Me pareció que este pequeño tenía algo particular en cuanto lo vi. No sé, quizás mis años de trabajo me han dotado de algún don para identificar a los niños especiales.
Luego del trauma de la separación y unas cuantas canciones, el jardín de infantes es lindo, mágico para casi todos. A la semana ya empiezo a ver caritas sonrientes, abrazos y amor. Un día, mientras los niños jugaban en el recreo, mi auxiliar hizo un comentario particular.
- ¿Oye, que te parece Claudito?
- Un tanto raro – admití.
- Si, tiene algo… un no se qué.
- Mmm… – di una larga pitada a mi cigarrillo – … si, también siento que hay algo particular en él. ¿Qué será?
Lo averigüe un par de días después, como resultado de una pelea entre él y un grupo que lo molestaba. Su primera respuesta me asombró.
- No se metan conmigo o les va a ir mal.
Le dijeron cosas, de esas que se dicen los niños pequeños para molestarse, y uno se acercó y le dio un empujón. Antes de que yo alcanzara a interceder, Claudio extendió sus manos y comenzó a flexionar y estirar sus dedos con rapidez hacia el agresor, diciendo en voz alta:
- No sabes con quién te estás metiendo, pero lo sabrás al llegar a tu casa y te arrepentirás. Todos ustedes se arrepentirán.
Jamás había escuchado una declaración así en un niño de este nivel. Sin saber porqué, se me pusieron los pelos de punta.
- ¡Claudio! ¿Qué es eso de amenazar a tus compañeros? Eso no se hace. Y ustedes tampoco tienen que molestar a Claudio que no les han hecho nada. Discúlpense con él.
Los agresores se disculparon a coro, con ese tono y cadencia de voz del que dice algo sin sentirlo realmente.
- Muy bien. No los quiero ver peleando de nuevo o no tendrán recreo. Ahora tu Claudio, discúlpate con ellos.
El niño se dio media vuelta y se fue hacia su asiento, dejándonos a todos perplejos. En mi carrera había visto niños amurrados, peleadores y llorones, pero aquella actitutd de autosuficiencia me dejó sin respuesta durante un segundo.
- ¡Claudio! ¿Adonde crees que vas? Te dije que te disculparas de tus compañeros. ¡Vuelve acá!
El niño me miró con aquellos ojos negros, tan oscuros que parecían vacíos.
- Mantenga su distancia, profesora. Si no, le irá mal a usted también.
Casi diría que aquella voz no era la de un niño. Hice lo que me correspondía y lo llevé donde la directora, castigado. Atravesé todo el largo patio a la mayor velocidad posible hasta entrar en la oficina de la señora. El carácter de los mil demonios de aquella mujer inspiraba respeto en niños y adultos por igual, con una voz pesada como lápida.
Claudio se sentó en la silla que le señalé con una calma que me pareció insultante.
- A ver, ¿que tenemos aquí? – preguntó la mujer, entrada en años y bastante rellena.
- El es Claudio. Ha sido insolente con sus compañeros y conmigo, y me dejó hablando sola.
- ¿Es verdad lo que dice la profesora Soledad?
- Sólo le dije la verdad
- ¿Cuál verdad, hijo?
- Que tuviera cuidado, que no se metiera conmigo o tendría problemas.
La directora me miró con asombro, y yo levanté mis hombros a modo de respuesta.
- Disculpa que te pregunte, pero ¿cuantos años tienes tu?
- Cinco
- ¿Y te crees grande como para andar amenazando a la gente?
- No era una amenaza, señora. Sólo una advertencia.
- Mira hijo. No se cómo serán en tu casa, pero aquí se hace lo que yo digo, y yo digo que a las profesoras se les respeta. De otra forma, vamos a tener problemas. ¿Te queda claro?
- Si señora.- respondió él, con la voz del niño atemorizado y arrepentido que esperaba escuchar.
- ¿Algo más que quieras preguntar o decir? – dijo la directora, y se puso sus lentes para dar por terminada la conversación.
- Si señora. Si usted decide que esta va a ser la relación que vamos a tener, espero que también se haga responsable de las consecuencias que vendrán para usted.
Y dicho eso, el muy bastardo nos sonrió.
II
Maldito. Este niño está maldito.
Al día siguiente de la pelea con Claudio, Marcelito no llegó. Su mamá nos envió una comunicación diciendo que se había enfermado del estómago. El niño estuvo una semana en cama con una infección gastrointestinal aguda.
Durante los días que siguieron, aquellos niños que lo habían molestado sufrieron diversos accidentes. En el recreo, uno de ellos se cayó del columpio y se golpeó la cabeza con el asiento; la herida tuvo que ser atendida con sutura. Otro metió el pie en un hoyo y se esguinzó gravemente; el tercero pisó un cable en mal estado que había en mi sala (juro por Dios que estaba bueno), y lo golpeó una fuerte descarga eléctrica.
Instintivamente, los niños empezaron a dejarlo solo. En el patio todos jugaban a una prudente distancia de él, y si no fuera porque es imposible, habría pensado que una sombra reptaba y se expandía alrededor de Claudio.
También mi auxiliar estaba teniendo problemas con él. No le hacía caso en las instrucciones, pues pasaba gran parte de la clase concentrado en dibujar extraños símbolos geométricos. Cuando intentó forzarlo a dibujar una letra, el niño le gruñó. Ahí fue cuando intervine yo.
-
¿Claudio, qué está pasando?
-
La señorita Adriana me intentó quitar el lápiz.
-
¿Y por eso tienes que comportarte como un animalito?
El muy insolente me contestó
Y cuando le tomé el lápiz, el niño me enterró los dientes. Tuve una sensación de dolor intenso, como si me hubieran inyectado veneno. Una mezcla de calor y escalofríos me recorrió todo el cuerpo, grité, los niños gritaron conmigo y me desvanecí. Adriana me interceptó antes de caer al suelo.
Apenas me recobré, tomé a Claudio de un brazo y sin chistar lo llevé hacia la oficina de la directora. Luego de contarle lo sucedido, redactamos una comunicación para sus apoderados y le dejé sentado allá.
Las cosas comenzaron a cobrar sentido al día siguiente cuando llegaron sus padres. Si el niño era raro, esta pareja era de antología. Podrían haber aparecido en los Locos Adams sin problemas. Ambos eran enjutos y ligeramente encorvados, vestidos con la elegancia de los años 40. Sus lánguidos ojos se fijaron en mí como podrían haberlo hecho dos lampreas que buscan sangre fresca para devorar.
Escucharon lo que había hecho su hijo y por toda reacción obtuvimos una ligera sonrisa.
-
Disculpen el comportamiento de nuestro hijo. Es un tanto adelantado.
-
¿Adelantado?¿En qué? – les respondí con serena indignación.
-
No se preocupe, profesora. A partir de mañana no la volverá a molestar.
Nos miramos con la directora. La voz aflautada del hombre flotó en el cuarto con un dejo de amenaza que me puso la piel de gallina. Asentimos con la cabeza y la reunión llegó a su fin.
Esa noche tuve el primer sueño.
Estaba boca abajo en un suelo de largos tablones de manera. Al incorporarme pude ver un techo alto, de casona antigua. Una luz cegadora y mortalmente blanca inundaba el pasillo donde me encontraba, proveniente de una ventana larga y estrecha.
En la esquina donde no llegaba la luz, algo comenzó a moverse. Escuché el sonido de un cuerpo arrastrándose hacia la luz y el contorno de su cara me espanto. Claudio, con los ojos blancos e hinchados como globos, gateaba hacia mí, llamándome por mi nombre. Ponerme de pié y correr fue un sólo movimiento a través del pasillo que se extendía sin fin hacia adelante. Huí sin pausa por aquella galería infinita, llena de ventanas y puertas. Tras de mi se acercaba Claudio, cada vez más cerca, cada vez más…
Sentí una pequeña mano atrapando mi tobillo en movimiento, trastabillé y caí al suelo. Se trepó sobre mi cuerpo como una araña y sentí su boca sobre mi cuello y su aliento pútrido diciendo mi nombre al momento que sus dientes se cernían sobre mi piel.
Desperté con un grito. Que horror, que horror… estaba completamente empapada, llorando y para colmo, sola en mi departamento, que en las sombras de la noche se volvió más grande y tenebroso.
Por algún motivo que desconozco, quizás el sentido de sobrevivencia, tomé la resolución de terminar aquello de una vez por todas. En la mañana me dirigí a la oficina de la directora con paso resuelto.
-
Señorita Hera, pase por favor. ¿Qué sucede?
-
Directora, vengo a renunciar.
La mujer se sacó los anteojos en un gesto que antecedía una bravata, así que preparé para pelear.
-
Discúlpeme, ¿dijo usted que viene a renunciar?
-
Si, señora. Ya no aguanto más a ese niño. Estoy con pesadillas y siento que no voy a poder ser objetiva en el trato con él. Esto está afectando en mi rendimiento laboral, así que no voy más con este trabajo. Le pido me disculpe.
No pude evitar que se me escaparan unas lágrimas. La vieja, impasible, sacó unos pañuelos de papel y me los pasó.
-
Lamento mucho lo que está pasando, profesora, pero le pido que, por favor, se siente.
Le hice caso. Su voz pausada, pesada, me anticipó que esto no se había terminado.
-
¿Le molesta que fume? Gracias. Señorita Hera, sé que ha estado pasando por momentos complicados en el manejo de grupo…
-
No tengo problemas de manejo de grupo, señora, es…
-
… y eso es comprensible. Sin embargo, algunos padres están muy contentos con su trabajo, y quieren que continúe a cargo de sus hijos.
Quedé paralizada. Supe al instante de quién hablaba.
-
Los papás de Claudio consideran que usted es una excelente maestra. A su hijo le gusta su persona.
- ¡Pero a mí no!… – grité sin poder controlarme.
-
… por lo que aseguraron durante tres años más a su hijo en el colegio – la muy bruja hizo una pausa ante mi cara de horror, dio una larga pitada a su cigarrillo y continuó – Para eso, han pagado los tres años por adelantado.
Me dejó atónita. Nadie hacía eso, menos en este jardín infantil de mala muerte. Pasado el estupor me armé de valor y mantuve mi posición.
Me puse de pie y di la vuelta para marcharme.
Me detuve. “¡No te quedes! ¡Vete!”, me decía una voz en mi interior.
Eso era mucho dinero, y lo necesitaba. Maldita sea, lo necesitaba mucho. Suspiré mi derrota.
-
Esta bien. Continuaré. – Cerré la puerta con cuidado y fui al baño a llorar mi rabia, miedo e impotencia. Soy una maldita llorona, una mierda de mujer, débil…
III
Cuando llegó Claudio, ya no era el mismo. Durante todo el día no pronunció ni una sola palabra. En la hora de colación, jugó solo en un rincón del patio, a la sombra, como si le molestara la luz. Eso, si se podía llamar “juego” a lo que estaba haciendo: movía unas piedrecillas en el suelo en un patrón rítmico que para mí no tenía sentido.
Pero sus ojos, esos ojos negros en aquel rostro pálido, me espantaron. No tenían brillo, parecían los de un muñeco de porcelana, sin fondo. Aquél día me fui con la inenarrable impresión de que algo terrible le había sucedido.
En noche volví a soñar la misma pesadilla. Claudio me perseguía, me hacía trastabillar y trepaba sobre mi cuerpo para morderme, diciendo mi nombre. Desperté con un grito. No sabía cuanto más duraría mi cordura.
Sin embargo, los siguientes días y noches tomaron un cariz cada vez más extraño. Claudio comenzó progresivamente a empeorar su mutismo, empalidecía y sus ojos estaban cada vez más negros. Comencé a poner atención, y para mi espanto confirmé (con la ayuda de mi auxiliar, porque a esas alturas del partido pensé que me estaba volviendo loca) que sus pupilas se estaban dilatando progresivamente. El proceso fue sucediendo al tiempo que se le marcaban unas profundas ojeras.
A las dos semanas, los niños fueron arrinconándose a un sector de la sala, aquel donde Claudio no estaba. Un día fue demasiado: toda la primera y segunda corrida de bancos estaba vacía, con el niño sentado sólo en el medio de la corrida de la izquierda, y su mirada puesta en mí como si se tratase de un muñeco. En el extremo opuesto se encontraba el resto del curso, manteniendo un estricto silencio roto solamente por las canciones que les obligaba a cantar, en un esfuerzo desesperado para mantener la normalidad de la situación.
Los sueños fueron repitiéndose de manera casi calcada noche tras noche. Yo no descansaba, y al parecer, Claudio tampoco.
El viernes de la segunda semana decidí darle un corte final al tema de los sueños. Todo comenzó de la misma manera: el niño gateaba persiguiéndome mientras yo corría despavorida. Me hacía trastabillar y cuando caía al suelo, se trepaba directamente a mi cuello susurrando mi nombre con aliento fétido. Cuando sentí sus dientes alrededor mío, reaccioné con lo único que tenía.
El desgarro de la carne y músculos de mi cuello fue el dolor más atroz que jamás he sentido. Mi sangre manaba directamente a sus labios y lengua, que lamía todo lo expuesto como si fuera una lija sobre mis interiores.
Grité. Grité todo un universo infinito de dolor, y cuando el alma se me salió por la boca de tanto gritar me encontré sentada en una cama, cómoda y blanda.
A mi lado, Claudio estaba sentado con un juguete en sus manos. Sus piernas se balanceaban hacia adelante y hacia atrás como las de un niño inocente. Alzó su rostro para mirarme e hizo un gesto que me sorprendió: levantó los hombros al unísono, colocando cara de resignación. Intentó tomarme la mano, ante lo cuál la saqué de golpe. Entonces volvió a concentrarse en su juguete.
El cuarto donde nos encontrábamos tenía el piso de manera y el cielo alto. La cama era antigua, de esas con dosel y techo. Desde el ventanal a la izquierda entraba una luz radiantemente blanca, la que arrancaba pequeñas sombras a los escasos juguetes repartidos por el piso.
Lo miré sin poder articular palabra.
-
Mis papás hacen cosas malas – continúo – y me obligan a hacer cosas malas. La otra vez, en el cuarto de mamá, le amputaron las piernas a una ranita, y me obligaron a hacerle unas rueditas para que pudiera continuar corriendo. Yo soy muy bueno con esas cosas, ¿sabe?, pero me dio pena la ranita.
Durante un tiempo indeterminado, el niño me relató lo que sus padres le enseñaban y obligaban a hacer. Maldiciones, pesadillas y demonios transitaron por sus labios como si narrara el trabajo de su papá o lo cotidiano de su mamá. El niño veía todo y participaba en gran parte de aquello.
Claudio hizo algo que me descolocó completamente: se puso a llorar. Pero su llanto no era el lastimero o agotado llanto de un adulto; quien lloraba era un niño, asustado y perdido. Mis reflejos de parvularia actuaron antes que los de la mujer asustada, y lo abracé.
Sentí en lo más profundo de mi ser lo desamparado que estaba aquel niño. No había cariño ni amor para él en ningún lugar de este mundo.
Sólo entonces comprendí que, al final de cuentas, Claudio seguía siendo tan sólo un niño.
Más tranquilo, me explicó que lo que hacía en sueños conmigo era la única manera que tenía para poder engañar a sus padres y juntarse conmigo. Me toqué el cuello sin encontrar ni un rasguño. Le acaricié la cabeza en señal de entendimiento.
Desperté aliviada. No sé qué hora era, pero me mantuve en vela todo el resto de la noche. La revulsión y el pavor que sentía por el pequeño se transformó, de manera total, en compasión.
Esperé con ansia la llegada de Claudio. Los niños mantenían el humor sombrío y la sala estaba helada, aún más que el invernal patio. Claudio no llegaba.
Cerré la puerta pasada media hora, y comencé a cantar la canción de un Dragón llamado Ramón. Los niños repitieron lo que yo hacía sin ánimo. De improviso, tres golpes en la puerta me detuvieron en seco y volteé.
Mi corazón dio un vuelco y tuve que controlarme para no dar un salto de alegría. Su rostro estaba notoriamente más compuesto, los ojos volvían a ser normales y las ojeras casi habían desaparecido. Lo mejor de todo fue que al verme, sonrió.
V
Durante varios días, nuestras juntas en los sueños fueron precedidas del muy desagradable ritual de la cacería. Sentados en su cuarto, me contó sobre quienes eran sus padres, qué hacían (y con quién), además de lo que estudiaba cuando no estaba aprendiendo a leer.
Dado que era la reencarnación de alguien, todo aprendizaje era, para el, algo sencillo; se trataba más bien de recordar.
-
¿Por qué te envían al jardín entonces?
-
No lo sé. Para que conozca a la gente, supongo. Puede ser que necesite aprender o recordar cosas en contacto con otros niños… pero no lo sé en realidad. Hay muchas cosas que dicen mis papás que no entiendo.
En el jardín, progresivamente, se fue integrando a los otros niños. No fue de un día para otro, pero con el paso de las semanas comenzó a jugar con sus compañeros. Pronto lo integraron, y si no fuera por nuestros encuentros nocturnos, para mí habría sido un niño más.
Llegó el fin de semestre y las vacaciones. Le dije en sueños que no lo visitaría durante unas semanas, porque necesitaba descansar y pensar sobre todas las cosas extrañas que habían sucedido. Se entristeció, pero a la noche siguiente no aparecí en el fatídico pasadizo. Soñé algo de un perro y el mar saliéndose. Desperté, y al rato comencé a reírme. Qué raros me parecían los sueños normales luego de varios meses sin tener uno.
Las dos semanas de vacaciones fueron eso: vacaciones. Qué descanso y relajo sentí durante esos días. Con el tiempo empecé a sentir que parte de lo vivido había sido un raro producto de sugestiones y una suerte de coincidencias, las que habían llegado a hacerme creer que todo lo soñado había sido cierto. Después de todo, nunca había hablado con Claudito fuera de los sueños.
Lo cierto era que todo estaba funcionando; los niños por fin jugaban juntos sin mayor problema, mi sueldo estaba más que bien y había recibido felicitaciones de la directora por el trabajo realizado. ¿Qué más podía pedir? Sexo más continuado y de un hombre fijo, pero eso se daría con el tiempo, estaba segura de eso. Me dejé caer en la cama y seguí disfrutando de mis sábanas en ese día de vacaciones.
La noche anterior al retorno a clases, abrí mis ojos en ese maldito pasillo.
Claudio venía gateando como siempre. No pude evitar lanzar una maldición y comenzamos con el juego de siempre. Cuando todo terminó y aparecimos sentados en su cama, me dijo con tristeza.
-
No voy a volver al jardín.
-
¿Por qué?
-
Mi mamá descubrió que me juntaba con usted en sueños. Les dije que me sentía bien, querido, y que yo la quería mucho a usted.
El niño hizo una larga pausa y no me atreví a interrumpirlo. Cuando vi que unas lágrimas corrían por sus mejillas no pude menos que abrazarlo.
-
Pero Claudito, ¿qué pasa?
-
Es que… es que me dijeron que no puedo querer a nadie… a nadie más que a ellos… que usted sólo es mi comida…
Los pelos se me pusieron de punta, e instintivamente lo solté.
-
¿A qué te refieres con comida?
-
Que se supone que yo tengo que tomarle su energía para crecer. Que tengo que hacerla sufrir, convertirla en marioneta igual como lo hice con la ranita.
Todo eso me lo dijo entre llantos. Sentí que lo avanzado retrocedía de un plumazo, que todas mis seguridades lentamente construidas se iban al cuerno de golpe. Lo dejé sollozar un rato mientras me armaba de valor para seguir preguntándole.
Bajó su cabeza y me contestó con pesadumbre.
Su silencio fue mortuorio. Sentí la infinita desazón que emanaba desde él. ¿Cómo podía ayudarlo?
Al parecer me leyó el pensamiento.
No supe que decir. Su cara se contrajo en un rictus de pena.
-
Adópteme, por favor. No dejen que me lleven de nuevo.
-
Claudio, yo… no puedo. Tú tienes papás, y por buenos o malos que sean, serán tus papás siempre.
El niño se arrojó a mi cintura y me abrazó. Lloró un lamento largo, profundo, lleno de desesperanza. Era una despedida.
Amanecí con lágrimas en los ojos. Me costó levantarme, porque no quería ir al trabajo y constatar que todo aquello había sido cierto.
Espere y esperé a que llegará Claudio. Hice clases como pude, y luego conversé con los niños de algo que no me acuerdo. Por lo mismo no sé cómo llegamos a tocar el tema de los sueños.
Casi me caí del asiento.
¿Qué le podía responder? ¿Que era verdad que un niño podría colarse en los sueños de otros? Si lo llegaba a repetir en la casa, me echarían por loca. ¿Qué era mentira? No era mentira, no ahora que me lo confirmaba José Miguel.
-
Los sueños son sueños, Miguel. ¿Quién más…?
-
Yo también soñé con Claudio – gritó desde el fondo Adelina, levantando su manita para que le diera la palabra – Se vino a despedir.
-
Yo también soñé con…
-
Y yo.
-
¡Yo señorita, yo!
En cosa de segundos, todos los niños saltaron de sus asientos levantando la mano, para contar su experiencia. Me rodearon y me tuve que poner de pie. Sus manitas se alzaban hacia mí, pidiendo que les diera la palabra.
En sus bocas se repetía como un mantra el nombre de Claudio.
-
¡Ya, silencio! – exclamé desesperada. Cuando los niños me miraron con desconcierto, entendí que mi reacción había sido desmedida. No supe que decir. Para mi suerte, sonó la campana de salida a recreo. Los envié afuera y le pedí a mi auxiliar que les repartiera la colación. Así tuve tiempo para estar sola en la sala con mis pensamientos.
Un rato después entró Adriana.
-
¿Que te pasó? ¿Qué fue todo eso?
-
Nada Adriana. Nada.
-
Oye, tú me estás ocultando algo.
-
No, en serio. Ve a cuidar a los niños.
Se dio media vuelta y partió. Al alcanzar la puerta dijo.
Se fue. No había nada en que ella pudiera ayudarme.
¿Pero es qué había algo que yo pudiera hacer? ¿Alguna cosa? ¿Cualquiera?
VI
Le di vueltas al asunto un largo rato. Decidí hacerme una terapia.
Entre sueños, a lo lejos, como el rumor de olas reventando en una costa lejana, me parecía escuchar el quejido de un niño. Al despertar me quedaba con esa sensación, la que no me abandonaba por completo durante el día.
En la primera sesión, le comenté el caso a mi psicólogo, quién me escuchó respetuosa y profesionalmente. Hizo alusión a mi soltería, me preguntó sobre mi vida sexual, mis padres, mi historia familiar. Trazó una “hoja de ruta” cómo lo llamó, sobre el rumbo que tomaríamos para mi terapia. Se lo agradecí con la misma cortesía con que me había escuchado y partí por las calles, sin rumbo fijo.
Tomándome un café en un lugar me dediqué a ver la gente pasar. Mi mente divagó por rincones oscuros y me sorprendí observando a los papás y mamás llevando de la mano a sus niños. El psicólogo tenía razón en algo: hacía tiempo que quería tener un hijo. Mi forma de vida fuera del trabajo distaba mucho de ser tranquila, y me gusta la fiesta, los muchacho guapos y olorosos, y todo lo demás.
Pero también sentía el llamado de la naturaleza, aunque lo escondiera bien. Ahora, una cosa era eso, y otra muy distinta era locura que se estaba gestando en mi cerebro, una locura de proporciones. Eso tendría que conversarlo con mi psicólogo en la próxima sesión.
Sin embargo, aquella noche me senté en mi cama, sin poder conciliar el sueño. Me di vuelta de un lado para otro, imposibilitada de sacarme lo que horadaba mi conciencia. Una y otra vez me decía que no, y sin embargo la idea seguía ahí, persistente. Me dormí a pura fuerza de voluntad.
Aparecí en algún lugar de esa maldita casa, donde estaba Claudio mirando fíjamente a la pared. Me acerqué a él.
Di un salto hacia atrás. Aquella amenaza había sido dada con toda la fuerza que un niño puede generar.
A pesar de temer la respuesta, le pregunté.
Se dio vuelta y grité. En vez de ojos, tenía dos cuencos vacíos y ensangrentados en cuyo fondo brillaba fuego.
Eso era demasiado. Me puse firme y le di una orden.
-
Detente.
-
No puedo. Estoy castigado.
-
Te digo que lo pares, Claudio. Es una orden.
-
Quiero parar… por favor diles que ya no más… pero no puedo, ellos me obligan. Usted sabe.
En ese momento sentí una presencia, una sombra densa, aproximándose por el pasillo.
-
¡Rápido! Exclamó – ¡Saben que usted está acá! ¡Váyase profesora!
-
No hasta que hable con ellos.
-
¡Morirá! ¡La volverán loca! ¡Váyase profesora, por favor!
-
No hasta que hable con ellos – insistí.
-
¿Pero que les va a decir?
La presencia aumentó su intensidad. Ahí comencé a sentir miedo de verdad. Sin embargo, respondí con certeza.
Claudio se me acercó. Un sombra comenzó a materializarse a su espalda.
-
¿Me va a adoptar?
-
Si, Claudio
-
¿Para toda la vida?
Me arrodillé y mire hacia esos pozos infernales. Lo abracé con fuerza.
-
Para toda la vida, mi niño.
-
Gracias – me dijo. Segundos después, escuché el chillido más espantoso que jamás había sentido en mi vida. Salí disparada por los aires hacia el otro extremo del pasillo, como si estuviera en caída libre, y en vez de estrellarme contra la pared desperté en el aire, en mi habitación, cayéndome de la cama.
Durante un momento me ahogué del espanto. Mi corazón latía a mil pulsaciones por minuto. Pasó un largo rato antes que desapareciera aquel escalofriante sonido de mis oídos.
En el aire había un olor a quemado.
VII
A la mañana siguiente recibí un llamado. Era mi directora.
“Supiera de mi odisea nocturna” , reflexioné.
-
¿Que sucede?
-
Hubo un accidente. ¿Recuerda usted el niño que no ha ido al jardín en un tiempo, Claudio?
-
¿Sí?
-
Ayer hubo un incendio en su casa. Se quemó todo, incluyendo sus padres.
-
¿Y el niño? – pregunté con un hilo de voz.
-
Sobrevivió, pero está en el hospital…
Anoté todo mecánicamente. Tomé un taxi y partí con mis sentidos embotados. No pensaba en nada. Cuando llegue creo que me presenté como una pariente, o la profesora, no recuerdo. Volví a recuperar la conciencia de mis actos cuando escuche la respuesta a una pregunta que no recordaba haber hecho.
Ahí me derrumbe en el sillón más cercano, agotada.
Claudio salió del hospital aquella jornada. Siendo que no tenía ningún pariente conocido, la directora del jardín y yo nos hicimos responsables del cuidado del niño mientras aparecía algún tío o tía del muchacho, o mientras el Servicio Nacional de Menores tomaba una determinación de qué hacer con él. Por mi parte, yo tenía claro qué hacer: el lunes comenzaría con el papeleo para su adopción.
El funeral de sus padres fue corto, y había poca gente. Aparte del niño estaba yo, la directora y el arrendador del inmueble, que hizo la gentileza de presentarse para presentar sus respetos al muchacho. Claudio se colgó a mi cuello y pude sentir su pequeño corazón latiendo junto al mío. Lloró un rato, pero él y yo sabíamos el verdadero motivo de sus lágrimas.
Por fin, después de tanto tiempo, había terminado su pesadilla.
Epílogo
-
Inspector Toro.
-
Profesora Hera, mucho gusto. ¿Qué la trae por aquí?
-
Quiero plantearle un problema. A mi hijo Claudio los niños del curso le hacen Bullying. Yo le he enseñado a no pelear, a no meterse en problemas, así que quiero pedirle que tome cartas en el asunto.
-
Señora Hera, haré lo que pueda. Sin embargo, tenemos más de dos mil alumnos en este colegio, y controlar un puñado de ellos para que no molesten a su hijo será un poco complicado. Con el poco personal que tenemos en los patios, no podemos asegurarle que estarán siempre atentos a lo que pasa con él. Además, afuera del colegio no tenemos manera de asegurarnos que no lo molestarán
-
¿Qué me sugiere entonces?
-
Quizás sería una buena idea que el muchacho aprendiera a defenderse.
-
¿Esa es su sugerencia, inspector?
-
Es la que le puedo dar, señora.
-
Esta bien, se lo diré – me puse de pie y al estrecharnos las manos lo miré a los ojos y agregué – Una cosa más: después de esta conversación, le ruego que por favor se haga responsable por todo lo que está a punto de suceder en este lugar.