ni el mismo Dios los podrá devolver a la tierra! ¡Lo juro por todo lo sagrado que hay en el universo!
  • No hagas juramentos que no podrás cumplir – respondió la voz de Loki.

La puerta tras de sí se cerró de golpe. La luz interior titiló durante un eterno instante, y se apagó.

  • Tú serás nuestro heraldo.

Un temblor agitó el cuarto, y las vasijas tintinearon.

  • No – murmuró con temor – No puede ser.

El final había llegado.

El movimiento se aquietó. Las luces de emergencia se encendieron con timidez en el fondo del cuarto. Entonces vino el terremoto.

Las estanterías se vinieron abajo y el sonido de la cerámica haciéndose añicos contra el suelo se sumó al rugido de la tierra. El ruido combinado ahogó los gritos de desesperación del hombre, quién arañaba las puertas implorando a todas sus creencias que lo dejarán salir de ahí.

El torbellino fue eterno. En medio de aquella catástrofe sin precedentes en la historia humana supo que a sus espaldas se alzaban sombras sin cuerpo y deseó estar muerto. que la tierra aplastara su casa. Pero eso no ocurrió. Como todas las cosas en la existencia, luego de un tiempo indeterminado disminuyó la intensidad del movimiento y en un instante terrible todo volvio a quedar en silencio, detenido.

En aquellos instantes sintió la pausa que hay entre un latido de corazón y otro. Sudaba helado, su respiración subía y bajaba con el terror de enfrentarse a lo inenarrable que se erguía atrás suyo. Afirmó con una mano el signo del trino de la luz, oró su credo y temblando, se dio vuelta.

Lanzó el último y mayor chillido de su vida cuando los demonios se abalanzaron sobre él.

Mientras devoran el alma y la carne del exorcista, la voz de Loki se multiplicó y con esa cacofonía le dijo a su victima.

  • ¿Lo sientes? ¿Sientes la gloria del dolor y la desesperación infinita? Bien, mi humano, muy bien. Esto – he hizo una pausa para mirar las cuencas sanguinolentas en cuyo fondo reposaba lo que alguna vez fueron ojos – esto es el infierno.
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