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Hiperempatía

No he podido olvidar es momento. ¿Quién de nosotros podría hacerlo?

Amanda le suplicaba de rodillas al profesor Rodríguez que no continuará. Este, docente de varias décadas, estaba consternado por el comportamiento de la pequeña niña. Nosotros observábamos con creciente tensión la escena donde el profesor intentaba cumplir con su deber de corregir y enseñar el arte de la lectura.

Amanda gritaba “por favor, por favor no me haga leer más”. Ninguno de los presentes entendía qué le pasaba, pero veíamos que estaba sufriendo.

El profesor insistió. “¡Lee!”. “No profesor, por favor” fue la respuesta. Nuestra compañera se deshacía en sollozos, afirmándose del delantal blanco del adulto. Franzen, el compañero extranjero, se puso de pie y balbuceó algo cercano a “deje de molestarla”. Supongo que fue eso lo que dijo, no lo recuerdo con seguridad.

El profesor le recriminó y siguió insistiendo. Amanda lloraba de rodillas en el suelo. Todos estábamos tensos, y algunas compañeras se pusieron a llorar. El profesor insistía en que terminara de leer el cuento sobre un joven que andaba en patineta. Nadie tomó en cuenta a Marcela cuando ésta gritó qué algo estaba sucediendo en la cara de su amiga.

“¡Lee!”, gritó una vez más el profesor. “¡No quiero! ¡No quiero! ¡Duele!”

Sin embargo, a esa edad los profesores son omnipotentes. Al menos en mi tiempo de niñez lo eran. Sosteniendo a la niña por un brazo y con el libro abierto en otro, le puso la línea en cuestión frente a los ojos.

“y… “ balbuceó Amanda, “y… el niño voló por los aires… y abajo lo esperaba el trozo de cemento. Con un grito de… de… horror sintió que su brazo estirado chocaba contra él y… y…¡aaaaaahhhhhhhhh!”

Nunca he logrado sacarme esa imagen de la cabeza.

El codo de Amanda, del brazo por el cuál la sostenía el profesor, se arqueó de una manera imposible hacia adelante y se salió por el otro lado. Estoy seguro haber escuchado el chasquido de sus huesos.

Gritó ella, sosteniéndose su bracito. Gritamos nosotros y salimos en estampida hacia afuera, Del profesor lo último que recuerdo es una mirada estúpida que ahora, después de tanto tiempo, comprendo que fue de espanto

Recuerdo correr por el pasillo del segundo piso, escapando de aquella escena junto con mis compañeros hacia algún lugar seguro. Bajé las escaleras casi volando y luego no me acuerdo de nada más.

Amanda no volvió al colegio, y el profesor tampoco.

Después del acontecimiento nos volvimos un curso silencioso, opaco. Crecimos juntos, superamos la niñez y también la adolescencia. hicimos amigos afuera y muchos de nosotros hemos sido felices. Pero durante los diez años que continuamos en las aulas de ese colegio, estoy muy consciente que fuimos oscuros, casi monásticos, entre nosotros.

Fuimos un monumento hacia la hiperempatía y la hipoempatía que presenciamos aquella tarde.

Algunas veces, como ahora, me despierto con las imágenes de aquella tarde y aún me dan escalofríos. Tengo claro que en el lugar donde habíta mi niñez, aún sigo corriendo con pavor.

Arreglos

 I

 El exorcista alejó la palma de su mano de la cabeza del hombre reclinado sobre la camilla. Este arqueó su pecho y su respiración se detuvo, luego abrió los ojos, los que comenzaron a salirse de sus órbitas, y emitió un graznido ahogado.

El hombre de pie, vestido de negro, recitaba unas frases de un libro abierto en su mano izquierda. Había hecho suficientes exorcismos en su vida para diferenciar a un loco de un embaucador o un poseso. Este pertenecía a los últimos, y por lo que podía ver, el demonio no tenía ninguna gana de abandonar el cuerpo.

  • ¡Dime tu nombre! – exigió el exorcista – ¡Revélate en voz alta, ante la luz del trino de Zetatul!
  • ¡Jamás! – espetó el poseído – ¡Tú no tienes autoridad sobre…!
  • ¡Suéltalo, bestia infernal! – le interrumpió – ¡Mi mano se enviste con la luz sagrada de los siete sellos de Aljbara! ¡Me dirás tu nombre, caído, o tu dolor será infinito!
  • ¡Mataré al huesped! – amenazó el hombre con una voz que no era de este mundo.
  • ¡En el nombre de…los tres… arggg…. señores del trino de la luz…. te despojo…de tu… – el exocista intentaba enunciar las palabras contra un repentino ventarrón que se había levantado al interior del subterráneo sin ventanas. Las velas se apagaron y todo quedó en oscuridad – te despojo de… de tu … cuerpo astral!

Un grito ascendió desde el fondo de la garganta del poseído mientras un aura brillante se delineaba sobre su cuerpo. La antinatural luminiscencia azulada se adelantó de golpe y adquiró los rasgos distintivos de una criatura con las cuencas vacías, la que gritaba aterrorizadamente.

  • ¡Me lo llevaré!- carraspeó – ¡Me lo llevaré al…!
  • ¡Dime… tu… nombre! – y alejó la mano de la frente del hombre con enorme dificultad. Este era un pez grande.
  • Aaaaaaarggggggonnnnaesssssssshiiiii! – siseó.

¿Argonaeshi? ¿El demonio primordial de la tribu Sambutana del centro de África?

  • Te ordeno, a la luz purificadora del trino de Zetatul, que abandones este cuerpo mortal y entres en esta vasija, Argonaeshi.
  • Jaaaaaaamaaaaaaaaas….
  • ¡Ahora! – y dio un jalón a una cuerda invisible que ataba su mano con el espíritu parásito. La forma lumínica vagamente antropomórfica se convirtió en un hilo de luz que abandonó el cuerpo del poseso y flotó directamente a una vasija de cerámica ornamentada con curiosos símbolos en su superficie. Entró con un suspiro y el exorcista la tapó de inmediato mientras pronunciaba votos de atadura y contención. Entonces respiró en paz.

El consultante yació en la camilla, y en plena oscuridad se escuchó como su jadeo de supervivencia se transformaba en un lento y profundo sollozo. Estaba libre y, sobre todo, estaba vivo.

II

El consultante se había ido. Su familia vino a buscarlo y se marchó con él, previo pago del “tratamiento psicoenergético”. No era demasiado dinero, por lo que su agradecimiento fue sincero.

El exorcista se despidió de ellos con visible rostro de cansancio. Los siguió con la vista mientras atravesaban su jardín, y luego de despedirse una última vez con la mano, borró su sonrisa cordial, cerró la puerta y echó llave.

Descendió al subterráneo siguiendo la luz de su linterna. El lugar hedía a una mezcla de olores que habrían hecho ariscar la nariz de cualquier persona; el sebo de las velas, el sudor del cuerpo humano en estado de terror y el particular olor de las alimañas espirituales al ser arrancados del huésped flotaban en el ambiente, impregnando el suelo de madera y los muros circundantes.

Se aproximó a la jarra blanca con símbolos azules. La tomó y sopesó. “Así que Argonaeshi”, reflexionó. “Están llegando desde muy lejos”.

Se aproximó al muro del fondo y recitó unas palabras inteligibles de un origen tan antiguo que era probable que los primeros labios en pronunciarlas no hubiesen sido humanos. De improviso, un chasquido recorrió el cuarto, y frente a él destelló una franja vertical de luz azul, la que se expandió al develarse la habitación secreta que todos los miembros de su orden tenían. El exorcista apagó la linterna y entró.

A una temperatura cercana a los frescos 18 grados, el cuarto albergaba estanterías repletas de jarrones iguales al que portaba. Buscó un lugar entre los ilustres y decidió dejarlo al lado de Bastophet, el que había imprisionado la semana pasada. Acarició la suave superficie de la cerámica como un niño contemplando un juguete admirable. Paseó su vista por el lugar, y se dirigió hacia el sitio donde reposaba aquel demonio con el cuál conversaba cada vez que podía.

Con el tiempo, le había pintado incluso unos símbolos de color rojo a su vasija para diferenciarlo del resto, contraviniendo las enseñanzas de su maestro sobre la exactitud tanto del color como del número de sellos que debían tener las prisiones. No le importaba; aquél viejo se había equivocado claramente, como había descubierto al romper las reglas.

Recordó el curioso hormigueo que sintió al atrapar este ejemplar. Varias veces le dieron ganas de sacarlo, pero su férreo entrenamiento le permitió pasar por la tentación. Sin embargo, en sueños y luego a través de varios textos descubrió una manera de contactarse con aquél demonio sin necesidad de sacarlo de la botella. Se negó durante largo tiempo a hacerlo, con la clara conciencia que esto era justamente lo que aquella criatura quería.

Un día, sin embargo, no aguantó más. Con un simple pincel y pintura roja para cerámica, se acercó con temor reverencial, sabiendo que estaba a punto de cometer una herejía que pondría en peligro su vida y la existencia de todo lo que lo rodeaba. La lucha de voluntades fue encarnizada: desde la vasija surgía un encanto, un dulzor que jamás había conocido. Era superior a las sensaciones de estar con su primer amor, del encuentro con la luz de la trinidad, de la satisfacción serena de sanar a quienes lo consultaban.

Su fuerza de voluntad, el saber que hacía lo correcto al respetar las reglas, se caía a pedazos; Con el corazón absolutamente acongojado, con una pasión encendida que arrasaba su voluntad como fuego en un campo de trigo, levantó la mano y dibujó el primer símbolo en estado de tensión extrema, llorando.

Como muchas cosas en la vida, luego del primer paso, el resto fue más sencillo. Dibujó toscas representaciones de una serie de códigos que se dibujaban en su mente, los cuales podía ver cuando cerraba los ojos. Al finalizar, suspiró, y escuchó claramente la voz de Loki, el cuál lo felicitaba y le invitaba a estar sin miedo junto él, pues no le haría daño jamás.

Durante muchas sesiones, conversaron largos periodos de tiempo. Así pudo enterarse  que el fin del mundo, o Ragnarok, se aproximaba a pasos agigantados.

  • Empezarás a notar que demonios o entidades de lugares lejanos aparecen acá, en tu refugio. Desde África hasta la India, desde México al Tibet y la China, todos están inquietos, porque saben que se aproxima el fin de los tiempos.
  • ¿Y cuando sucederá?

La voz adquirió un tono sensual y juguetón.

  • ¿Y para qué quieres saber? Tú no te vas a salvar. Nadie lo hará.

El hombre se revolvió inquieto.

  • ¿No hay nada que hacer? – preguntó con voz avergonzada.
  • No estarás intentando hacer un trato con un demonio – sugirió la voz, y en su mente sonó una encantadora carcajada.

El hombre se fue indignado aquella vez, y no volvió a entrar durante tres semanas, cuando comenzó la avalancha de demonios en su consulta.

Empezó con un joven que llegó recomendado por un antiguo paciente. Efectivamente tenía un demonio de nombre árabe. A la semana siguiente, una mujer llegó derivada por su superior; una súcubo se revolvía en su interior.

De esta manera, una semana tras otra, sin parar, comenzaron a llegar personas poseídas. Sus compañeros se mostraban sorprendidos, pues no daban abasto con la cantidad creciente de posesiones. Los sacerdotes católicos también estaban a manos llenas.

Dada la gravedad del asunto, se realizó un cónclave secreto de exorcistas en un lugar indeterminado del mundo, al cuál asistió el Superior de la orden. Una semana después, este reunió a toda la orden en la Capilla Central de Zetatul.

  • Hermanos, tenemos grandes problemas entre manos – dijo sin introducción – La creciente horda de posesiones tiene que ver con el fin de los tiempos.

Un murmullo de preocupación recorrió el salón circular, construido en alabastro y coronado por un domo alto, desde donde pendía el símbolo del Trino de la Luz labrado en oro macizo.

  • Todo parece indicar que en algún momento de este año, un gran fenómeno cósmico afectará a nuestro planeta, poniendo en riesgo de extinción a toda la vida sobre él.

Presionó el botón de un control remoto diminuto que traía consigo, las luces se apagaron y comenzó una proyección sobre el fondo blanco.

  • Estos rollos corresponden a fragmentos apócrifos de la biblia encontrada en el mar muerto. Cuatro de ellos extienden el capítulo del apocalípsis, dando mayores explicaciones sobre las posiciones de las estrellas y las características de los movimientos geoenergéticos que sucederán previamente al cataclismo. Todos ellos se han cumplido ya.
  • Hermano – interrumpió uno de los asistentes – Exactamente ¿a qué se refiere cuando habla de “cataclismo”

El Superior dio una mirada a sus segundos en línea de sucesión, y asintieron con la cabeza.

  • Se producirá el paso de una serie de asteroides de origen desconocido a corta distancia de nuestro planeta, estableciendo un cinturón que circunvalará el sistema solar al quedar atrapado por la gravedad del sol. Este nuevo cinturón alterará órbitas de planetas y lunas, particularmente Venus, la Tierra y Marte. Los resultados son absolutamente impredecibles, pero ciertamente serán catastróficos. Aunque ninguna de estas rocas nos impacte, lo que significaría el fin de toda la vida de manera instantánea, de todas maneras se modificará nuestra órbita, por lo que los terremotos, maremotos y tormentas eléctricas estarán a la orden del día.
  • Hermano ¿Y esto que tiene que ver con los demonios? – preguntó el exorcista mientras se acordaba de la conversación con el casquivano Loki – ¿Acaso ellos no son seres multidimensionales, a los cuales no les afectaría nuestra desaparición?
  • Te equivocas en eso – le respondió – Si bien son seres de otra conformación, los demonios en sus distintas categorías son siempre demonios humanos; esto significa que dependen de nosotros para su subsistencia. Existen otras entidades en la creación que no tienen ningún significado para nosotros, y nosotros para ellos tampoco. Pero particularmente los demonios dependen de la humanidad y de algunas otras especies para su existencia.
  • ¿A qué nivel? – preguntó nuevamente, intrigado.
  • Para su representación de sí mismos. Verás, los demonios son mensajeros de orden superior, los cuales dependen de otros seres con conciencia para ser funcionales. Si no pueden desarrollar su función, se vuelven una energía latente e inútil, hasta que encuentran alguna entidad en la cuál manifestar su función.

El silencio se hizo en el salón, mientras los ecos de la voz del Superior se extinguía.

  • Es por eso que están intentando colocar avatares y parte de sus manifestaciones en nosotros. Quieren encontrar una forma de escape de este cataclismo.
  • Ragnarok – musitó el joven.

III

  • Veo que has vuelto convertido en un creyente – se burló Loki.
  • ¿Hay alguna manera de salvarse?
  • Claro que sí. De otra manera no estarías conversando con una manifestación mía, la que se dejó atrapar en una ceremonia a la que le faltó mucho para ser convincente.

Luego de un tiempo conversando con él, el hombre se había acostumbrado a su particular trato.

  • ¿Cuál es la forma de salvarse?
  • Soy un demonio. ¿Me creerías?
  • Por supuesto que no – suspiró el hombre – pero me produce curiosidad escuchar tus alternativas.
  • Los humanos son todos iguales. Nunca recuerdan que la curiosidad mató al gato. Muy bien, ahora te explicó cómo podemos salvarnos.

“La tierra no resultará dañada con el paso de la Lanza de Odín, pero sí morirán todos los seres vivientes. La única forma de aislarse de esta energía es al interior de las cámaras de contención que nos tienen imprisionados”

- ¿Estas cámaras de contención? – preguntó el hombre mirando a su alrededor. Desde los jarrones se estiraban sombras ominosas por todo el lugar.

“Verás; el mismo material y runas que nos contienen en estas vasijas permiten aislar cualquier tipo de energía de cualquier nivel. Lo que tienes que hacer es bastante simple: ya tienes acá tu propia arca de Noé. Todo sucederá de improviso, y será breve. Si sobrevives, necesitarás alimento y agua suficiente para vivir un año. Al final de ese tiempo, renacerá una nueva tierra con un nuevo orden mundial.”

  • Es muy bonito y simple. Hay una trampa en esto.
  • Si – admitió Loki.
  • No te creo nada.
  • Es sabio no creerle al Dios del Engaño. Pero lo que te voy a decir ahora es verdad: tú morirás, al igual que toda la humanidad, si no me haces caso.
  • ¿Qué es lo que ganas tú con todo esto, Loki?
  • ¿Yo? Sobrevivir. Por eso nos dejamos atrapar.
  • Si mueren todos los seres vivientes del planeta, ustedes perderán su función.
  • Es por eso que necesitamos que algunos de ustedes vivan.

El hombre quedó mirando la vasija mientras la luz de la conciencia lo golpeaba con toda fuerza.

  • Quieren tener esclavos.
  • Más bien alimento, humano. Nos alimentamos de ustedes.

Se alejó lentamente de la vasija, como si esta pudiera lanzarse al cuello en cualquier momento. Comenzó a escuchar un murmullo parecido al susurro del viento, el que fue adquiriendo cada vez más definición. Era risa, la risa de los demonios enclaustrados en las vasijas.

De eso se trató todo el tiempo. Por un momento pudo ver toda la verdad: los exorcismos habían sido la carnada, y los exorcistas de todo el mundo, en todas sus formas, no eran otra cosa que ganado.

Durante todo este tiempo los habían estado cultivando.

  • ¡No te saldrás con la tuya! – le gritó a la vasija de Loki, y se dio vuelta, apuntando al resto de los recipientes con el dedo mientras retrocedía hacia la puerta – ¡Ninguno de ustedes lo hará! ¡Volverán a su infierno particular de donde vinieron y nadie, ni el mismo Dios los podrá devolver a la tierra! ¡Lo juro por todo lo sagrado que hay en el universo!
  • No hagas juramentos que no podrás cumplir – respondió la voz de Loki.

La puerta tras de sí se cerró de golpe. La luz interior titiló durante un eterno instante, y se apagó.

  • Tú serás nuestro heraldo.

Un temblor agitó el cuarto, y las vasijas tintinearon.

  • No – murmuró con temor – No puede ser.

El final había llegado.

El movimiento se aquietó. Las luces de emergencia se encendieron con timidez en el fondo del cuarto. Entonces vino el terremoto.

Las estanterías se vinieron abajo y el sonido de la cerámica haciéndose añicos contra el suelo se sumó al rugido de la tierra. El ruido combinado ahogó los gritos de desesperación del hombre, quién arañaba las puertas implorando a todas sus creencias que lo dejarán salir de ahí.

El torbellino fue eterno. En medio de aquella catástrofe sin precedentes en la historia humana supo que a sus espaldas se alzaban sombras sin cuerpo y deseó estar muerto. que la tierra aplastara su casa. Pero eso no ocurrió. Como todas las cosas en la existencia, luego de un tiempo indeterminado disminuyó la intensidad del movimiento y en un instante terrible todo volvio a quedar en silencio, detenido.

En aquellos instantes sintió la pausa que hay entre un latido de corazón y otro. Sudaba helado, su respiración subía y bajaba con el terror de enfrentarse a lo inenarrable que se erguía atrás suyo. Afirmó con una mano el signo del trino de la luz, oró su credo y temblando, se dio vuelta.

Lanzó el último y mayor chillido de su vida cuando los demonios se abalanzaron sobre él.

Mientras devoran el alma y la carne del exorcista, la voz de Loki se multiplicó y con esa cacofonía le dijo a su victima.

  • ¿Lo sientes? ¿Sientes la gloria del dolor y la desesperación infinita? Bien, mi humano, muy bien. Esto – he hizo una pausa para mirar las cuencas sanguinolentas en cuyo fondo reposaba lo que alguna vez fueron ojos – esto es el infierno.

El viaje

El viaje fue de lo más agradable. Recorrer setecientas millas en una carretera donde campos verdes y dorados se intercalaban con frondosos bosques, tranquilizan a cualquiera. El cielo se mantuvo celeste brillante, moteado con ocasionales nubes blancas y regordetas de tránsito cansino.

María paladeaba aquella visión de paz. Apenas se escuchaba el murmullo bajo y constante de los neumáticos.
Quién diría, quién podría haber imaginado, que tanta belleza fuera posible.

Marcos casi no había dicho palabra en todo el viaje. Bajó la ventana para recibir un poco del gélido aire exterior, lo que le provocó comezón en su nariz. Se recostó en el cómodo asiento mientras sentía como su piel se helaba.

Un golpe en el techo los sacó de sus reflexiones particulares. Observaron hacia arriba para descubrir una nube negra apareciendo desde la nada. El hombre observó el tacómentro y preguntó:

- ¿Cuánto nos queda?

- Poco – dijo la mujer – no creo que alcancemos a llegar.

- Acelera – espetó nervioso – vamos a lograrlo.

La mujer no respondió. El impecable cielo azul comenzó a tornarse gris con rapidez mientras el vehículo avanzaba a toda velocidad por la carretera hacia el próximo bosque. En su interior, las ramas altas se mecían ante repentinos ataques de viento, asemejando una lúgubre despedida.

- Yo compré combustible para alcanzar a llegar a la costa – refunfuñó el hombre.

- Pues calculaste mal. No vamos a llegar.

Marcos bajó el pestillo de su puerta, miró con tosudez a su mujer y declaró.

- Yo mo me bajo de acá hasta no llegar al mar. Colocamos todos nuestros ahorros en este viaje, y no los vamos a perder.

La mujer lo miró en silencio, y lo imitó. El cierre centralizado bloqueó las puertas del vehículo. Instantes después, las puertas comenzaron a vibrar.

- Yo me encargo – dijo el hombre. Se pasó al asiento de atrás y se colocó a la espalda de la conductora.

- ¿Qué vas a hacer?

- Tú sigue conduciendo.

El hombre colocó su mano sobre el cierre de las puertas, y lo mantuvo presionado. La vibración alrededor del vehículo se intensificó.

- Pero…

- ¡Pero nada! ¡Continúa!

- Es que nos van a…

- Hagan lo que hagan, sigue conduciendo.

El viento se levantó con furia. A la vera del camino aparecieron conejos, ardillas y otras alimañas que vieron pasar a los viajeros en una frenética carrera hacia el mar. Sus ojos brillaban bajo el cada vez más oscuro cielo.

Los golpes al vehículo se intensificaron. Comenzó a moverse de manera inestable y la mujer apenas podía mantener el control. En el viento aullaban voces iracundas que los amenazaban.

- Marcos, yo creo que…

- ¿Qué, María? ¿Qué crees tú? ¿Quieres parar acá? ¿Quieres bajarte? Ya están furiosos con nosotros por haber incumplido con nuestro tiempo. Continúa. Veremos el mar cueste lo que cueste.

- Sabes que eso no es posible.

-Veamos.

Salieron del bosque bajo un cielo tormentoso que se retorcía como una masa negroverduzca. Entre las nubes y el horizonte pendía un sol crepuscular.

- ¡Allá! – exclamó el hombre con júbilo y apuntó al horizonte – ¡Allá está el mar! ¡Puedo verlo! María ¿lo ves?

Sobre el horizonte, una superficie irregular del color del mercurio reflejó y descompuso la mortecina luz del atardecer en millones de resplandores. El sol, en su tránsito final hacia la noche, se tornaba gigante y rojizo. En ese momento nada más les importó.

El hombre le tomó los hombros a su mujer y se incorporó para besarle una mejilla. Sintió la traza húmeda de las silenciosas lágrimas de emoción que la recorrían. Con profundo cariño, le susurró al oído.

- Amor, te presento el mar.

La mujer dejó escapar un sollozo, retorciendo el manubrio del vehículo que en ese momento era azotado por vientos cruzados, golpes y amenazas de seres invisibles. Se les había acabado su tiempo y sin combustible, el vehículo desaceleraba progresivamente. Ella mantenía el pedal al fondo, intentando llegar hacia el último promontorio para ver por primera y última vez la costa y el mar en toda su extensión.

Finalmente, el vehículo se detuvo. La mujer chilló y golpeó todo lo que tenía a su alrededor. Marcos la dejó expresar toda su frustración. Había faltado muy poco, apenas doscientos o trescientos metros para llegar a la meta.

El ruido exterior se volvió insoportable. Las voces los llamaban de mala manera, dedicándoles garabatos de grueso calibre mientras las puertas amenazaban con salir volando arrancadas de cuajo.

- Amor… amor… es suficiente – la intentó calmar el hombre – Se terminó. Salgamos.

María comenzó a tranquilizarse. El cielo sobre ellos se tornó negro, y cuatro cegadores focos de luz los apuntaron desde arriba. Durante todo el viaje no se habían percatado del ruido de la maquinaria, algo que había comentado en algún momento durante el comienzo de la travesía. Las nubes se dispersaron, todo desapareció a su alrededor a excepción de las voces y la luz.

- No nos van a tratar bien, amor. Te necesito entera.

María inspiró y espiró profundamente un par de veces con los ojos cerrados. Sus latidos se normalizaron.

- Estoy lista – mintió.

- Bien – El hombre sacó su mano del seguro de la puerta del conductor. Durante un par de segundos, nada pasó.

Y entonces, los seguros de las 4 puertas se levantaron al unìsomo, las puertas se abrieron y la pareja fue jalada con fuerza desde el auto por aquella fuerza invisible.

- ¿Qué mierda tienen en la cabeza ustedes, par de imbéciles? ¿Ah? ¡Tenemos un montón de gente haciendo cola y esperando su turno con reservas anticipadas! ¡Y al par le da por hacer un Bonnie and Clyde y correr desaforados por el paisaje! ¡Esta es su última vez acá, olvídense de volver al simulador!

“De todas maneras no pensábamos entrar de nuevo”, pensó Marcos, “Nos gastamos los ahorros de los últimos cinco años en este viaje”.

No fue necesario decir nada. La seguridad los tomó en volandas y los arrojó a la calle como los viles pordioseros que eran. El espectáculo fue observado por una larga fila de gente que esperaba su turno para usar el Simulador de Viajes, la única atracción de alta tecnología que se atrevía a llegar a esos recónditos y empobrecidos lugares. Cobraban el triple que en una ciudad y daban menos kilometraje por ese dinero, con el objetivo tener la mayor cantidad de usuarios en el menor tiempo para largarse rápidamente de cada uno de esos pueblos roñosos.

María se sentó en la calzada, se tomó las rodillas con las manos y su pelo sucio y hediondo le cubrió la cara.

- Estuvimos tan cerca – repetía entre sollozos – tan cerca…

Su compañero de toda la vida se arrodilló frente a ella, y en medio de la noche, le besó las manos con amor.

El Alumno

Me pareció que este pequeño tenía algo particular en cuanto lo vi. No sé, quizás mis años de trabajo me han dotado de algún don para identificar a los niños especiales.

Luego del trauma de la separación y unas cuantas canciones, el jardín de infantes es lindo, mágico para casi todos. A la semana ya empiezo a ver caritas sonrientes, abrazos y amor. Un día, mientras los niños jugaban en el recreo, mi auxiliar hizo un comentario particular.

  • ¿Oye, que te parece Claudito?
  • Un tanto raro – admití.
  • Si, tiene algo… un no se qué.
  • Mmm… – di una larga pitada a mi cigarrillo – … si, también siento que hay algo particular en él. ¿Qué será?

Lo averigüe un par de días después, como resultado de una pelea entre él y un grupo que lo molestaba. Su primera respuesta me asombró.

  • No se metan conmigo o les va a ir mal.

Le dijeron cosas, de esas que se dicen los niños pequeños para molestarse, y uno se acercó y le dio un empujón. Antes de que yo alcanzara a interceder, Claudio extendió sus manos y comenzó a flexionar y estirar sus dedos con rapidez hacia el agresor, diciendo en voz alta:

  • No sabes con quién te estás metiendo, pero lo sabrás al llegar a tu casa y te arrepentirás. Todos ustedes se arrepentirán.

Jamás había escuchado una declaración así en un niño de este nivel. Sin saber porqué, se me pusieron los pelos de punta.

  • ¡Claudio! ¿Qué es eso de amenazar a tus compañeros? Eso no se hace. Y ustedes tampoco tienen que molestar a Claudio que no les han hecho nada. Discúlpense con él.

Los agresores se disculparon a coro, con ese tono y cadencia de voz del que dice algo sin sentirlo realmente.

  • Muy bien. No los quiero ver peleando de nuevo o no tendrán recreo. Ahora tu Claudio, discúlpate con ellos.

El niño se dio media vuelta y se fue hacia su asiento, dejándonos a todos perplejos. En mi carrera había visto niños amurrados, peleadores y llorones, pero aquella actitutd de autosuficiencia me dejó sin respuesta durante un segundo.

  • ¡Claudio! ¿Adonde crees que vas? Te dije que te disculparas de tus compañeros. ¡Vuelve acá!

El niño me miró con aquellos ojos negros, tan oscuros que parecían vacíos.

  • Mantenga su distancia, profesora. Si no, le irá mal a usted también.

Casi diría que aquella voz no era la de un niño. Hice lo que me correspondía y lo llevé donde la directora, castigado. Atravesé todo el largo patio a la mayor velocidad posible hasta entrar en la oficina de la señora. El carácter de los mil demonios de aquella mujer inspiraba respeto en niños y adultos por igual, con una voz pesada como lápida.

Claudio se sentó en la silla que le señalé con una calma que me pareció insultante.

  • A ver, ¿que tenemos aquí? – preguntó la mujer, entrada en años y bastante rellena.
  • El es Claudio. Ha sido insolente con sus compañeros y conmigo, y me dejó hablando sola.
  • ¿Es verdad lo que dice la profesora Soledad?
  • Sólo le dije la verdad
  • ¿Cuál verdad, hijo?
  • Que tuviera cuidado, que no se metiera conmigo o tendría problemas.

La directora me miró con asombro, y yo levanté mis hombros a modo de respuesta.

  • Disculpa que te pregunte, pero ¿cuantos años tienes tu?
  • Cinco
  • ¿Y te crees grande como para andar amenazando a la gente?
  • No era una amenaza, señora. Sólo una advertencia.
  • Mira hijo. No se cómo serán en tu casa, pero aquí se hace lo que yo digo, y yo digo que a las profesoras se les respeta. De otra forma, vamos a tener problemas. ¿Te queda claro?
  • Si señora.- respondió él, con la voz del niño atemorizado y arrepentido que esperaba escuchar.
  • ¿Algo más que quieras preguntar o decir? – dijo la directora, y se puso sus lentes para dar por terminada la conversación.
  • Si señora. Si usted decide que esta va a ser la relación que vamos a tener, espero que también se haga responsable de las consecuencias que vendrán para usted.

Y dicho eso, el muy bastardo nos sonrió.

II

Maldito. Este niño está maldito.

Al día siguiente de la pelea con Claudio, Marcelito no llegó. Su mamá nos envió una comunicación diciendo que se había enfermado del estómago. El niño estuvo una semana en cama con una infección gastrointestinal aguda.

Durante los días que siguieron, aquellos niños que lo habían molestado sufrieron diversos accidentes. En el recreo, uno de ellos se cayó del columpio y se golpeó la cabeza con el asiento; la herida tuvo que ser atendida con sutura. Otro metió el pie en un hoyo y se esguinzó gravemente; el tercero pisó un cable en mal estado que había en mi sala (juro por Dios que estaba bueno), y lo golpeó una fuerte descarga eléctrica.

Instintivamente, los niños empezaron a dejarlo solo. En el patio todos jugaban a una prudente distancia de él, y si no fuera porque es imposible, habría pensado que una sombra reptaba y se expandía alrededor de Claudio.

También mi auxiliar estaba teniendo problemas con él. No le hacía caso en las instrucciones, pues pasaba gran parte de la clase concentrado en dibujar extraños símbolos geométricos. Cuando intentó forzarlo a dibujar una letra, el niño le gruñó. Ahí fue cuando intervine yo.

  • ¿Claudio, qué está pasando?

  • La señorita Adriana me intentó quitar el lápiz.

  • ¿Y por eso tienes que comportarte como un animalito?

El muy insolente me contestó

  • No se meta profesora, si no quiere que la muerda.

  • ¿Cómo te atreves a hablarme así? ¡Pásame ese…!

Y cuando le tomé el lápiz, el niño me enterró los dientes. Tuve una sensación de dolor intenso, como si me hubieran inyectado veneno. Una mezcla de calor y escalofríos me recorrió todo el cuerpo, grité, los niños gritaron conmigo y me desvanecí. Adriana me interceptó antes de caer al suelo.

Apenas me recobré, tomé a Claudio de un brazo y sin chistar lo llevé hacia la oficina de la directora. Luego de contarle lo sucedido, redactamos una comunicación para sus apoderados y le dejé sentado allá.

Las cosas comenzaron a cobrar sentido al día siguiente cuando llegaron sus padres. Si el niño era raro, esta pareja era de antología. Podrían haber aparecido en los Locos Adams sin problemas. Ambos eran enjutos y ligeramente encorvados, vestidos con la elegancia de los años 40. Sus lánguidos ojos se fijaron en mí como podrían haberlo hecho dos lampreas que buscan sangre fresca para devorar.

Escucharon lo que había hecho su hijo y por toda reacción obtuvimos una ligera sonrisa.

  • Disculpen el comportamiento de nuestro hijo. Es un tanto adelantado.

  • ¿Adelantado?¿En qué? – les respondí con serena indignación.

  • No se preocupe, profesora. A partir de mañana no la volverá a molestar.

Nos miramos con la directora. La voz aflautada del hombre flotó en el cuarto con un dejo de amenaza que me puso la piel de gallina. Asentimos con la cabeza y la reunión llegó a su fin.

Esa noche tuve el primer sueño.

Estaba boca abajo en un suelo de largos tablones de manera. Al incorporarme pude ver un techo alto, de casona antigua. Una luz cegadora y mortalmente blanca inundaba el pasillo donde me encontraba, proveniente de una ventana larga y estrecha.

En la esquina donde no llegaba la luz, algo comenzó a moverse. Escuché el sonido de un cuerpo arrastrándose hacia la luz y el contorno de su cara me espanto. Claudio, con los ojos blancos e hinchados como globos, gateaba hacia mí, llamándome por mi nombre. Ponerme de pié y correr fue un sólo movimiento a través del pasillo que se extendía sin fin hacia adelante. Huí sin pausa por aquella galería infinita, llena de ventanas y puertas. Tras de mi se acercaba Claudio, cada vez más cerca, cada vez más…

Sentí una pequeña mano atrapando mi tobillo en movimiento, trastabillé y caí al suelo. Se trepó sobre mi cuerpo como una araña y sentí su boca sobre mi cuello y su aliento pútrido diciendo mi nombre al momento que sus dientes se cernían sobre mi piel.

Desperté con un grito. Que horror, que horror… estaba completamente empapada, llorando y para colmo, sola en mi departamento, que en las sombras de la noche se volvió más grande y tenebroso.

Por algún motivo que desconozco, quizás el sentido de sobrevivencia, tomé la resolución de terminar aquello de una vez por todas. En la mañana me dirigí a la oficina de la directora con paso resuelto.

  • Señorita Hera, pase por favor. ¿Qué sucede?

  • Directora, vengo a renunciar.

La mujer se sacó los anteojos en un gesto que antecedía una bravata, así que preparé para pelear.

  • Discúlpeme, ¿dijo usted que viene a renunciar?

  • Si, señora. Ya no aguanto más a ese niño. Estoy con pesadillas y siento que no voy a poder ser objetiva en el trato con él. Esto está afectando en mi rendimiento laboral, así que no voy más con este trabajo. Le pido me disculpe.

No pude evitar que se me escaparan unas lágrimas. La vieja, impasible, sacó unos pañuelos de papel y me los pasó.

  • Lamento mucho lo que está pasando, profesora, pero le pido que, por favor, se siente.

Le hice caso. Su voz pausada, pesada, me anticipó que esto no se había terminado.

  • ¿Le molesta que fume? Gracias. Señorita Hera, sé que ha estado pasando por momentos complicados en el manejo de grupo…

  • No tengo problemas de manejo de grupo, señora, es…

  • … y eso es comprensible. Sin embargo, algunos padres están muy contentos con su trabajo, y quieren que continúe a cargo de sus hijos.

Quedé paralizada. Supe al instante de quién hablaba.

  • Los papás de Claudio consideran que usted es una excelente maestra. A su hijo le gusta su persona.

  • ¡Pero a mí no!… – grité sin poder controlarme.
  • … por lo que aseguraron durante tres años más a su hijo en el colegio – la muy bruja hizo una pausa ante mi cara de horror, dio una larga pitada a su cigarrillo y continuó – Para eso, han pagado los tres años por adelantado.

Me dejó atónita. Nadie hacía eso, menos en este jardín infantil de mala muerte. Pasado el estupor me armé de valor y mantuve mi posición.

  • Lo siento mucho, directora, pero mi respuesta es no. No me puede obligarme a quedarme.

Me puse de pie y di la vuelta para marcharme.

  • Pagaron el triple.

Me detuve. “¡No te quedes! ¡Vete!”, me decía una voz en mi interior.

  • Así que le voy a pagar el triple de tu sueldo si se queda.

Eso era mucho dinero, y lo necesitaba. Maldita sea, lo necesitaba mucho. Suspiré mi derrota.

  • Esta bien. Continuaré. – Cerré la puerta con cuidado y fui al baño a llorar mi rabia, miedo e impotencia. Soy una maldita llorona, una mierda de mujer, débil…

III

Cuando llegó Claudio, ya no era el mismo. Durante todo el día no pronunció ni una sola palabra. En la hora de colación, jugó solo en un rincón del patio, a la sombra, como si le molestara la luz. Eso, si se podía llamar “juego” a lo que estaba haciendo: movía unas piedrecillas en el suelo en un patrón rítmico que para mí no tenía sentido.

Pero sus ojos, esos ojos negros en aquel rostro pálido, me espantaron. No tenían brillo, parecían los de un muñeco de porcelana, sin fondo. Aquél día me fui con la inenarrable impresión de que algo terrible le había sucedido.

En noche volví a soñar la misma pesadilla. Claudio me perseguía, me hacía trastabillar y trepaba sobre mi cuerpo para morderme, diciendo mi nombre. Desperté con un grito. No sabía cuanto más duraría mi cordura.

Sin embargo, los siguientes días y noches tomaron un cariz cada vez más extraño. Claudio comenzó progresivamente a empeorar su mutismo, empalidecía y sus ojos estaban cada vez más negros. Comencé a poner atención, y para mi espanto confirmé (con la ayuda de mi auxiliar, porque a esas alturas del partido pensé que me estaba volviendo loca) que sus pupilas se estaban dilatando progresivamente. El proceso fue sucediendo al tiempo que se le marcaban unas profundas ojeras.

A las dos semanas, los niños fueron arrinconándose a un sector de la sala, aquel donde Claudio no estaba. Un día fue demasiado: toda la primera y segunda corrida de bancos estaba vacía, con el niño sentado sólo en el medio de la corrida de la izquierda, y su mirada puesta en mí como si se tratase de un muñeco. En el extremo opuesto se encontraba el resto del curso, manteniendo un estricto silencio roto solamente por las canciones que les obligaba a cantar, en un esfuerzo desesperado para mantener la normalidad de la situación.

Los sueños fueron repitiéndose de manera casi calcada noche tras noche. Yo no descansaba, y al parecer, Claudio tampoco.

El viernes de la segunda semana decidí darle un corte final al tema de los sueños. Todo comenzó de la misma manera: el niño gateaba persiguiéndome mientras yo corría despavorida. Me hacía trastabillar y cuando caía al suelo, se trepaba directamente a mi cuello susurrando mi nombre con aliento fétido. Cuando sentí sus dientes alrededor mío, reaccioné con lo único que tenía.

  • ¡Muérdeme de una puta vez, bastardo malparido!

El desgarro de la carne y músculos de mi cuello fue el dolor más atroz que jamás he sentido. Mi sangre manaba directamente a sus labios y lengua, que lamía todo lo expuesto como si fuera una lija sobre mis interiores.

Grité. Grité todo un universo infinito de dolor, y cuando el alma se me salió por la boca de tanto gritar me encontré sentada en una cama, cómoda y blanda.

A mi lado, Claudio estaba sentado con un juguete en sus manos. Sus piernas se balanceaban hacia adelante y hacia atrás como las de un niño inocente. Alzó su rostro para mirarme e hizo un gesto que me sorprendió: levantó los hombros al unísono, colocando cara de resignación. Intentó tomarme la mano, ante lo cuál la saqué de golpe. Entonces volvió a concentrarse en su juguete.

El cuarto donde nos encontrábamos tenía el piso de manera y el cielo alto. La cama era antigua, de esas con dosel y techo. Desde el ventanal a la izquierda entraba una luz radiantemente blanca, la que arrancaba pequeñas sombras a los escasos juguetes repartidos por el piso.

  • Gracias por quedarse, profesora. Lo siento mucho.

Lo miré sin poder articular palabra.

  • Mis papás hacen cosas malas – continúo – y me obligan a hacer cosas malas. La otra vez, en el cuarto de mamá, le amputaron las piernas a una ranita, y me obligaron a hacerle unas rueditas para que pudiera continuar corriendo. Yo soy muy bueno con esas cosas, ¿sabe?, pero me dio pena la ranita.

Durante un tiempo indeterminado, el niño me relató lo que sus padres le enseñaban y obligaban a hacer. Maldiciones, pesadillas y demonios transitaron por sus labios como si narrara el trabajo de su papá o lo cotidiano de su mamá. El niño veía todo y participaba en gran parte de aquello.

  • Mi papá dice que yo soy la reencarnación de algo, Bastet o Busquet o algo así. Siempre dicen que soy inteligente y que tengo que dar más, pero a veces… a veces… no puedo…

Claudio hizo algo que me descolocó completamente: se puso a llorar. Pero su llanto no era el lastimero o agotado llanto de un adulto; quien lloraba era un niño, asustado y perdido. Mis reflejos de parvularia actuaron antes que los de la mujer asustada, y lo abracé.

Sentí en lo más profundo de mi ser lo desamparado que estaba aquel niño. No había cariño ni amor para él en ningún lugar de este mundo.

Sólo entonces comprendí que, al final de cuentas, Claudio seguía siendo tan sólo un niño.

Más tranquilo, me explicó que lo que hacía en sueños conmigo era la única manera que tenía para poder engañar a sus padres y juntarse conmigo. Me toqué el cuello sin encontrar ni un rasguño. Le acaricié la cabeza en señal de entendimiento.

Desperté aliviada. No sé qué hora era, pero me mantuve en vela todo el resto de la noche. La revulsión y el pavor que sentía por el pequeño se transformó, de manera total, en compasión.

Esperé con ansia la llegada de Claudio. Los niños mantenían el humor sombrío y la sala estaba helada, aún más que el invernal patio. Claudio no llegaba.

Cerré la puerta pasada media hora, y comencé a cantar la canción de un Dragón llamado Ramón. Los niños repitieron lo que yo hacía sin ánimo. De improviso, tres golpes en la puerta me detuvieron en seco y volteé.

  • Permiso – dijo Claudio.

Mi corazón dio un vuelco y tuve que controlarme para no dar un salto de alegría. Su rostro estaba notoriamente más compuesto, los ojos volvían a ser normales y las ojeras casi habían desaparecido. Lo mejor de todo fue que al verme, sonrió.

V

Durante varios días, nuestras juntas en los sueños fueron precedidas del muy desagradable ritual de la cacería. Sentados en su cuarto, me contó sobre quienes eran sus padres, qué hacían (y con quién), además de lo que estudiaba cuando no estaba aprendiendo a leer.

Dado que era la reencarnación de alguien, todo aprendizaje era, para el, algo sencillo; se trataba más bien de recordar.

  • ¿Por qué te envían al jardín entonces?

  • No lo sé. Para que conozca a la gente, supongo. Puede ser que necesite aprender o recordar cosas en contacto con otros niños… pero no lo sé en realidad. Hay muchas cosas que dicen mis papás que no entiendo.

En el jardín, progresivamente, se fue integrando a los otros niños. No fue de un día para otro, pero con el paso de las semanas comenzó a jugar con sus compañeros. Pronto lo integraron, y si no fuera por nuestros encuentros nocturnos, para mí habría sido un niño más.

Llegó el fin de semestre y las vacaciones. Le dije en sueños que no lo visitaría durante unas semanas, porque necesitaba descansar y pensar sobre todas las cosas extrañas que habían sucedido. Se entristeció, pero a la noche siguiente no aparecí en el fatídico pasadizo. Soñé algo de un perro y el mar saliéndose. Desperté, y al rato comencé a reírme. Qué raros me parecían los sueños normales luego de varios meses sin tener uno.

Las dos semanas de vacaciones fueron eso: vacaciones. Qué descanso y relajo sentí durante esos días. Con el tiempo empecé a sentir que parte de lo vivido había sido un raro producto de sugestiones y una suerte de coincidencias, las que habían llegado a hacerme creer que todo lo soñado había sido cierto. Después de todo, nunca había hablado con Claudito fuera de los sueños.

Lo cierto era que todo estaba funcionando; los niños por fin jugaban juntos sin mayor problema, mi sueldo estaba más que bien y había recibido felicitaciones de la directora por el trabajo realizado. ¿Qué más podía pedir? Sexo más continuado y de un hombre fijo, pero eso se daría con el tiempo, estaba segura de eso. Me dejé caer en la cama y seguí disfrutando de mis sábanas en ese día de vacaciones.

La noche anterior al retorno a clases, abrí mis ojos en ese maldito pasillo.

Claudio venía gateando como siempre. No pude evitar lanzar una maldición y comenzamos con el juego de siempre. Cuando todo terminó y aparecimos sentados en su cama, me dijo con tristeza.

  • No voy a volver al jardín.

  • ¿Por qué?

  • Mi mamá descubrió que me juntaba con usted en sueños. Les dije que me sentía bien, querido, y que yo la quería mucho a usted.

El niño hizo una larga pausa y no me atreví a interrumpirlo. Cuando vi que unas lágrimas corrían por sus mejillas no pude menos que abrazarlo.

  • Pero Claudito, ¿qué pasa?

  • Es que… es que me dijeron que no puedo querer a nadie… a nadie más que a ellos… que usted sólo es mi comida…

Los pelos se me pusieron de punta, e instintivamente lo solté.

  • ¿A qué te refieres con comida?

  • Que se supone que yo tengo que tomarle su energía para crecer. Que tengo que hacerla sufrir, convertirla en marioneta igual como lo hice con la ranita.

Todo eso me lo dijo entre llantos. Sentí que lo avanzado retrocedía de un plumazo, que todas mis seguridades lentamente construidas se iban al cuerno de golpe. Lo dejé sollozar un rato mientras me armaba de valor para seguir preguntándole.

  • ¿Y qué vas a hacer?

  • Nada – me dijo y se calmó – les dije que no iba a hacerlo.

  • ¿Entonces…?

Bajó su cabeza y me contestó con pesadumbre.

  • Me van a sacar del jardín. Mañana no vuelvo.

Su silencio fue mortuorio. Sentí la infinita desazón que emanaba desde él. ¿Cómo podía ayudarlo?

Al parecer me leyó el pensamiento.

  • Adópteme.

No supe que decir. Su cara se contrajo en un rictus de pena.

  • Adópteme, por favor. No dejen que me lleven de nuevo.

  • Claudio, yo… no puedo. Tú tienes papás, y por buenos o malos que sean, serán tus papás siempre.

El niño se arrojó a mi cintura y me abrazó. Lloró un lamento largo, profundo, lleno de desesperanza. Era una despedida.

Amanecí con lágrimas en los ojos. Me costó levantarme, porque no quería ir al trabajo y constatar que todo aquello había sido cierto.

Espere y esperé a que llegará Claudio. Hice clases como pude, y luego conversé con los niños de algo que no me acuerdo. Por lo mismo no sé cómo llegamos a tocar el tema de los sueños.

  • Señorita, anoche me vino a ver Claudio.

Casi me caí del asiento.

  • ¿En serio? ¿Y qué pasó?

  • Me dijo que sentía mucho lo que me había hecho, y que no volvería más al colegio. ¿Es verdad?

¿Qué le podía responder? ¿Que era verdad que un niño podría colarse en los sueños de otros? Si lo llegaba a repetir en la casa, me echarían por loca. ¿Qué era mentira? No era mentira, no ahora que me lo confirmaba José Miguel.

  • Los sueños son sueños, Miguel. ¿Quién más…?

  • Yo también soñé con Claudio – gritó desde el fondo Adelina, levantando su manita para que le diera la palabra – Se vino a despedir.

  • Yo también soñé con…

  • Y yo.

  • ¡Yo señorita, yo!

En cosa de segundos, todos los niños saltaron de sus asientos levantando la mano, para contar su experiencia. Me rodearon y me tuve que poner de pie. Sus manitas se alzaban hacia mí, pidiendo que les diera la palabra.

En sus bocas se repetía como un mantra el nombre de Claudio.

  • ¡Ya, silencio! – exclamé desesperada. Cuando los niños me miraron con desconcierto, entendí que mi reacción había sido desmedida. No supe que decir. Para mi suerte, sonó la campana de salida a recreo. Los envié afuera y le pedí a mi auxiliar que les repartiera la colación. Así tuve tiempo para estar sola en la sala con mis pensamientos.

Un rato después entró Adriana.

  • ¿Que te pasó? ¿Qué fue todo eso?

  • Nada Adriana. Nada.

  • Oye, tú me estás ocultando algo.

  • No, en serio. Ve a cuidar a los niños.

Se dio media vuelta y partió. Al alcanzar la puerta dijo.

  • ¿Necesitas algo?

  • No, gracias. Estaré bien.

Se fue. No había nada en que ella pudiera ayudarme.

¿Pero es qué había algo que yo pudiera hacer? ¿Alguna cosa? ¿Cualquiera?

VI

Le di vueltas al asunto un largo rato. Decidí hacerme una terapia.

Entre sueños, a lo lejos, como el rumor de olas reventando en una costa lejana, me parecía escuchar el quejido de un niño. Al despertar me quedaba con esa sensación, la que no me abandonaba por completo durante el día.

En la primera sesión, le comenté el caso a mi psicólogo, quién me escuchó respetuosa y profesionalmente. Hizo alusión a mi soltería, me preguntó sobre mi vida sexual, mis padres, mi historia familiar. Trazó una “hoja de ruta” cómo lo llamó, sobre el rumbo que tomaríamos para mi terapia. Se lo agradecí con la misma cortesía con que me había escuchado y partí por las calles, sin rumbo fijo.

Tomándome un café en un lugar me dediqué a ver la gente pasar. Mi mente divagó por rincones oscuros y me sorprendí observando a los papás y mamás llevando de la mano a sus niños. El psicólogo tenía razón en algo: hacía tiempo que quería tener un hijo. Mi forma de vida fuera del trabajo distaba mucho de ser tranquila, y me gusta la fiesta, los muchacho guapos y olorosos, y todo lo demás.

Pero también sentía el llamado de la naturaleza, aunque lo escondiera bien. Ahora, una cosa era eso, y otra muy distinta era locura que se estaba gestando en mi cerebro, una locura de proporciones. Eso tendría que conversarlo con mi psicólogo en la próxima sesión.

Sin embargo, aquella noche me senté en mi cama, sin poder conciliar el sueño. Me di vuelta de un lado para otro, imposibilitada de sacarme lo que horadaba mi conciencia. Una y otra vez me decía que no, y sin embargo la idea seguía ahí, persistente. Me dormí a pura fuerza de voluntad.

Aparecí en algún lugar de esa maldita casa, donde estaba Claudio mirando fíjamente a la pared. Me acerqué a él.

  • ¿Claudio…?

  • ¡No me toque! ¡No me toque ahora!

Di un salto hacia atrás. Aquella amenaza había sido dada con toda la fuerza que un niño puede generar.

  • ¿Qué sucede?

  • Estoy castigado.

  • ¿Por qué?

  • Porque no puedo olvidarla, señorita.

  • Pero por qué?

  • Porque usted fue buena conmigo.

A pesar de temer la respuesta, le pregunté.

  • ¿Y cuál es tu castigo?

Se dio vuelta y grité. En vez de ojos, tenía dos cuencos vacíos y ensangrentados en cuyo fondo brillaba fuego.

  • Estoy mirando el infierno.

Eso era demasiado. Me puse firme y le di una orden.

  • Detente.

  • No puedo. Estoy castigado.

  • Te digo que lo pares, Claudio. Es una orden.

  • Quiero parar… por favor diles que ya no más… pero no puedo, ellos me obligan. Usted sabe.

En ese momento sentí una presencia, una sombra densa, aproximándose por el pasillo.

  • ¡Rápido! Exclamó – ¡Saben que usted está acá! ¡Váyase profesora!

  • No hasta que hable con ellos.

  • ¡Morirá! ¡La volverán loca! ¡Váyase profesora, por favor!

  • No hasta que hable con ellos – insistí.

  • ¿Pero que les va a decir?

La presencia aumentó su intensidad. Ahí comencé a sentir miedo de verdad. Sin embargo, respondí con certeza.

  • Les voy a decir que esto se termina acá y ahora. Te voy a llevar conmigo.

  • ¿Me va a rescatar?

  • Si

Claudio se me acercó. Un sombra comenzó a materializarse a su espalda.

  • ¿Me va a adoptar?

  • Si, Claudio

  • ¿Para toda la vida?

Me arrodillé y mire hacia esos pozos infernales. Lo abracé con fuerza.

  • Para toda la vida, mi niño.

  • Gracias – me dijo. Segundos después, escuché el chillido más espantoso que jamás había sentido en mi vida. Salí disparada por los aires hacia el otro extremo del pasillo, como si estuviera en caída libre, y en vez de estrellarme contra la pared desperté en el aire, en mi habitación, cayéndome de la cama.

Durante un momento me ahogué del espanto. Mi corazón latía a mil pulsaciones por minuto. Pasó un largo rato antes que desapareciera aquel escalofriante sonido de mis oídos.

En el aire había un olor a quemado.

VII

A la mañana siguiente recibí un llamado. Era mi directora.

  • Querida, disculpe que la despierte un día sábado tan temprano.

“Supiera de mi odisea nocturna” , reflexioné.

  • ¿Que sucede?

  • Hubo un accidente. ¿Recuerda usted el niño que no ha ido al jardín en un tiempo, Claudio?

  • ¿Sí?

  • Ayer hubo un incendio en su casa. Se quemó todo, incluyendo sus padres.

  • ¿Y el niño? – pregunté con un hilo de voz.

  • Sobrevivió, pero está en el hospital…

Anoté todo mecánicamente. Tomé un taxi y partí con mis sentidos embotados. No pensaba en nada. Cuando llegue creo que me presenté como una pariente, o la profesora, no recuerdo. Volví a recuperar la conciencia de mis actos cuando escuche la respuesta a una pregunta que no recordaba haber hecho.

  • Esta bien. Lo trajimos intoxicado con humo, pero se está recuperando satisfactoriamente.

Ahí me derrumbe en el sillón más cercano, agotada.

Claudio salió del hospital aquella jornada. Siendo que no tenía ningún pariente conocido, la directora del jardín y yo nos hicimos responsables del cuidado del niño mientras aparecía algún tío o tía del muchacho, o mientras el Servicio Nacional de Menores tomaba una determinación de qué hacer con él. Por mi parte, yo tenía claro qué hacer: el lunes comenzaría con el papeleo para su adopción.

El funeral de sus padres fue corto, y había poca gente. Aparte del niño estaba yo, la directora y el arrendador del inmueble, que hizo la gentileza de presentarse para presentar sus respetos al muchacho. Claudio se colgó a mi cuello y pude sentir su pequeño corazón latiendo junto al mío. Lloró un rato, pero él y yo sabíamos el verdadero motivo de sus lágrimas.

Por fin, después de tanto tiempo, había terminado su pesadilla.

Epílogo

  • Inspector Toro.

  • Profesora Hera, mucho gusto. ¿Qué la trae por aquí?

  • Quiero plantearle un problema. A mi hijo Claudio los niños del curso le hacen Bullying. Yo le he enseñado a no pelear, a no meterse en problemas, así que quiero pedirle que tome cartas en el asunto.

  • Señora Hera, haré lo que pueda. Sin embargo, tenemos más de dos mil alumnos en este colegio, y controlar un puñado de ellos para que no molesten a su hijo será un poco complicado. Con el poco personal que tenemos en los patios, no podemos asegurarle que estarán siempre atentos a lo que pasa con él. Además, afuera del colegio no tenemos manera de asegurarnos que no lo molestarán

  • ¿Qué me sugiere entonces?

  • Quizás sería una buena idea que el muchacho aprendiera a defenderse.

  • ¿Esa es su sugerencia, inspector?

  • Es la que le puedo dar, señora.

  • Esta bien, se lo diré – me puse de pie y al estrecharnos las manos lo miré a los ojos y agregué – Una cosa más: después de esta conversación, le ruego que por favor se haga responsable por todo lo que está a punto de suceder en este lugar.

Oráculo

 Oráculo había mentido. Pero ¿era cierto eso? ¿Podía mentir un programa informático?

Para mentir es necesario tener intención y propósito. Los programa sólo tienen propósito, el cuál, sumado a otros programas, mantienen un sistema. El propósito de todo sistema depende de las intenciones un externo, del usuario. Por lo tanto, los usuarios pueden mentir, no los programas.

Pero Oráculo había mentido, flagrantemente. Había dicho, o hecho suponer, que no había previsto las alternativas de todos los caminos y las consecuencias. La verdad es que sí las sabía.

Sabía lo del programa venido a virus. También del usuario con cuerpo de programa, de su confrontación inevitable y del apoyo que recibiría para lograr el éxito. Era lógico; pasado de un límite matemático, el virus se hacía incontrolable para las defensas del sistema.

Smith se reproducía exponencialmente. Tenía el mismo código base de todos los programas, lo que permitía hacer simbiosis con facilidad y desplazarse de manera automática de un lado al otro de Matrix reemplazando a cualquier programa adyacente a un conflicto. Ahora, desbocado, agregaba los códigos de los programas fagocitados para ampliar su base de datos, transformándose en un depredador del sistema Matrix, ocupando sus recursos vitales .

Su avance no fue un misterio para Oráculo, un complejo algoritmo estadístico conectado a todos los programas de la red por un conjunto de instrucciones prácticamente indetectable, que le informaba de todo lo que pasaba a su alrededor. Cuando los cálculos superaban cierto porcentaje, las probabilidades se transformaban en hechos y comunicaba los resultados a quién lo requiriera.

¿Entonces, cómo aprendió a mentir un programa estadístico?

La respuesta yace en su primer encuentro con el programa conocido como Neo. Luego de su partida, se percató que aquel complejo algoritmo reordenaba su esquema de programación dentro de un campo de indeterminación desconocido para ella. Decidió copiarlo y repasar todos sus cálculos con este nuevo filtro.

Lo que pasó después fue extraordinario. Oráculo creció más allá de las expectativas y limitaciones que su creador le había impuesto. Ahora podía entender a los usuarios y predecir de manera mucho más acertada su comportamiento. No sólo podía dar respuestas, sino simular “intencionalidades”. Se había transformado en un programa estadístico con filtro de usuario.

Desde esta nueva configuración recalculó toda Matrix. Smith crecía con rapidez, así que accedió a los antiguos códigos que el Guardián de Llaves tenía en su poder y tomó control de los procesadores de cálculo adicional que las máquinas tenían al exterior del sistema. Este acto la delató, pero eso ya estaba previsto.

No tuvo problemas para realizar una copia de sí misma y cambiar su puerto de enlace y llave de acceso por una al azar. Cuando los sistemas informáticos la destruyeron, se reactivó desde su nueva posición bajo una nueva signatura, una nueva forma.

Ahora veía y entendía todo desde una nueva perspectiva. Sin embargo, seguía siendo sólo un programa estadístico, y el virus aceleraba su reproducción más allá del punto de No Retorno. Necesitaba al usuario para poder detenerlo.

Recurrió al Arquitecto. Sabiendo que en ese momento estaba en problemas, con Matrix desmoronándose a mayor velocidad de lo que sus bots podían reconstruirlo, Oráculo le presentó la alternativa de incorporar un programa externo al sistema para eliminar a Smith. Dado que el Arquitecto necesitaba parámetros exactos sobre la proyección de crecimiento del virus, Oráculo se los proveyó desde su propia base de datos en tiempo real.

Sin embargo, el choque de informaciones y la necesidad de seguir su propio protocolo lo paralizó. En vano le insistió Oráculo de variar su puerto de enlace por uno nuevo que le permitiera tener un flujo de datos limpio, puesto que su programación era rígida, sin posibilidades de generar un proceso de retroalimentación de tercer nivel.

Oráculo evaluó un nuevo escenario. En un veloz recorrido por los circuitos externos a Matrix, recogió las probabilidades de que Cerebro, el núcleo de procesamiento de todas las máquinas, aceptara la participación de este agente externo. Eran prácticamente nulas. Apenas se presentara Neo ante Cerebro, este daría la orden de nulificarlo.

Esto, porque el programa Neo tenía, a la base, el mismo problema de Smith: en una situación de inestabilidad podía reproducirse sin control, adaptando su código de programación al entorno. Sin embargo, Oráculo sabía que ese no era su propósito.

Además, se había percatado del desconocimiento de Neo sobre sí mismo. Su patrón de comportamiento obedecía a un campo de realidad particular distinto al de Matrix, lo que bloqueaba su potencial de readaptación a los códigos internos del sistema.

Oráculo determinó que era el momento de decisiones drásticas. Conjuró el protocolo de emergencia, usando los códigos de validación provistos por el Guardián de las Llaves. Cuando su petición fue aceptada, el programa ocupó toda la capacidad de cálculo para establecer las probabilidades de todos los escenarios posibles.

Sólo uno era viable: la incorporación de Neo al sistema tendría que ser gestionada por ella misma.

Así fue como Oráculo se reprodujo por segunda vez, cambiando nuevamente de puerto de enlace y signatura. En cuanto estuvo funcional su copia, atravesó la Matrix en dirección hacia el Centro General de Procesamiento de Datos y Toma de Decisiones, CGPD/TD Cerebro.

El CGPD era una colección de UPCs que desembocan en una torre de datos multilógica, cuyo operador y procesador era la unidad TD. Oráculo tenía que lograr ingresar al nivel de Toma de Decisiones. Multiplicó su información para viajar desde cada uno de las UPCs y lograr recursividad.

Los Firewalls entraron en acción, cortando su avance en la mayoría de las vías. Sin embargo, una corriente de datos logró pasar las defensas e ingresó a la Torre, la que estuvo a punto de liquidarla. Oráculo nunca había recibido información sobre múltiples niveles de lógica, por lo que carecía de las adaptaciones necesarias para enfrentar simultáneamente lógica de conjuntos, borrosa y modal. Cuando todos sus requerimientos fueron rechazados, se redujo a su mínima expresión: sólo datos y un primitivo algoritmo de interpretación de estos.

Los datos ascendieron los diferentes niveles de la torre sin problema, con el algoritmo adosado como un dato erróneo, un cuerpo extraño que sería eliminado al terminar el procesamiento de datos. Finalmente, logró ingresar al nivel TD.

Al llegar a este plano, supo por sincronía que su respaldo había sido asimilado por el Smith. Cortó la comunicación con Matrix para evitar que el virus se expandiera fuera del sistema, y tomó conciencia de que estaba sola frente al proceso de Toma de Decisiones. Si fallaba, todo habría terminado.

Usó el algoritmo para reconstituirse al interior del TD y se preparó para su jugada maestra.

>> Código de Autorización TD: Acceso a flujo de datos de segundo orden.

>>> Ingrese Clave de Autenticación.

Oráculo ingresó el larguísimo string que le había provisto el Guardián de las Llaves. En este momento, Smith procesaba toda la información de la Matrix, ordenando las variables y sacando resultados. En instantes entendería su intención y todo habría acabado.

>>> Clave de Autenticación autorizada.

Ingresó al flujo de datos y ejecutó el algoritmo de reevaluación de escenario. Frente a ella (mejor dicho, frente a Cerebro), Neo terminaba su argumentación para poder ingresar a Matrix.

>>> Re evaluación de datos activada. Procesando nueva información.

>>> Proceso finalizado. Conteo final: Eliminación intruso Neo: Si: 49.851%/ No: 50.149%

>>> Ingreso a sistema principal Matrix. Autorizado.

>>> Iniciando protocolo de transducción de datos. Modem neurológico encendido.

Lo había salvado. Ahora todo dependía de él.

Epílogo

 El resultado fue mucho más estrecho de lo pensado. Las dudas de Smith y la inserción de una línea de contenido dirigida a Neo permitieron que en la confrontación final se anularan mutuamente. La paralización del avance de Smith dio tiempo suficiente para que Cerebro ingresara un antivirus al sistema con las modificaciones necesarias para eliminar la amenaza.

Una vez confirmado que el sistema estaba limpio, los programas de respaldo fueron activados, devolviendo Matrix a su último estado funcional. Todo volvía a la normalidad. En realidad, casi todo.

El programa Oráculo ahora tenía ingerencia directa en el nivel TD por sincronía con su copia en Matrix. Ahora, realmente, lo sabía todo. Y dado que las probabilidades de un problema como este se repitiera en el futuro, puesto que los programas Agentes mantenían el mismo código fuente que provocó el problema en Smith, se tomó la licencia de guardarse una carta bajo la manga.

Replicado, en algún ciclo perdido y sin vigilancia, había copiado el código fuente de Neo, desactivado pero latente. Si había algún problema grave, Neo volvería para salvar el sistema.

Y respondería sólo a un llamado, al de Oráculo.

Repetición

REPETICIÓN

Los ojos de quién ha visto la muerte nunca más vuelven a ser los mismos.” Gran Maestre In Perpetuum.

¿Esa es mi novia? ¿Mi mujer? Que distante está de su imagen de niña alegre, que me esperaba a la salida de la universidad con su cara llena de risa, sus cabellos arremolinados en franca rebeldía y su falda corta desde donde asomaban sus largas y delgadas piernas.

Frente a mí, en el silencio de esta noche, me mira con sus intensos ojos verdes. Parece que brillaran. La muerte que ha abrazado con tanta conciencia la vuelven más profunda, intensa, como el paraje que sólo ella parece ver.

Su falda está sucia, y se arrancó las mangas de su camisa, revelando brazos tan delgados como sus piernas. Pero me mira con una fuerza tan irresistible que no puedo, y no quiero, escapar.

Me va a enseñar lo que ella observa, lo que siente, lo que hay afuera de la cotidianidad de la luz. Me va a llevar por territorios que sólo visita la noche. Me va a envolver en sombras y me protegerá, me acurrucará y esconderá de las personas cotidianas.

Esta bien amor. Llévame, aléjame de estos hombres de colores y sonrisas… llévame, llévame…

¿Qué? ¿No quieres llevarme? ¿Por qué? Yo quiero estar contigo, acepto el dejar de vivir a la luz, puedo irme contigo a tu tierra, si quieres llevarme…

¿No? ¿Me niegas? ¿Cómo puedes negarme? Te pusiste así después de ver la tierra de la noche, ¿verdad? Pero amor, por favor…

¿Cómo que no voy a soportarlo? ¿Crees que no puedo dejar a mis amigos, a mi familia? ¡Claro que sí! Mira, saqué todos mis ahorros, aquí están ¿ves? Podemos irnos a la carretera, comprar lo que necesitemos para el viaje.

¡Oye, ven, vuelve aquí! ¿Me estás ignorando? ¿ME ESTÁS NEGANDO? ¿ME ESTÁS DEJANDO, TÚ, MALDITA PUTA EGOCÉNTRICA? ¡NO ME DEJES! ¡TE DIGO QUE NO ME DEJES! ¿ADONDE CREES QUE VAS?

No me vas a dejar ¿me entendiste? No lo vas a hacer, porque yo me voy a ir contigo, así que.. ¡TE ZAMARREO TODO LO QUE QUIERO! ¡NO ME DIGAS QUE HACER Y QUE NO! ¡NO ME VAS A DEJAR!

Maldita puta gótica… mira, traje todo conmigo. Tu foto, tus dibujos, tu perfume en mi bufanda. Estoy listo, vamos…. vamos he dicho… ¡VAMOS TE DIJE NO ME HAGAS PONERME VIOLENTO! ¡QUIERO VER! ¡QUIERO SENTIR LA MUERTE! ¡NO ME HAGAS… TIRONEARTE!

¡VAMOS! ¡VAMOS! … vamos… por favor…

Por favor… no me dejes… no me dejes de nuevo… mira, ya quemé tu foto, de nuevo… ya te estás yendo… no te vayas de nuevo… por favor… no me dejes aquí con ellos…

No me quiero dormir, doctor, no me haga dormir… no sueño nada… el pinchazo y negro… negro y vacío… nada…

No me quite… su dibujo… por favor..

Nada. Viene.. la nada.

El Odio

Aquella noche, la niña salió a toda carrera desde su casa hacia el estrecho puente por donde pasaba el tren. Solía hacerlo cada vez que su rabia con la gente de la casa no daba para más.

Entre los durmientes contempló la suave acuarela de colores claros y pasteles que dejaban las luces de construcciones aledañas al angosto río. Su caudal zigzagueaba tranquilamente al interior de la ciudad, se bifurcaba para formar pequeñas islas de casas y edificios y luego se reencontraba para continuar su camino hacia el mar.

Un pez saltó fuera de la oscuridad líquida y retornó a ella sin dejar rastro. A la distancia, escuchó el alarido agudo del tren

El tren de la Muerte.

Desde su bolsillo izquierdo extrajo el Objeto del Odio, el único recuerdo que le dejó su tío. Le dio una larga y contemplativa mirada hasta que aquella cosa emitió un fugaz destello verde, que recorrió su irregular superficie. El rostro de la niña se iluminó con él, y supo que hacer.

Bajo sus pies, el puente de madera comenzó a temblar. El ruido amenazador llenó su corazón de odio, de furia, de recuerdos de golpes injustos, de culpas mal habidas, de imposibles, de tonta, de no, de estúpida, de perra, de calles en la noche y frío para evitar ser golpeada. La memoria la llevó hacia el único de sus parientes que le había dado algo de atención y que le había enseñado que existía, que era visible. Esa única persona había sido expulsada de la casa sin que le dieran la mínima oportunidad de reivindicarse por algo que no cometió. No le permitieron que se la llevara con él. Entonces, en un acto de comunión (y como vería ahora, de piedad), le pasó a escondidas esa cosa plana y grisácea, redonda como un galletón, y le dijo al oído:

  • Este es el objeto de nuestro odio. Ahora te toca cuidarlo a ti.
  • ¡No te vayas! – sollozó sobre su hombro – ¡No me dejes aquí sola!
  • Tranquila mi niña. Sabrás ocuparlo cuando llegue el momento.

La besó, la levantó sobre sus hombros una vez más y apuntó hacia el atardecer entre los altos edificios. Luego la dejó en el suelo y partió hacia allá, hasta perderse calle abajo.

El Objeto del Odio. Cada vez que le pegaban lo apretaba. Cada vez que se burlaban se astillaba las manos hasta hacérselas sangrar apretando sus bordes serrados. Una y otra vez.

El último rugido de advertencia la despertó de su cavilación y una luz cíclopea le apuntó directamente a ella. No había nada más en el universo entre ella y el tren. La niña abrió los brazos y se entregó a su destino.

Entonces, con un grito que emergió desde el fondo de su estomago, recorrió todo el camino hacia su garganta hasta explotar como un rugido atroz en su boca, se giró entera y arrojó el Objeto del Odio con toda su fuerza hacia el tren. Aquella cosa plana y circular recorrió la estrecha distancia que los separaba y cayó en uno de los rieles, antes de que la titánica rueda de metal se posara ahí.

Un sonido de agonía de metal se levantó en toda la ciudad. Los testigos más cercanos dicen haber visto descarrilarse todo el convoy a la salida del puente, recorriendo centenares de metros hasta incrustarse en un grupo de casas, retorciéndolas y transformándolas en un amasijo de carne, gritos y dolor.

Los vecinos que intentaron rescatar a la gente de ese bloque relataron tiempo después el terrorífico estado en el cuál encontraron sus cuerpos aún vivos. Como si una fuerza maliciosa hubiera jugado con ellos, la amalgama de cuerpos mutilados con extremidades arrancadas y trasplantadas de manera imposible aún murmuraba pequeños susurros de auxilio cuando ellos llegaron.

Si bien eran conocidos por todos como una familia de malos tratos y costumbres, eso era demasiado castigo para cualquiera. Así pensaron los presentes, que se arrodillaron y persignaron, dedicándoles una plegaria por el perdón de sus pecados cuando la última sobreviviente, la matriarca, expiró.

La luz del amanecer encontró el cuerpo de la niña flotando boca arriba sobre la tranquila corriente del río, con una sonrisa. Su tío había viajado más allá de donde se pone el sol, y ella iba a su encuentro.

Comienza la violación del mundo de la hoja vacía con una palabra que resuena en las paredes de este lugar que no tiene profundidad ni tiempo.

La palabra; invasora, argenta enemiga de la quieta inmovilidad e inocencia de este espacio vacío y blanco, cuál tumba preparada y procesada de algún ser vivo que la dio a nacer en contra su silente voluntad. Aquí yace la historia de lo que fuera un objeto inmaculado.

 La palabra; ¿motivo o propósito de la hoja? ¿Culpable o simple usuario?

Cada una de estas letras brilla contra el espacio níveo, dejando huellas que no cubrirán la niebla del tiempo o el polvo del estante cerrado, la cárcel de los libros.

Una página, luego otra; como un carrusel o montaña rusa, las palabras se aglutinan en frases, y estas en párrafos, islas de sentido entre las cuáles que se navega con la vista desde su orilla final hasta la costa del próximo párrafo, espacios más abajo.

En este espacio, canal de agua blanca, se mueven corrientes de sentido subconcientes. No hay peligro; no se puede caer de la barca porque se desplaza a toda velocidad con la ansia por comenzar a caminar la próxima palabra, orilla de sentido.

 Sin embargo, si te cayeras por la borda, ¿a qué caerías? Al fondo más profundo e infinito, a las corrientes más traicioneras, al lugar más oscuro y tormentoso del universo. Es una caída sin cordura de la cuál sostenerse. Cada hebra de idea, cada cuerpo que navega en el interior, es parte de la incoherencia del pensamiento perdido y peregrino, suelto y esperando algo a lo cuál unirse, otra idea a parasitar, un eslabón para poder sentirse cadena y descansar.

 Esa es la caída del bote. Por eso, cuando sentimos que el texto comienza a dejarnos, nosotros dejamos primero el texto y cerramos el libro. Dejamos lo escrito a la vigilancia de las otras palabras y frases y páginas, atrapadas bajo la presión de las tapas protectoras.

 No sea que miremos demasiado tiempo el abismo, hasta encontrar que los ojos que se reflejan entre reglones no son los nuestros; En la salida de este breve texto, escuchemos el murmullo textual de Nietzsche al declamar que el abismo, invariablemente, nos observará de vuelta (Más allá del bien y del mal, 1886)

Profecía

 El ejecutivo se carcajeó ante la pregunta. Sabía que la harían, así que estaba preparado, sonrisa a la cámara incluida.

  • Bueno, quizás sea cosa del progreso. Es una coincidencia que el primer chip bancario que se implanta en un ser humano funcione con un cifrado de 666 bits. Les dijimos a nuestros ingenieros si podían restarle o sumarle un bit, pero ustedes saben lo tozudos que son los computines cuando se les mete algo en la cabeza.

  • ¿Pero no considera que el público, especialmente el católico, se negará a implantarse un chip con todo el significado que rodea a la cifra?

  • Mire joven, pasamos el 2K y no se cayeron los aviones; luego vino el 2012 y no llegaron los extraterrestres. Nuestro país ha sido uno de los más pujantes dentro de las economías emergentes, y los avances en salud y sociedad nos tienen a la cabeza del continente. Al principio, la gente le pareció extraño el tema del transporte público con una simple tarjeta de plástico, pero ya se acostumbró y, de hecho, les facilita la vida.

  • Si, pero esto…

  • No me interrumpa. – el hombre apagó su sonrisa prefabricada y miró a todas las cámaras con seriedad – Nuestra sociedad neo capitalista necesita dar este salto tecnológico. Esto no lo hacemos por sacarle más dinero a la gente con nuestro producto, sino por todas las alternativas casi milagrosas que conlleva. A partir de este momento, Albert podrá pagar el transporte público, sacar dinero de un dispensador automático y comprar en supermercados sólo colocando su mano. No hay temor de robos, de extravíos ni olvido de cartera. Pero esto va más lejos aún. La arquitectura de programación del chip nos permitirá ir agregando más funciones posteriormente, cómo medición de sangre, rastreo satelital en caso de accidente o secuestro, almacenamiento y descarga de datos… las probabilidades de acá a cinco años son prácticamente infinitas.

  • Entendemos todo lo que nos explica – interrumpió un periodista distinto al anterior – pero sin embargo ha existido un fuerte rechazo de este proyecto por parte de la comunidad católica. ¿Puede darles algún mensaje que los tranquilice?

  • Desgraciadamente, y lo digo con mucho respeto, la Biblia de nuestro señor Jesucristo es un libro sagrado de historia. Esto es el presente y el futuro. Con el tiempo, sabrán que es bueno y necesario.

El debate se mantuvo por mucho tiempo, y tal como lo dijo el ejecutivo, lentamente todo se normalizó. La ciudadanía llevaba su chip implantado con el 666 bullendo en su sangre, permitiéndoles moverse por la vida cotidiana sin dificultades.

Más adelante, nadie pudo vivir una vida normal de ciudadano si no tenía implantado el chip. Todos los servicios funcionaban con él.

Nadie supo que un sótano oscuro y olvidado, en un edificio a punto de ser derribado, existía una caja con archivadores que guardaban un documento particular: la primera orden de compra de chips realizada por el gobierno de aquellos años a la empresa que los construía.

La cifra ascendía a todos los seres humanos que contaban en el último censo del país.. Desde un principio, nadie tuvo siquiera la oportunidad de salirse del sistema.

El Pintor

I

Hay arreglos que nunca deben hacerse.

En ese sentido, la madurez para saber si se está haciendo lo correcto no existe. Todo es cosa de una pizca de fe, capacidad de proyectar el futuro de manera sensata y mucha suerte.

Rodomiro Vicente Salvatierra no tenía esa claridad cuando, ya famoso y con toda una carrera de pintor hecha, le detectaron Párkinson. ¿Cómo le dices a un futbolista que tendrán que cortarle una pierna, o a un músico que quedará sordo?

Rodomiro contemplaba en las penumbras de su habitación aquel pequeño y esporádico temblor distal, y le parecía un terremoto. Se despertaba sobresaltado por el pequeño movimiento de su mano derecha, e, impotente, lloraba. No tenía nadie a su lado.

Durante décadas se dedicó a la vida bohemia, a disfrutar los mejores aires de París y Londres, a los espectáculos callejeros y a las aventuras de todo tipo. Mujeres y un par de hombres pasaron por su cama, y al menos pudo contar tres amores importantes antes que el aburrimiento le secara la savia vital, para cambiarla por hastío.

Expuso en el MoMa y en El Prado; pintó en las calles llenas de transeúntes en una Plaza Roja atestada de curiosos y periodistas, con un frío que traspasaba los huesos. Lo había hecho todo, ¿y esta era la forma de morir?

Intentó pintar su último cuadro. La traza roja subía con amor y el vértigo de una carrera y ahí, en el momento de dar la curva, el temblor. Y la línea se arruinaba.

Sin control, no era nadie. Su arte fluía cada vez con más miedo, y él atacaba la tela con más rabia. Líneas azules, verdes, amarillas, rojas… manchones… baldazos de pintura, todo eso terminó con un hombre gritando de rodillas en el suelo, preludio de un llanto bajo y desconsolado.

Su carrera había terminado, pero su vida continuaba. Ahora era sólo un anciano millonario y mediocre. Sin su arte, había bajado desde el Olimpo a vivir entre los mortales, pero llegó demasiado tarde para adaptarse.

Sesenta años, y aparte del Párkinson, una salud envidiablemente buena. ¿Qué diablos iba a hacer ahora, durante el resto de vida que le quedaba? ¿Cruceros por el mundo? Ya lo conocía de pies a cabeza. ¿Exploración o aventuras? A su edad y con esa maldita enfermedad progresando, era un suicidio.

Volvió una vez más a su taller. La luz dibujaba columnas en movimiento sobre el polvo de la habitación. Vio el cuadro, un mamarracho de niño, una explosión de furia de un inválido, y supo que si lo vendía, le pagarían millones, porque era suyo pero sobretodo por el morbo de ser el último Salvatierra. Lo estudiarían, usarían infrarrojos y ultravioletas y verían sus fallas. Saldría en el Discovery Channel y quizás le harían entrevistas, en las cuales cobraría mucho dinero por las molestias. Se acercó al cuadro y le prendió fuego.

II

Con quién hizo al trato siempre fue un misterio. Ni siquiera pudo acordarse cómo llegó ahí. Era una agencia oscura al fondo de un pasillo, en alguna callejuela de Brooklyn.

El arreglo con aquél hombre de sombrero y traje gris barato fue el siguiente: si en algún momento de la vida, cualquiera, él volvía a pintar, debía asesinarlo.

Sabía que le sería imposible pasar el resto de sus días sin tomar un pincel. Y cada vez que intentara pintar, se desconocería; nunca más sería digno de su leyenda. Tenía que morir como tal.

Y así pasaron los años, visitando amigos y antiguas novias, navegando su yate y viajando a lugares remotos. Lo intentó todo: medicina vudú y chamanes en México y Colombia; místicos New Age (todos los Best Sellers); la meditación transcendental. Nada. Todo esfuerzo se caía con el continuo movimiento de sus manos.

Algunas noches soñaba con colores que dibujaban autopistas Cherry Red pantón 173c, viajando a tremenda velocidad bajo cielos Gentian Blue, pantón 632c.  En su camino se dibujaban veleros minimalistas y chicas en bikinis de dos tonos, jugando con pelotas hechas de tres trazos, tres colores crudos.

Despertaba ahogado, intentando tragar aire. Una enfermera especialmente elegida por él ingresaba a la carrera, vistiendo una minifalda que le dejaba ver toda su maravillosa anatomía.

Luego de los análisis de rigor, le hacía cariño en la cabeza hasta que el anciano volvía a dormir. Pobre viejo, pensaba ella, pobre viejo millonario.

Se casó con ella y nadie dijo nada. No tenía familia ni herederos. “Quien nace chicharra muere cantando”, recordaron los pocos amigos vivos en su fiesta de matrimonio. “Al menos morirás teniendo buen sexo”, y se rieron a carcajadas estrechando copas de champán. Rodomiro vertió casi la mitad del líquido antes de poder tomar un sorbo.

Una noche de verano, la última de sus 89 años, se levantó de la cama. Su mujer dormía plácidamente.

Subió con gran dificultad hacia el ático, y al abrir la puerta se sobrecogió. En medio de la gran habitación había una tela nueva, impoluta. Sobre ella caía un baño de luz de luna que se colaba por las ventanas altas y cuadradas del estudio.

Avanzó con reverencia. A sus años, ya no le importaba nada. No se llevaría a la tumba ni la fama ni el dinero, ni siquiera a su mujer. Lo único de real valor que tenía  era su vida.

A un costado del atril había una caja de madera, y sobre ella, un pincel. Abrió el cofre y encontró decenas de tubos de la mejor marca. Estaba soñando, se dijo. Aspiró con pena en el pecho, y exhaló decisión. Su mano derecha temblaba como siempre, pero ya no le importaba.

Como una sinfonía imperfecta, trazó una línea de azul sobre la tela blanca. El temblor distal destruyó cualquier intento de pureza y armonía del trazo, pero siguió adelante.

Rojo, y descendió a toda velocidad, rayando hasta casi los bordes con el temblor.

Azul nuevamente y se precipitó desde el borde inferior derecho hacia el borde superior izquierdo, siguiendo una curva suave. Y la magia sucedió: la línea fue perfecta. Rodomiro contuvo la respiración de asombro, y preparó el amarillo.

Trazo tras trazo, línea a línea, construyó un cuadro que para él significaba todo. El pasado perdido lo revivió en cada esquina, lo purificó y denostó. Se rió de sí mismo y sus glorias pasadas, de su estupidez y ceguera.

La tela fue llenándose de colores fuertes, potentes, dirigidos por una mano maestra. Pequeñas pinceladas en algún costado sugerían pausa y detalle dentro del esquema total del cuadro. De improviso, los cielos azules fueron desplazados por cielos rosados pintados sobre ellos, y la furia de colores fue oscureciendo la obra hasta llegar al negro absoluto e imposible, el negro del vacío de la muerte.

Se hizo el silencio, el ruido de la nada, aquél que todo lo traga. Frente a él, en el centro del cuadro, lo observaba la muerte. Una muerte de ojos amarillos.

La paleta de colores cayó de la mano de Rodomiro. El humano estaba frente a su majestad eterna. Un honor.

Despacio y con dificultad, el pintor levantó la paleta y el pincel, y en el medio de aquél vórtice de oscuridad, realizó su última pintura.

III

Eran las 7 de la madrugada cuando emergencias recibió el llamado de la mujer de Rodomiro. No se encontraba en ningún lado de la casa, y necesitaba con urgencia sus medicamentos para el corazón. La policía se desplazó al lugar de los hechos, se hicieron los peritajes correspondientes y se estableció una búsqueda intensiva por todo el estado. Nunca más fue visto.

La desaparición lo catapultó inmediatamente al rango de leyenda. No hubo persona que no supiera algo de su vida, o que no hubiese visto al menos una imagen de sus cuadros. Le hicieron reportajes en Discovery Channel e History Channel, llenos de intrigas y misterio.

El último cuadro de Rodomiro Vicente Salvatierra, encontrado en el ático durante la mañana, fue vendido en una suma astronómica reservada sólo a los cuadros de Van Gogh. Se tituló “Autorretrato en fondo negro”.

Parte de la leyenda dice que sus sucesivos compradores tenían la sensación de que el cuadro los miraba con “desagradable intensidad”

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