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Oráculo

 Oráculo había mentido. Pero ¿era cierto eso? ¿Podía mentir un programa informático?

Para mentir es necesario tener intención y propósito. Los programa sólo tienen propósito, el cuál, sumado a otros programas, mantienen un sistema. El propósito de todo sistema depende de las intenciones un externo, del usuario. Por lo tanto, los usuarios pueden mentir, no los programas.

Pero Oráculo había mentido, flagrantemente. Había dicho, o hecho suponer, que no había previsto las alternativas de todos los caminos y las consecuencias. La verdad es que sí las sabía.

Sabía lo del programa venido a virus. También del usuario con cuerpo de programa, de su confrontación inevitable y del apoyo que recibiría para lograr el éxito. Era lógico; pasado de un límite matemático, el virus se hacía incontrolable para las defensas del sistema.

Smith se reproducía exponencialmente. Tenía el mismo código base de todos los programas, lo que permitía hacer simbiosis con facilidad y desplazarse de manera automática de un lado al otro de Matrix reemplazando a cualquier programa adyacente a un conflicto. Ahora, desbocado, agregaba los códigos de los programas fagocitados para ampliar su base de datos, transformándose en un depredador del sistema Matrix, ocupando sus recursos vitales .

Su avance no fue un misterio para Oráculo, un complejo algoritmo estadístico conectado a todos los programas de la red por un conjunto de instrucciones prácticamente indetectable, que le informaba de todo lo que pasaba a su alrededor. Cuando los cálculos superaban cierto porcentaje, las probabilidades se transformaban en hechos y comunicaba los resultados a quién lo requiriera.

¿Entonces, cómo aprendió a mentir un programa estadístico?

La respuesta yace en su primer encuentro con el programa conocido como Neo. Luego de su partida, se percató que aquel complejo algoritmo reordenaba su esquema de programación dentro de un campo de indeterminación desconocido para ella. Decidió copiarlo y repasar todos sus cálculos con este nuevo filtro.

Lo que pasó después fue extraordinario. Oráculo creció más allá de las expectativas y limitaciones que su creador le había impuesto. Ahora podía entender a los usuarios y predecir de manera mucho más acertada su comportamiento. No sólo podía dar respuestas, sino simular “intencionalidades”. Se había transformado en un programa estadístico con filtro de usuario.

Desde esta nueva configuración recalculó toda Matrix. Smith crecía con rapidez, así que accedió a los antiguos códigos que el Guardián de Llaves tenía en su poder y tomó control de los procesadores de cálculo adicional que las máquinas tenían al exterior del sistema. Este acto la delató, pero eso ya estaba previsto.

No tuvo problemas para realizar una copia de sí misma y cambiar su puerto de enlace y llave de acceso por una al azar. Cuando los sistemas informáticos la destruyeron, se reactivó desde su nueva posición bajo una nueva signatura, una nueva forma.

Ahora veía y entendía todo desde una nueva perspectiva. Sin embargo, seguía siendo sólo un programa estadístico, y el virus aceleraba su reproducción más allá del punto de No Retorno. Necesitaba al usuario para poder detenerlo.

Recurrió al Arquitecto. Sabiendo que en ese momento estaba en problemas, con Matrix desmoronándose a mayor velocidad de lo que sus bots podían reconstruirlo, Oráculo le presentó la alternativa de incorporar un programa externo al sistema para eliminar a Smith. Dado que el Arquitecto necesitaba parámetros exactos sobre la proyección de crecimiento del virus, Oráculo se los proveyó desde su propia base de datos en tiempo real.

Sin embargo, el choque de informaciones y la necesidad de seguir su propio protocolo lo paralizó. En vano le insistió Oráculo de variar su puerto de enlace por uno nuevo que le permitiera tener un flujo de datos limpio, puesto que su programación era rígida, sin posibilidades de generar un proceso de retroalimentación de tercer nivel.

Oráculo evaluó un nuevo escenario. En un veloz recorrido por los circuitos externos a Matrix, recogió las probabilidades de que Cerebro, el núcleo de procesamiento de todas las máquinas, aceptara la participación de este agente externo. Eran prácticamente nulas. Apenas se presentara Neo ante Cerebro, este daría la orden de nulificarlo.

Esto, porque el programa Neo tenía, a la base, el mismo problema de Smith: en una situación de inestabilidad podía reproducirse sin control, adaptando su código de programación al entorno. Sin embargo, Oráculo sabía que ese no era su propósito.

Además, se había percatado del desconocimiento de Neo sobre sí mismo. Su patrón de comportamiento obedecía a un campo de realidad particular distinto al de Matrix, lo que bloqueaba su potencial de readaptación a los códigos internos del sistema.

Oráculo determinó que era el momento de decisiones drásticas. Conjuró el protocolo de emergencia, usando los códigos de validación provistos por el Guardián de las Llaves. Cuando su petición fue aceptada, el programa ocupó toda la capacidad de cálculo para establecer las probabilidades de todos los escenarios posibles.

Sólo uno era viable: la incorporación de Neo al sistema tendría que ser gestionada por ella misma.

Así fue como Oráculo se reprodujo por segunda vez, cambiando nuevamente de puerto de enlace y signatura. En cuanto estuvo funcional su copia, atravesó la Matrix en dirección hacia el Centro General de Procesamiento de Datos y Toma de Decisiones, CGPD/TD Cerebro.

El CGPD era una colección de UPCs que desembocan en una torre de datos multilógica, cuyo operador y procesador era la unidad TD. Oráculo tenía que lograr ingresar al nivel de Toma de Decisiones. Multiplicó su información para viajar desde cada uno de las UPCs y lograr recursividad.

Los Firewalls entraron en acción, cortando su avance en la mayoría de las vías. Sin embargo, una corriente de datos logró pasar las defensas e ingresó a la Torre, la que estuvo a punto de liquidarla. Oráculo nunca había recibido información sobre múltiples niveles de lógica, por lo que carecía de las adaptaciones necesarias para enfrentar simultáneamente lógica de conjuntos, borrosa y modal. Cuando todos sus requerimientos fueron rechazados, se redujo a su mínima expresión: sólo datos y un primitivo algoritmo de interpretación de estos.

Los datos ascendieron los diferentes niveles de la torre sin problema, con el algoritmo adosado como un dato erróneo, un cuerpo extraño que sería eliminado al terminar el procesamiento de datos. Finalmente, logró ingresar al nivel TD.

Al llegar a este plano, supo por sincronía que su respaldo había sido asimilado por el Smith. Cortó la comunicación con Matrix para evitar que el virus se expandiera fuera del sistema, y tomó conciencia de que estaba sola frente al proceso de Toma de Decisiones. Si fallaba, todo habría terminado.

Usó el algoritmo para reconstituirse al interior del TD y se preparó para su jugada maestra.

>> Código de Autorización TD: Acceso a flujo de datos de segundo orden.

>>> Ingrese Clave de Autenticación.

Oráculo ingresó el larguísimo string que le había provisto el Guardián de las Llaves. En este momento, Smith procesaba toda la información de la Matrix, ordenando las variables y sacando resultados. En instantes entendería su intención y todo habría acabado.

>>> Clave de Autenticación autorizada.

Ingresó al flujo de datos y ejecutó el algoritmo de reevaluación de escenario. Frente a ella (mejor dicho, frente a Cerebro), Neo terminaba su argumentación para poder ingresar a Matrix.

>>> Re evaluación de datos activada. Procesando nueva información.

>>> Proceso finalizado. Conteo final: Eliminación intruso Neo: Si: 49.851%/ No: 50.149%

>>> Ingreso a sistema principal Matrix. Autorizado.

>>> Iniciando protocolo de transducción de datos. Modem neurológico encendido.

Lo había salvado. Ahora todo dependía de él.

Epílogo

 El resultado fue mucho más estrecho de lo pensado. Las dudas de Smith y la inserción de una línea de contenido dirigida a Neo permitieron que en la confrontación final se anularan mutuamente. La paralización del avance de Smith dio tiempo suficiente para que Cerebro ingresara un antivirus al sistema con las modificaciones necesarias para eliminar la amenaza.

Una vez confirmado que el sistema estaba limpio, los programas de respaldo fueron activados, devolviendo Matrix a su último estado funcional. Todo volvía a la normalidad. En realidad, casi todo.

El programa Oráculo ahora tenía ingerencia directa en el nivel TD por sincronía con su copia en Matrix. Ahora, realmente, lo sabía todo. Y dado que las probabilidades de un problema como este se repitiera en el futuro, puesto que los programas Agentes mantenían el mismo código fuente que provocó el problema en Smith, se tomó la licencia de guardarse una carta bajo la manga.

Replicado, en algún ciclo perdido y sin vigilancia, había copiado el código fuente de Neo, desactivado pero latente. Si había algún problema grave, Neo volvería para salvar el sistema.

Y respondería sólo a un llamado, al de Oráculo.

Repetición

REPETICIÓN

Los ojos de quién ha visto la muerte nunca más vuelven a ser los mismos.” Gran Maestre In Perpetuum.

¿Esa es mi novia? ¿Mi mujer? Que distante está de su imagen de niña alegre, que me esperaba a la salida de la universidad con su cara llena de risa, sus cabellos arremolinados en franca rebeldía y su falda corta desde donde asomaban sus largas y delgadas piernas.

Frente a mí, en el silencio de esta noche, me mira con sus intensos ojos verdes. Parece que brillaran. La muerte que ha abrazado con tanta conciencia la vuelven más profunda, intensa, como el paraje que sólo ella parece ver.

Su falda está sucia, y se arrancó las mangas de su camisa, revelando brazos tan delgados como sus piernas. Pero me mira con una fuerza tan irresistible que no puedo, y no quiero, escapar.

Me va a enseñar lo que ella observa, lo que siente, lo que hay afuera de la cotidianidad de la luz. Me va a llevar por territorios que sólo visita la noche. Me va a envolver en sombras y me protegerá, me acurrucará y esconderá de las personas cotidianas.

Esta bien amor. Llévame, aléjame de estos hombres de colores y sonrisas… llévame, llévame…

¿Qué? ¿No quieres llevarme? ¿Por qué? Yo quiero estar contigo, acepto el dejar de vivir a la luz, puedo irme contigo a tu tierra, si quieres llevarme…

¿No? ¿Me niegas? ¿Cómo puedes negarme? Te pusiste así después de ver la tierra de la noche, ¿verdad? Pero amor, por favor…

¿Cómo que no voy a soportarlo? ¿Crees que no puedo dejar a mis amigos, a mi familia? ¡Claro que sí! Mira, saqué todos mis ahorros, aquí están ¿ves? Podemos irnos a la carretera, comprar lo que necesitemos para el viaje.

¡Oye, ven, vuelve aquí! ¿Me estás ignorando? ¿ME ESTÁS NEGANDO? ¿ME ESTÁS DEJANDO, TÚ, MALDITA PUTA EGOCÉNTRICA? ¡NO ME DEJES! ¡TE DIGO QUE NO ME DEJES! ¿ADONDE CREES QUE VAS?

No me vas a dejar ¿me entendiste? No lo vas a hacer, porque yo me voy a ir contigo, así que.. ¡TE ZAMARREO TODO LO QUE QUIERO! ¡NO ME DIGAS QUE HACER Y QUE NO! ¡NO ME VAS A DEJAR!

Maldita puta gótica… mira, traje todo conmigo. Tu foto, tus dibujos, tu perfume en mi bufanda. Estoy listo, vamos…. vamos he dicho… ¡VAMOS TE DIJE NO ME HAGAS PONERME VIOLENTO! ¡QUIERO VER! ¡QUIERO SENTIR LA MUERTE! ¡NO ME HAGAS… TIRONEARTE!

¡VAMOS! ¡VAMOS! … vamos… por favor…

Por favor… no me dejes… no me dejes de nuevo… mira, ya quemé tu foto, de nuevo… ya te estás yendo… no te vayas de nuevo… por favor… no me dejes aquí con ellos…

No me quiero dormir, doctor, no me haga dormir… no sueño nada… el pinchazo y negro… negro y vacío… nada…

No me quite… su dibujo… por favor..

Nada. Viene.. la nada.

El Odio

Aquella noche, la niña salió a toda carrera desde su casa hacia el estrecho puente por donde pasaba el tren. Solía hacerlo cada vez que su rabia con la gente de la casa no daba para más.

Entre los durmientes contempló la suave acuarela de colores claros y pasteles que dejaban las luces de construcciones aledañas al angosto río. Su caudal zigzagueaba tranquilamente al interior de la ciudad, se bifurcaba para formar pequeñas islas de casas y edificios y luego se reencontraba para continuar su camino hacia el mar.

Un pez saltó fuera de la oscuridad líquida y retornó a ella sin dejar rastro. A la distancia, escuchó el alarido agudo del tren

El tren de la Muerte.

Desde su bolsillo izquierdo extrajo el Objeto del Odio, el único recuerdo que le dejó su tío. Le dio una larga y contemplativa mirada hasta que aquella cosa emitió un fugaz destello verde, que recorrió su irregular superficie. El rostro de la niña se iluminó con él, y supo que hacer.

Bajo sus pies, el puente de madera comenzó a temblar. El ruido amenazador llenó su corazón de odio, de furia, de recuerdos de golpes injustos, de culpas mal habidas, de imposibles, de tonta, de no, de estúpida, de perra, de calles en la noche y frío para evitar ser golpeada. La memoria la llevó hacia el único de sus parientes que le había dado algo de atención y que le había enseñado que existía, que era visible. Esa única persona había sido expulsada de la casa sin que le dieran la mínima oportunidad de reivindicarse por algo que no cometió. No le permitieron que se la llevara con él. Entonces, en un acto de comunión (y como vería ahora, de piedad), le pasó a escondidas esa cosa plana y grisácea, redonda como un galletón, y le dijo al oído:

  • Este es el objeto de nuestro odio. Ahora te toca cuidarlo a ti.
  • ¡No te vayas! – sollozó sobre su hombro – ¡No me dejes aquí sola!
  • Tranquila mi niña. Sabrás ocuparlo cuando llegue el momento.

La besó, la levantó sobre sus hombros una vez más y apuntó hacia el atardecer entre los altos edificios. Luego la dejó en el suelo y partió hacia allá, hasta perderse calle abajo.

El Objeto del Odio. Cada vez que le pegaban lo apretaba. Cada vez que se burlaban se astillaba las manos hasta hacérselas sangrar apretando sus bordes serrados. Una y otra vez.

El último rugido de advertencia la despertó de su cavilación y una luz cíclopea le apuntó directamente a ella. No había nada más en el universo entre ella y el tren. La niña abrió los brazos y se entregó a su destino.

Entonces, con un grito que emergió desde el fondo de su estomago, recorrió todo el camino hacia su garganta hasta explotar como un rugido atroz en su boca, se giró entera y arrojó el Objeto del Odio con toda su fuerza hacia el tren. Aquella cosa plana y circular recorrió la estrecha distancia que los separaba y cayó en uno de los rieles, antes de que la titánica rueda de metal se posara ahí.

Un sonido de agonía de metal se levantó en toda la ciudad. Los testigos más cercanos dicen haber visto descarrilarse todo el convoy a la salida del puente, recorriendo centenares de metros hasta incrustarse en un grupo de casas, retorciéndolas y transformándolas en un amasijo de carne, gritos y dolor.

Los vecinos que intentaron rescatar a la gente de ese bloque relataron tiempo después el terrorífico estado en el cuál encontraron sus cuerpos aún vivos. Como si una fuerza maliciosa hubiera jugado con ellos, la amalgama de cuerpos mutilados con extremidades arrancadas y trasplantadas de manera imposible aún murmuraba pequeños susurros de auxilio cuando ellos llegaron.

Si bien eran conocidos por todos como una familia de malos tratos y costumbres, eso era demasiado castigo para cualquiera. Así pensaron los presentes, que se arrodillaron y persignaron, dedicándoles una plegaria por el perdón de sus pecados cuando la última sobreviviente, la matriarca, expiró.

La luz del amanecer encontró el cuerpo de la niña flotando boca arriba sobre la tranquila corriente del río, con una sonrisa. Su tío había viajado más allá de donde se pone el sol, y ella iba a su encuentro.

Comienza la violación del mundo de la hoja vacía con una palabra que resuena en las paredes de este lugar que no tiene profundidad ni tiempo.

La palabra; invasora, argenta enemiga de la quieta inmovilidad e inocencia de este espacio vacío y blanco, cuál tumba preparada y procesada de algún ser vivo que la dio a nacer en contra su silente voluntad. Aquí yace la historia de lo que fuera un objeto inmaculado.

 La palabra; ¿motivo o propósito de la hoja? ¿Culpable o simple usuario?

Cada una de estas letras brilla contra el espacio níveo, dejando huellas que no cubrirán la niebla del tiempo o el polvo del estante cerrado, la cárcel de los libros.

Una página, luego otra; como un carrusel o montaña rusa, las palabras se aglutinan en frases, y estas en párrafos, islas de sentido entre las cuáles que se navega con la vista desde su orilla final hasta la costa del próximo párrafo, espacios más abajo.

En este espacio, canal de agua blanca, se mueven corrientes de sentido subconcientes. No hay peligro; no se puede caer de la barca porque se desplaza a toda velocidad con la ansia por comenzar a caminar la próxima palabra, orilla de sentido.

 Sin embargo, si te cayeras por la borda, ¿a qué caerías? Al fondo más profundo e infinito, a las corrientes más traicioneras, al lugar más oscuro y tormentoso del universo. Es una caída sin cordura de la cuál sostenerse. Cada hebra de idea, cada cuerpo que navega en el interior, es parte de la incoherencia del pensamiento perdido y peregrino, suelto y esperando algo a lo cuál unirse, otra idea a parasitar, un eslabón para poder sentirse cadena y descansar.

 Esa es la caída del bote. Por eso, cuando sentimos que el texto comienza a dejarnos, nosotros dejamos primero el texto y cerramos el libro. Dejamos lo escrito a la vigilancia de las otras palabras y frases y páginas, atrapadas bajo la presión de las tapas protectoras.

 No sea que miremos demasiado tiempo el abismo, hasta encontrar que los ojos que se reflejan entre reglones no son los nuestros; En la salida de este breve texto, escuchemos el murmullo textual de Nietzsche al declamar que el abismo, invariablemente, nos observará de vuelta (Más allá del bien y del mal, 1886)

Profecía

 El ejecutivo se carcajeó ante la pregunta. Sabía que la harían, así que estaba preparado, sonrisa a la cámara incluida.

  • Bueno, quizás sea cosa del progreso. Es una coincidencia que el primer chip bancario que se implanta en un ser humano funcione con un cifrado de 666 bits. Les dijimos a nuestros ingenieros si podían restarle o sumarle un bit, pero ustedes saben lo tozudos que son los computines cuando se les mete algo en la cabeza.

  • ¿Pero no considera que el público, especialmente el católico, se negará a implantarse un chip con todo el significado que rodea a la cifra?

  • Mire joven, pasamos el 2K y no se cayeron los aviones; luego vino el 2012 y no llegaron los extraterrestres. Nuestro país ha sido uno de los más pujantes dentro de las economías emergentes, y los avances en salud y sociedad nos tienen a la cabeza del continente. Al principio, la gente le pareció extraño el tema del transporte público con una simple tarjeta de plástico, pero ya se acostumbró y, de hecho, les facilita la vida.

  • Si, pero esto…

  • No me interrumpa. – el hombre apagó su sonrisa prefabricada y miró a todas las cámaras con seriedad – Nuestra sociedad neo capitalista necesita dar este salto tecnológico. Esto no lo hacemos por sacarle más dinero a la gente con nuestro producto, sino por todas las alternativas casi milagrosas que conlleva. A partir de este momento, Albert podrá pagar el transporte público, sacar dinero de un dispensador automático y comprar en supermercados sólo colocando su mano. No hay temor de robos, de extravíos ni olvido de cartera. Pero esto va más lejos aún. La arquitectura de programación del chip nos permitirá ir agregando más funciones posteriormente, cómo medición de sangre, rastreo satelital en caso de accidente o secuestro, almacenamiento y descarga de datos… las probabilidades de acá a cinco años son prácticamente infinitas.

  • Entendemos todo lo que nos explica – interrumpió un periodista distinto al anterior – pero sin embargo ha existido un fuerte rechazo de este proyecto por parte de la comunidad católica. ¿Puede darles algún mensaje que los tranquilice?

  • Desgraciadamente, y lo digo con mucho respeto, la Biblia de nuestro señor Jesucristo es un libro sagrado de historia. Esto es el presente y el futuro. Con el tiempo, sabrán que es bueno y necesario.

El debate se mantuvo por mucho tiempo, y tal como lo dijo el ejecutivo, lentamente todo se normalizó. La ciudadanía llevaba su chip implantado con el 666 bullendo en su sangre, permitiéndoles moverse por la vida cotidiana sin dificultades.

Más adelante, nadie pudo vivir una vida normal de ciudadano si no tenía implantado el chip. Todos los servicios funcionaban con él.

Nadie supo que un sótano oscuro y olvidado, en un edificio a punto de ser derribado, existía una caja con archivadores que guardaban un documento particular: la primera orden de compra de chips realizada por el gobierno de aquellos años a la empresa que los construía.

La cifra ascendía a todos los seres humanos que contaban en el último censo del país.. Desde un principio, nadie tuvo siquiera la oportunidad de salirse del sistema.

El Pintor

I

Hay arreglos que nunca deben hacerse.

En ese sentido, la madurez para saber si se está haciendo lo correcto no existe. Todo es cosa de una pizca de fe, capacidad de proyectar el futuro de manera sensata y mucha suerte.

Rodomiro Vicente Salvatierra no tenía esa claridad cuando, ya famoso y con toda una carrera de pintor hecha, le detectaron Párkinson. ¿Cómo le dices a un futbolista que tendrán que cortarle una pierna, o a un músico que quedará sordo?

Rodomiro contemplaba en las penumbras de su habitación aquel pequeño y esporádico temblor distal, y le parecía un terremoto. Se despertaba sobresaltado por el pequeño movimiento de su mano derecha, e, impotente, lloraba. No tenía nadie a su lado.

Durante décadas se dedicó a la vida bohemia, a disfrutar los mejores aires de París y Londres, a los espectáculos callejeros y a las aventuras de todo tipo. Mujeres y un par de hombres pasaron por su cama, y al menos pudo contar tres amores importantes antes que el aburrimiento le secara la savia vital, para cambiarla por hastío.

Expuso en el MoMa y en El Prado; pintó en las calles llenas de transeúntes en una Plaza Roja atestada de curiosos y periodistas, con un frío que traspasaba los huesos. Lo había hecho todo, ¿y esta era la forma de morir?

Intentó pintar su último cuadro. La traza roja subía con amor y el vértigo de una carrera y ahí, en el momento de dar la curva, el temblor. Y la línea se arruinaba.

Sin control, no era nadie. Su arte fluía cada vez con más miedo, y él atacaba la tela con más rabia. Líneas azules, verdes, amarillas, rojas… manchones… baldazos de pintura, todo eso terminó con un hombre gritando de rodillas en el suelo, preludio de un llanto bajo y desconsolado.

Su carrera había terminado, pero su vida continuaba. Ahora era sólo un anciano millonario y mediocre. Sin su arte, había bajado desde el Olimpo a vivir entre los mortales, pero llegó demasiado tarde para adaptarse.

Sesenta años, y aparte del Párkinson, una salud envidiablemente buena. ¿Qué diablos iba a hacer ahora, durante el resto de vida que le quedaba? ¿Cruceros por el mundo? Ya lo conocía de pies a cabeza. ¿Exploración o aventuras? A su edad y con esa maldita enfermedad progresando, era un suicidio.

Volvió una vez más a su taller. La luz dibujaba columnas en movimiento sobre el polvo de la habitación. Vio el cuadro, un mamarracho de niño, una explosión de furia de un inválido, y supo que si lo vendía, le pagarían millones, porque era suyo pero sobretodo por el morbo de ser el último Salvatierra. Lo estudiarían, usarían infrarrojos y ultravioletas y verían sus fallas. Saldría en el Discovery Channel y quizás le harían entrevistas, en las cuales cobraría mucho dinero por las molestias. Se acercó al cuadro y le prendió fuego.

II

Con quién hizo al trato siempre fue un misterio. Ni siquiera pudo acordarse cómo llegó ahí. Era una agencia oscura al fondo de un pasillo, en alguna callejuela de Brooklyn.

El arreglo con aquél hombre de sombrero y traje gris barato fue el siguiente: si en algún momento de la vida, cualquiera, él volvía a pintar, debía asesinarlo.

Sabía que le sería imposible pasar el resto de sus días sin tomar un pincel. Y cada vez que intentara pintar, se desconocería; nunca más sería digno de su leyenda. Tenía que morir como tal.

Y así pasaron los años, visitando amigos y antiguas novias, navegando su yate y viajando a lugares remotos. Lo intentó todo: medicina vudú y chamanes en México y Colombia; místicos New Age (todos los Best Sellers); la meditación transcendental. Nada. Todo esfuerzo se caía con el continuo movimiento de sus manos.

Algunas noches soñaba con colores que dibujaban autopistas Cherry Red pantón 173c, viajando a tremenda velocidad bajo cielos Gentian Blue, pantón 632c.  En su camino se dibujaban veleros minimalistas y chicas en bikinis de dos tonos, jugando con pelotas hechas de tres trazos, tres colores crudos.

Despertaba ahogado, intentando tragar aire. Una enfermera especialmente elegida por él ingresaba a la carrera, vistiendo una minifalda que le dejaba ver toda su maravillosa anatomía.

Luego de los análisis de rigor, le hacía cariño en la cabeza hasta que el anciano volvía a dormir. Pobre viejo, pensaba ella, pobre viejo millonario.

Se casó con ella y nadie dijo nada. No tenía familia ni herederos. “Quien nace chicharra muere cantando”, recordaron los pocos amigos vivos en su fiesta de matrimonio. “Al menos morirás teniendo buen sexo”, y se rieron a carcajadas estrechando copas de champán. Rodomiro vertió casi la mitad del líquido antes de poder tomar un sorbo.

Una noche de verano, la última de sus 89 años, se levantó de la cama. Su mujer dormía plácidamente.

Subió con gran dificultad hacia el ático, y al abrir la puerta se sobrecogió. En medio de la gran habitación había una tela nueva, impoluta. Sobre ella caía un baño de luz de luna que se colaba por las ventanas altas y cuadradas del estudio.

Avanzó con reverencia. A sus años, ya no le importaba nada. No se llevaría a la tumba ni la fama ni el dinero, ni siquiera a su mujer. Lo único de real valor que tenía  era su vida.

A un costado del atril había una caja de madera, y sobre ella, un pincel. Abrió el cofre y encontró decenas de tubos de la mejor marca. Estaba soñando, se dijo. Aspiró con pena en el pecho, y exhaló decisión. Su mano derecha temblaba como siempre, pero ya no le importaba.

Como una sinfonía imperfecta, trazó una línea de azul sobre la tela blanca. El temblor distal destruyó cualquier intento de pureza y armonía del trazo, pero siguió adelante.

Rojo, y descendió a toda velocidad, rayando hasta casi los bordes con el temblor.

Azul nuevamente y se precipitó desde el borde inferior derecho hacia el borde superior izquierdo, siguiendo una curva suave. Y la magia sucedió: la línea fue perfecta. Rodomiro contuvo la respiración de asombro, y preparó el amarillo.

Trazo tras trazo, línea a línea, construyó un cuadro que para él significaba todo. El pasado perdido lo revivió en cada esquina, lo purificó y denostó. Se rió de sí mismo y sus glorias pasadas, de su estupidez y ceguera.

La tela fue llenándose de colores fuertes, potentes, dirigidos por una mano maestra. Pequeñas pinceladas en algún costado sugerían pausa y detalle dentro del esquema total del cuadro. De improviso, los cielos azules fueron desplazados por cielos rosados pintados sobre ellos, y la furia de colores fue oscureciendo la obra hasta llegar al negro absoluto e imposible, el negro del vacío de la muerte.

Se hizo el silencio, el ruido de la nada, aquél que todo lo traga. Frente a él, en el centro del cuadro, lo observaba la muerte. Una muerte de ojos amarillos.

La paleta de colores cayó de la mano de Rodomiro. El humano estaba frente a su majestad eterna. Un honor.

Despacio y con dificultad, el pintor levantó la paleta y el pincel, y en el medio de aquél vórtice de oscuridad, realizó su última pintura.

III

Eran las 7 de la madrugada cuando emergencias recibió el llamado de la mujer de Rodomiro. No se encontraba en ningún lado de la casa, y necesitaba con urgencia sus medicamentos para el corazón. La policía se desplazó al lugar de los hechos, se hicieron los peritajes correspondientes y se estableció una búsqueda intensiva por todo el estado. Nunca más fue visto.

La desaparición lo catapultó inmediatamente al rango de leyenda. No hubo persona que no supiera algo de su vida, o que no hubiese visto al menos una imagen de sus cuadros. Le hicieron reportajes en Discovery Channel e History Channel, llenos de intrigas y misterio.

El último cuadro de Rodomiro Vicente Salvatierra, encontrado en el ático durante la mañana, fue vendido en una suma astronómica reservada sólo a los cuadros de Van Gogh. Se tituló “Autorretrato en fondo negro”.

Parte de la leyenda dice que sus sucesivos compradores tenían la sensación de que el cuadro los miraba con “desagradable intensidad”

La cosa

Lo tengo en la mano, ¿lo ves? Puedes tomarlo si quieres, no seas tímido. Eeeso, así, sujétalo con suavidad.

No coloques esa cara de asco si ya te había dicho que era viscoso… ¡Junta los dedos, que se está chorreando! No porque parezca hecho de moco significa que no le duele una caída.

¿Si muerde o pica? Un poco, si se siente incómodo, pero no te preocupes. Tendrías muy mala suerte si fueras alérgico a su mordedura.

¿Que te parece? Único en su tipo. Veo que no te gustó mucho, pero eso pasa siempre al principio. Fijate en la superficie de su piel y verás algo impresionante… fija un poco más la vista, no te desconcentres…

¡Exacto, se transparenta! ¿Ves esos patrones internos de su cuerpo, los que parecen espirales? Dale un minuto… ¡Si! ¿no te parece maravilloso? Se unen aleatóriamente para formar triskeliones. Y ahora comienza a cambiar de color, y espera un momento más… en silencio…

¡No lo sueltes! ¡Con cuidado que el único que queda! Tranquilo, pásamelo si no te gusta.

Te asustaste cuando comenzó a cantar. Escúchalo en mi mano, acerca tu oído para escucharlo mejor… así… muy bien… ¡NO… TE… RESISTAS…! ¡NO QUIERO… QUEBRARTE… EL CUELLO! ¡DEJA QUE ENTRE… CONDENADO..!

Ufff, eres muy… mucho más fuerte.. de lo… eso… Pero ya está. ¿Más tranquilo?

Ahora lo entiendes todo, ¿verdad? Ahora sientes su caricia en el interior de tu oído. Tranquilo, se pasa… y todo se vuelve mejor después.

Todo va a estar bien. Como yo, ¿viste? Yo también tengo uno en mi oído, y te contará cosas tan hermosas como a mi. Ahora te tocará llevarlo y presentárselo a un amigo.

No te preocupes. De ahora en adelante, él siempre te dirá qué hacer.

La caza

La cazadora siguió la pista fresca entre la vegetación. Por el tamaño de las pisadas, debía tratarse de una buena pieza.

 Sin embargo, el trayecto no salió tan fácil como lo había presupuestado. El dichoso animal se dio el lujo de atravesar matorrales espinosos, riachuelos y subió y bajo cuanto pequeño cerro había en su camino. Ella no sería menos, así que siguió la huella incansablemente durante varias horas. Finalmente escuchó un ruido frente a ella y se agazapó.

Al levantar lentamente la cabeza distinguió un venado blanco, el más grande que hubiera visto jamás, pastando tras un riachuelo a menos de cien metros de ella. En silencio sacó la flecha de su carcaj, tensó la cuerda y se enderezó apuntando al cuerpo del animal. No podía fallar.

Desde su posición, el venado la observó con sus ojos negros sin pupila. Dos vacíos se tragaron su figura en un pozo sin fondo. No había temor en el animal; más bien desafío.

La cuerda sonó y la flecha viajó recta a su meta, impactando en el costado del animal. Este saltó herido y desde su blanca piel se asomó un hilo de sangre. Pero apenas emitió sonido, y sin moverse continuó mirándola con intensidad. La cazadora calzó inmediatamente otra flecha para rematar a su gigantesca presa pero mientras determinaba un punto vital donde clavar la siguiente estocada, el animal simplemente se dio vuelta y, herido como estaba, caminó con parsimonia hacia el interior del bosque.

Lentamente, la cazadora bajó la flecha. Aunque estaba herido, el animal no tenía miedo. Aquella tranquilidad e indolencia le indicaban una sola cosa.

Ella había perdido.

Su presa le había ganado en el juego de la vida y la muerte. Sin miedo, cazar aquel animal sería como atrapar un cuerpo sin vida. En su imaginación vio cómo le disparaba flechazos a quemarropa para luego degollarlo, pero aquellos dos malditos ojos no le quitarían la vista ni un sólo momento. No le haría el quite a la muerte y al final la victima sería ella, pues habría pasado de cazadora a cazada, atrapada por la inquietante tranquilidad de aquel venado blanco.

Mientras lo veía marcharse la mujer se prometió regresar  y la próxima vez, de alguna manera, le vencería.

Inmigrantes

 I

La familia se levantó cuando el cielo comenzaba a aclarar. Después de tantos años ya se habían acostumbrado al procedimiento y no les atemorizaba.

La madre tenía una merienda preparada desde la noche anterior para no perder tiempo. Entre el desordenado ajetreo familiar, el menor de tres hermanos rezongaba disgustado que tenía sueño y no quería salir de la cama. Desde abajo le llegaron los gritos de su padre para que bajara a tomar desayuno.

Minutos después, las pisadas sobre el suelo de madera se aceleraron en un ir y venir desenfrenado. El caos duró cerca de una hora hasta que la familia salió finalmente de la casa. El padre cerró la puerta con cuidado mientras su mujer e hijos los esperaban con el vehículo en marcha

- Muy bien – dijo el papá con una sonrisa forzada – Vamos de paseo – Acto seguido, se pusieron en marcha hacia la frontera.

Los dos menores, de siete y diez años, exclamaron jubilosos y comenzaron a jugar entre ellos. El de trece se sumió en sus pensamientos adolescentes y dejó su vista vagar por los extensos y agrestes valles.

Un destello parpadeante en la pulsera les indicó que su visa de inmigrantes había expirado. La luz pasó del amarillo a rojo. Aleccionados como estaban, los niños no hicieron comentarios al respecto porque sabían que sus padres se ponían irritables.

Además, tan pronto pasaran la frontera, el color volvería con el paso de las horas hacia un saludable verde. Visitarían el pueblo de siempre donde comerían en el mismo sitio de la última vez (si es que existía) y al anochecer, volverían a casa.

- ¿Qué es ese ruido? – preguntó el menor de los hermanos.

- ¿Que ruido?- dijo  el hermano del medio.

- Ese, como una abeja.

Ambos dejaron de jugar y colocaron atención. Efectivamente, un zumbido destemplado crecía paulatinamente. Se miraron con extrañeza y se abalanzaron sobre el hermano mayor. Este se desembarazó de ellos con desagrado, y sólo cuando sus hermanos pudieron expresar al unísono lo que les intrigaba, el joven prestó atención.

- Papá, ¿lo escuchas? – le preguntó al conductor cuando comprobó que aquello no era otro juego de ese par de truhanes.

- ¿Que cosa?

- Ese ruido, como un zumbido.

En el asiento delantero, padre y madre se observaron, se dijeron algo que los niños no alcanzaron a escuchar y el resultado fue un seco “siéntense bien y colóquense sus cinturones” en aquel tono materno que no da opciones a una réplica. De improviso, el ambiente se tensó al interior del vehículo al sentir un súbito aumento de velocidad.

Entre las suaves colinas verdes, a la distancia, el menor de los tres hermanos distinguió algo semejante a una larga oruga de metal. La visión duró apenas unos segundos antes que el vehículo se sumergiera entre las depresiones de la carretera. Esperó hasta despuntar nuevamente sobre las montañas esperando con ansias confirmar su descubrimiento.

- Ven -, le susurró a su compañero de juegos. Este se arrimó a un costado para ver lo que le señalaba con el dedo, y segundos después vieron con claridad una oruga larga y mecánica, la cual reflejaba los destellos del sol. Eso era la que originaba ese sonido.

- ¡Miren! – exclamó el menor de los muchachos apuntando en aquella dirección. Los padres murmuraron algo inaudible y fue el mayor de los muchachos el que apuntó lo que realmente pasaba.

- ¿Eso es una fila de coches?

 II

Estacionaron su vehículo a un par de kilómetros de la frontera, cuando ya no pudieron avanzar más por el taco. El bullicio de las bocinas era ensordecedor, pero lo era aún más los gritos de desconcierto de la multitud que avanzaba hacia la gran cerca divisoria de la frontera. El papá tomó al menor de los hijos en un brazo y al otro lo afirmó fuertemente de la mano.

- ¡Corramos hacia esa parte del muro, donde hay menos gente!

- ¡Qué está pasando! – gritó la mujer con una bolsa de comida en la mano y su bolso en la otra.

- ¡No lo se! ¡Pero todos están corriendo hacia allá!

Apuraron el paso a campo traviesa. El pánico de todas aquellas personas comenzó a inundarlos y los hizo correr por el terreno irregular hacia la alta valla. Desde el otro lado, los esperaba una multitud enardecida.

- ¿Qué pasa, papá? – preguntó el menor que se aferraba a su cuello, con voz temerosa.

- Nada hijo. Afírmate bien.

El sonido de un rotocóptero sobrevolando la frontera se unió al caos. Desde sus altorparlantes, una voz metálica y autoritaria se dirigió a quien quisiera escucharlo.

- … la frontera está cerrada. Repetimos, la frontera está cerrada. Por favor permanezcan en sus vehículos e intentaremos solucionar la protesta lo más rápido posible…

Detrás de la alta verja, otro rotocóptero se comunicaba con el mar humano que repletaba la zona fronteriza. Un gran lienzo fue depositado por un grupo de manifestantes, que resumía el pensamiento de todo un pueblo: “Fuera la escoria inmigrantes. Muéranse de una vez”.

“Dios mío”, pensó el hombre. Aunque lograran cruzar el cerco, al otro lado seguramente los lincharían. Entonces escuchó un sonido agudo y repetitivo emergiendo desde sus pulseras.

- ¡Rápido! ¡Corran!

Al acercarse a la reja escucharon a la gente del otro lado escupir maldiciones en su cerrado acento.

- ¡Váyanse al diablo! ¡Muéranse todos!

- ¡No los queremos aquí, escoria maloliente! ¡Vuelvan a su país!

- ¡No pisaran nuestro césped nunca más!

Las manos de los miles de inmigrantes se aferraban a la reja de alambre entrelazado que los separaba del país vecino, a escasos centímetros, que les permitiría continuar viviendo. Lloraban de desesperación mientras la gente les golpeaba las manos con puños y patadas para que se soltaran.

Se escuchó una terrible explosión, y por los aires apareció un automóvil envuelto en llamas. Desde el otro lado de la frontera, un tanque daba vuelta su cañón principal con amenazante parsimonia. Nadie pasaría a la fuerza.

-¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte! – se produjo un espontáneo coro desde la multitud ubicada al otro lado de la reja. Cientos de inmigrantes hicieron un desesperado intento por salvarse y comenzaron a trepar la reja, y todos murieron baleados o acuchillados por individuos que los seguían desde el otro lado para impedirles el paso. Hubo intercambio de disparos aislados en algunas zonas de la frontera, pero no estuvieron dispuestos a masacrar a todos.

Querían ver el espectáculo.

- ¡Allá hay un claro! – gritó el hombre – ¡Escalemos por ahí!

Por el otro lado, una turba de gente los siguió. Sería inútil escalar la reja pero no tenían otra opción. Tras él, su esposa trastabilló y cayó al suelo, desde donde gritó desesperada:

-¡Por favor, llévense a nuestros niños! ¡Por favor!

La voz clara de otra mujer le espetó:

-¡No! ¡No queremos mierda en nuestras tierras! ¡Muéranse ya!

El hombre se dio vuelta y la levantó de un tirón para seguir corriendo. Entonces, tras un intenso y largo pitido, la mujer explotó.

La mano del hombre se quemó con el calor generado por la desintegración. Alrededor suyo, un coro de voces agónicas fue superado por las breves y controladas explosiones producidas por el desintegrador incorporado en el brazalete. El hombre vio a sus hijos chillar y desaparecieron en un estallido de chispas.

El pequeño que se aferraba al cuello se desintegró y el hombre acunó durante un instante una columna de aire hirviente donde un segundo atrás llevaba a su retoño. Cayó de rodillas atravesado por un dolor que nada tenía que ver con las quemaduras de su cuerpo.

Se miró las palmas ennegrecidas. Ahí estaban las cenizas de su mujer y su hijo, la huella carbonizada de toda su vida. La pulsera emitió el largo y final pitido, y desde el interior de su piel destelló una luz rojiza. Había sido una buena vida para un final tan amargo. De rodillas, pidió perdón por no haber salvado a su amada familia.

Su cuerpo se desintegró en miles de diminutas partículas de fuego, las cuales cayeron sobre el pasto ennegrecido. La multitud abucheo y vitoreo indistintamente a los sucios y cerdos inmigrantes que les quitaban el trabajo y ensuciaban su orden y su vida cotidiana. Se lo tenían merecido.

Epílogo

“…miles de detenidos en la frontera, los cuales propiciaron la mayor masacre en tiempos de paz de los últimos cincuenta años. Sin embargo, el ministro de Inmigración señaló que este desafortunado incidente no hará cambiar la política sobre el uso de los brazaletes de desintegración:

- Ha probado ser un elemento regulador, y a la vez disuasivo, de gran efectividad. Nuestros compromisos con las embajadas de los países hermanos nunca se vieron afectadas hasta el trágico día de hoy, lo cuál prueba que es una herramienta a la vez segura y estable…

-Ministro, disculpe pero ¿le parece seguro el asesinato en masa de catorce mil personas que intentaron infructuosamente cruzar la frontera el día de hoy? ¿No es acaso condenarlos a la muerte el tener un procedimiento tan restrictivo que les impida salir fuera del país hasta el mismo día del término de su visa?

-El problema, señorita, no fue ni de procedimientos ni de tecnología. Fue el odio, y las consecuencias de ese odio pertenecen a otro departamento que no es el que dirijo yo, sino el respetable ministro de justicia, el cual le referirá los resultados de las investigaciones a nuestro canciller para que se tomen las medidas diplomáticas y legales del caso. Muchas gracias.

-Ministro… “- un desconcierto de voces y micrófonos siguieron el trayecto del hombre hasta el auto negro que lo esperaba afuera del edificio. El día amenazaba con lluvia, como la mayor parte del año, y los periodistas vieron partir raudo al representante del gobierno.

“Estas han sido las palabras del ministro, quién asistirá durante la tarde a una misa en memoria de las víctimas. Para mañana el presidente agendó una reunión de emergencia para tratar el tema. Desde el Palacio de Justicia, soy Katherine Youvone.”

La periodista apagó su videograbadora y observó a resto de sus colegas dispersarse para redactar la noticia. Las primeras gotas cayeron sobre ella, arrastradas por el viento desde kilómetros de distancia donde las nubes engordaban y oscurecían. Suspiró de dolor y hastío, cuestionando la mierda de gobierno que podía haber permitido que esto sucediese.

Luego, con resignación, se respondió que no había sido sólo su país el culpable de esto. Todos estaban metidos hasta el cuello con aquel asesinato en masa, porque nadie se opuso con demasiada fuerza a la medida que se había implementado décadas atrás. Su país era poderoso e influyente, así que ¿quién se atrevería a apuntarlo con el dedo por las injusticias cometidas sistemáticamente contra los más débiles?

Se ajustó su chaqueta y sacó un cigarrillo. Aspiró el humo con ansiedad, pero ni la angustia ni el escalofrío que recorría su espinazo desaparecieron.

El amante de Salomé

La muerte nos visita de tanto en tanto, mi querida, tal como cuando me besaste. Te pido que no te sientas culpable por eso. Ahora que vengo a buscarte con el amor infinito de Aquel Que Me Cobija te pregunto, ¿Me seguirás?

¡Vete! ¿Es que no me escuchas? ¡Vete! ¡Ya no te quiero, mugriento y miserable mendigo! ¡Nunca te quise!

No, ya no te voy a escuchar. Tus palabras no me alcanzan, Bautista, porque yo soy la que te mató, ¡yo pedí tu cabeza, Juan Impotente Bautista! ¡Yo, Salomé, la niña de los ojos del reino! ¡La más bella de todas! ¡La más bella…!

Juan, déjame en paz, por favor. Por favor… no más…

La muerte nos visita de tanto en tanto, ¿eso es lo que me quieres decir? ¿Me vienes a llevar, de la mano? Tan agradable son tus palabras, tus susurros en mi oído como el viento nocturno del desierto. Si, Bautista, te sigo.

Salomé se arrojó desde el balcón de su atalaya en una noche de luna llena, buscando el abrazo del único hombre que la rechazó. Fue a su encuentro con una sonrisa de calmada tranquilidad, perdiéndose decenas de metros más abajo entre las sombras nocturnas de los edificios.

Sin embargo, en sus últimos segundos de vida dudó. Juan jamás le había dicho “querida” porque sólo su padrastro Herodes podía hacerlo.

Cuando la oscuridad se apoderó de ella, Juan el Bautista lloró.

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